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Oye, abre los ojos

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La izquierda no puede seguir viviendo del miedo a la derecha: necesita recuperar la confianza de quienes han dejado de creer en ella.

“Oye, abre los ojos, mira hacia arriba”.

Llevo un tiempo dándole vueltas a esta frase. Creo que encierra una advertencia que buena parte de la izquierda debería escuchar. Pero no para mirar a la derecha. Para mirarse al espejo.

Escribo desde una posición ideológica que no escondo, pero defender los valores de la izquierda no significa justificar todas las decisiones de sus dirigentes. Cuestionarlos no es hacerle el juego al adversario. Al contrario: si creemos en la igualdad, la justicia social, la solidaridad y la libertad, tenemos la obligación de exigir que quienes dicen representarlas estén a la altura.

Y tengo la sensación de que esa exigencia lleva demasiado tiempo en segundo plano.

La izquierda parece haber desarrollado una extraordinaria capacidad para explicar por qué la derecha es peligrosa, pero no siempre demuestra la misma habilidad para explicar por qué debería ser la alternativa. Ha convertido demasiadas veces el miedo al adversario en su principal argumento electoral.

Pero no se puede pedir eternamente que te voten para evitar que gane otro. Hay que ofrecer razones para que quieran votarte.

Mientras los partidos discuten sus equilibrios internos, hay familias que no pueden pagar un alquiler, jóvenes que no consiguen emanciparse y trabajadores que encadenan empleos sin estabilidad. La sanidad pública soporta una presión enorme y muchas personas siguen esperando soluciones a problemas que condicionan su vida cotidiana.

No necesitan discursos interminables. Necesitan respuestas.

No basta con aprobar derechos si después no se garantiza que puedan ejercerse. No basta con defender los servicios públicos si acceder a ellos continúa siendo una carrera de obstáculos. La política también se mide por la distancia entre lo que promete y lo que consigue.

Me preocupa que, ante la decepción ciudadana, algunos partidos respondan como si todo fuera un problema de comunicación. Como si bastara con explicar mejor lo que han hecho. Quizá el problema no sea que la gente no entienda el mensaje, sino que lleva demasiado tiempo esperando resultados.

Hay que recuperar la capacidad de escuchar sin preparar inmediatamente una respuesta defensiva. Escuchar a quienes siguen votando a la izquierda, a quienes han dejado de hacerlo y también a quienes nunca la han votado. No para renunciar a los principios, sino para comprender qué está ocurriendo fuera de los despachos.

La ciudadanía no tiene la obligación de permanecer fiel a ninguna organización política. Son los partidos quienes tienen que demostrar que merecen esa confianza.

Y lo que está ocurriendo en distintos lugares del mundo debería servirnos para reflexionar, aunque no debamos confundir realidades diferentes.

En Serbia, el movimiento estudiantil surgido de las protestas contra la corrupción y la gestión del poder consiguió una victoria histórica frente al bloque de Aleksandar Vučić. La movilización creció tras el derrumbe de la estación de Novi Sad, en noviembre de 2024, que causó 16 muertos. La Lista Estudiantil obtuvo el 53,01% de los votos y 140 escaños, frente al 38,98% y los 103 escaños de la candidatura vinculada a Vučić.

No fue la victoria de un partido tradicional de izquierdas, sino la de una movilización ciudadana que consiguió transformar la indignación en una alternativa política.

Hungría ofrece otra lectura. Péter Magyar y su formación TISZA derrotaron en abril de 2026 a Viktor Orbán, poniendo fin a dieciséis años de Gobierno. Pero conviene precisar que TISZA es una formación de centro-derecha. Su victoria refleja el desgaste de un poder prolongado y la voluntad de cambio de una parte importante de la sociedad.

Brasil, en cambio, ofrece una victoria vinculada inequívocamente a la izquierda. Luiz Inácio Lula da Silva logró la reelección el pasado 25 de octubre frente a Flávio Bolsonaro, con el 51,79% de los votos válidos, frente al 48,21% de su adversario. Una victoria importante, aunque también deja una advertencia: el país continúa profundamente dividido. Ganar unas elecciones no significa que todos los problemas estén resueltos ni que el respaldo recibido sea incondicional.

Y llegamos a Estados Unidos. Las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre han dejado un resultado de enorme trascendencia. Los demócratas han conseguido el control de la Cámara de Representantes y del Senado, en un importante revés para Donald Trump. 

Tampoco debemos interpretar esta victoria como una recuperación automática de la izquierda internacional. El Partido Demócrata no representa exactamente el mismo espacio ideológico que la izquierda europea. Lo que sí demuestra este resultado es que el electorado puede cambiar de posición cuando considera que el poder necesita límites y que sus preocupaciones no están siendo atendidas.

Serbia, Hungría, Brasil y Estados Unidos no cuentan la misma historia. Pero nos recuerdan algo esencial: ningún poder tiene garantizada la confianza de quienes lo sostienen.

Los ciudadanos no votan solamente desde la ideología. Votan desde sus circunstancias, sus preocupaciones y sus expectativas. Por eso la izquierda necesita algo más que renovar caras, eslóganes o estrategias electorales. Necesita revisar profundamente su relación con la sociedad.

Tiene que dejar de confundir la autocrítica con la debilidad. Reconocer un error no significa dar argumentos al adversario; significa demostrar que todavía existe capacidad para aprender y corregir. Tiene que recuperar las calles, los barrios y los espacios cotidianos. Preguntar antes de responder. Cumplir antes de volver a prometer.

Y, sobre todo, tiene que volver a ilusionar.

No quiero una izquierda que renuncie a sus principios para conseguir votos. Quiero una izquierda que demuestre que esos principios sirven para mejorar la vida de las personas. Que no se conforme con tener razón en sus discursos mientras pierde credibilidad en la calle. Que entienda que la ciudadanía no necesita tutores ideológicos, sino representantes dispuestos a escucharla y rendir cuentas.

Tampoco quiero una izquierda que considere que cualquier crítica es una deslealtad. Hay demasiadas personas que han dejado de sentirse representadas como para seguir respondiendo con reproches a quienes plantean preguntas incómodas.

Quizá ha llegado el momento de entender que no siempre se pierde porque el adversario haya convencido mejor. A veces se pierde porque uno ha dejado de escuchar, se ha alejado de la realidad o ha terminado creyendo que sus votantes siempre estarán ahí.

No lo estarán.

La confianza no se hereda. Se construye. Y cuando se pierde, no se recupera señalando al que se ha marchado. Se recupera demostrando que merece la pena volver.

Por eso regreso a aquella frase del comienzo: “Oye, abre los ojos”. No es una invitación a mirar al adversario ni a organizar otra campaña contra la derecha. Es una invitación a mirar a la gente: a quienes no llegan a final de mes, a quienes esperan una oportunidad y a quienes un día depositaron su esperanza en la izquierda y hoy ya no saben en quién confiar.

Porque todavía hay mucho que defender, muchos derechos que conquistar y muchas vidas que mejorar. Pero para hacerlo no basta con recordar lo que fuimos ni con advertir de lo que otros pueden llegar a ser.

Hay que demostrar lo que podemos ofrecer.

La izquierda no necesita que la ciudadanía abra los ojos para descubrir el peligro de la derecha. Necesita abrir los suyos para descubrir por qué tanta gente ha dejado de mirarla con esperanza.

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