Por qué dejar la calefacción puesta al mínimo todo el día no es la mejor forma de reducir tu factura de gas
En invierno, dejar la calefacción puesta o apagarla al salir de casa puede terminar notándose en la factura del gas. Hay quienes prefieren mantenerla al mínimo para que las habitaciones no se enfríen demasiado y resulte más fácil recuperar la temperatura al volver. La idea parece lógica, pero bajar el termostato no significa dejar de gastar mientras la vivienda está vacía.
La comparación suele hacerse pensando solo en lo que ocurre al regresar. Después de varias horas sin calefacción, la casa está más fría y necesita un tiempo para volver a calentarse. Lo que no siempre se tiene en cuenta es el consumo que supone mantenerla templada durante toda la ausencia. Aunque la caldera no funcione de manera continua, seguirá encendiéndose cada vez que sea necesario conservar la temperatura marcada.
Tampoco existe una única forma de hacerlo que funcione igual en todas las viviendas. El aislamiento influye mucho en cuánto tarda una casa en perder calor, y las necesidades cambian según las horas que permanezca vacía. Por eso, suele ser más útil adaptar el uso de la calefacción a los momentos en los que realmente hay alguien dentro que dejar siempre una temperatura fija. La rapidez con la que se enfrían las habitaciones ayuda a entender por qué mantenerlas templadas todo el día no siempre compensa.
Qué sucede cuando la calefacción permanece encendida todo el día
Una casa caliente va perdiendo calor hacia el exterior a través de ventanas, paredes y otros puntos del edificio. Si el termostato está configurado para mantener una temperatura determinada, la caldera vuelve a arrancar cada vez que hace falta recuperar lo que se ha perdido. Puede hacerlo por intervalos y permanecer apagada durante algunos ratos, pero cada nuevo encendido implica seguir consumiendo gas.
Dejarla a poca potencia no evita ese gasto. Aunque el termostato esté más bajo, el sistema sigue intentando que las habitaciones no bajen de la temperatura elegida. Si la casa está vacía, se está utilizando energía para mantener un ambiente que nadie aprovecha. Por eso, no importa solo cuántos grados se seleccionan, sino también durante cuántas horas se mantienen.
Cuando la calefacción se apaga, la vivienda empieza a enfriarse poco a poco. Ese proceso no avanza siempre al mismo ritmo. A medida que la temperatura interior se acerca a la exterior, la pérdida de calor se va reduciendo. Por ese motivo, en términos generales, apagarla durante la noche o cuando la casa va a estar vacía durante varias horas suele consumir menos que dejarla encendida todo ese tiempo.
Al regresar habrá que volver a encenderla y esperar a que las habitaciones recuperen una temperatura agradable. Ese momento implica un consumo mayor durante un rato, pero no elimina el ahorro conseguido mientras la caldera estuvo apagada. Para comparar ambas opciones hay que tener en cuenta todas las horas de ausencia y no fijarse únicamente en el esfuerzo que hace el sistema al volver a arrancar.
El aislamiento marca una diferencia importante. Una vivienda con ventanas deficientes perderá calor más rápido que otra bien acondicionada, mientras que una casa que conserva mejor la temperatura necesitará menos tiempo para recuperarla. Estas diferencias se notan especialmente cuando la ausencia es corta y pueden cambiar la forma más conveniente de organizar los horarios.
Adaptar los encendidos a la rutina sin subir de más el termostato
Programar la calefacción puede ser una alternativa a dejarla funcionando durante todo el día. En vez de mantenerla puesta desde primera hora hasta la noche, se puede hacer que empiece a calentar poco antes de que la vivienda vuelva a utilizarse. Por ejemplo, puede programarse para que se encienda antes de levantarse o de regresar del trabajo, evitando así mantener la casa caliente durante todas las horas en las que está vacía.
Como referencia, puede adelantarse el encendido unos 20 o 30 minutos, aunque ese tiempo no funciona igual en todas las viviendas. Dependerá de cuánto haya bajado la temperatura, del aislamiento y del tipo de sistema instalado. Los termostatos inteligentes permiten además modificar los horarios con más facilidad cuando la rutina cambia de un día a otro.
Los grados elegidos también influyen en el consumo. Durante las horas en las que hay gente en casa, puede tomarse como referencia un intervalo de 18 a 21 ºC, con valores próximos a 20 o 21 ºC cuando se busca más confort. Dentro de ese margen, mantener una temperatura más baja exige menos energía. Como cálculo orientativo, cada grado adicional puede aumentar el consumo alrededor de un 7%, por lo que pequeñas diferencias mantenidas durante todo el invierno pueden terminar notándose en la factura.
También es habitual llegar a una casa fría y subir el termostato hasta 24 o 25 ºC pensando que así se calentará antes. En un sistema convencional, marcar una cifra más alta no acelera el proceso. Lo que hace es mantener la caldera funcionando durante más tiempo hasta llegar a esa temperatura, aunque realmente no sea necesaria. El termostato debe ajustarse al nivel de confort que se busca, no utilizarse como una forma de acelerar el calentamiento.
Por eso, suele resultar más útil organizar bien los horarios de encendido que mantener siempre una temperatura mínima. La decisión debe tener en cuenta cuánto tiempo permanece vacía la vivienda y qué capacidad tiene para conservar el calor. Así se evita gastar gas en habitaciones que no se están utilizando sin renunciar a encontrarlas a una temperatura agradable cuando vuelva a haber alguien en casa.