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No quiero volver atrás

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Antes de votar quizá deberíamos preguntarnos no solo quién queremos que gobierne, sino qué estamos dispuestos a perder. Todavía no estamos en campaña electoral… Pero casi.

La precampaña ya ha empezado a hacer lo que mejor sabe hacer: llenar el espacio de promesas, encuestas, acusaciones, corrupción, vídeos de veinte segundos y frases diseñadas para incendiar las redes.

Unos anuncian que España se rompe. Otros aseguran que solo ellos pueden salvarla.

Mucho ruido.

Así que propongo algo bastante menos espectacular.

Un espejo.

Antes de decidir tu voto, mírate. No al candidato ni al cartel. Tampoco al último vídeo que te llegó por WhatsApp. Mírate a ti y pregúntate:

¿Qué estás dispuesto a perder?

Yo lo tengo claro.

No quiero volver atrás.

Sí quiero seguir ganando derechos.

No quiero que una persona con discapacidad tenga que agradecer que pueda entrar en un edificio, coger una guagua, estudiar, trabajar, utilizar una aplicación o hacer un trámite administrativo.

Quiero accesibilidad de verdad.

No la rampa para la fotografía institucional mientras la página web sigue siendo inaccesible. Tampoco una autonomía que dependa de encontrarte con un funcionario amable, un conductor comprensivo o un empresario sensibilizado.

Quiero derechos, porque los derechos tienen una ventaja sobre la caridad: no hay que dar las gracias por recibirlos.

En 2024 España reformó el artículo 49 de la Constitución. Las personas con discapacidad dejamos de aparecer bajo una terminología que llevaba demasiado tiempo diciendo mucho de cómo nos había mirado este país.

No fue solamente cambiar una palabra. Fue reconocer dignidad, autonomía, inclusión y accesibilidad como cuestiones de derechos. Costó llegar hasta ahí, por eso no quiero retroceder ni un centímetro.

Tampoco quiero que una persona mayor tenga que sentirse inútil porque no sabe utilizar una aplicación. Quiero tecnología, claro que sí, pero con personas detrás. Digitalizar no puede significar abandonar.

Y no quiero volver a discutir qué familia merece llamarse familia. Ya hemos perdido demasiado tiempo con eso.

Dos hombres pueden casarse. Dos mujeres pueden formar una familia. Una persona debería poder vivir su identidad sin convertirse en munición electoral.

No quiero armarios.

Quiero libertad.

Pero cuidado con una trampa bastante frecuente.

La libertad no consiste en que yo pueda hacer lo que quiera mientras decido qué derechos debería tener el vecino.

Hoy existen fuerzas políticas que plantean abiertamente derogar legislación sobre derechos LGTBI y trans.

Discutamos las leyes. Artículo por artículo. Digamos que funciona y qué no. Reformemos lo que haya que reformar.

Eso es política.

Pero cuando alguien diga “hay que derogarlo”, hagamos una pregunta antes de aplaudir:

¿Qué exactamente?

¿Qué derecho sobra?

¿El mío? ¿El tuyo? ¿El del vecino?

Porque decir “derogación” desde un atril es fácil.

Vivir después con lo derogado es otra cosa.

Tampoco quiero que una mujer tenga que demostrar otra vez que la igualdad sigue siendo necesaria.

Ni racismo disfrazado de solución.

España necesita una política migratoria seria, ordenada y realista, pero sin convertir a quien llega en el culpable de todos los problemas que llevamos años sin resolver.

Y quiero discusión… Mucha.

Quiero que alguien pueda decirme que estoy equivocado y poder responderle. Quiero votar diferente a mi vecino y saludarlo al día siguiente.

No quiero enemigos. Quiero adversarios.

La diferencia parece pequeña.

Una democracia entera cabe dentro.

Y no quiero corrupción. De nadie. Porque hemos desarrollado una curiosa ética política en la que la corrupción es insoportable cuando la practica el adversario y necesita muchos matices cuando aparece en casa.

No.

Quien mete la mano donde no debe tiene que responder, se llame como se llame y lleve las siglas que lleve.

Lo público no pertenece al partido que gobierna… Nos pertenece.

Pero hay algo que me preocupa especialmente en esta precampaña… El enfado.

Y hay razones para estar enfadados: la vivienda, las listas de espera, los salarios, la cesta de la compra, la burocracia, la corrupción y esa sensación de que demasiadas veces la política habla muchísimo de sí misma y bastante poco de nosotros.

Ese enfado es legítimo.

El peligro empieza cuando alguien descubre que también da votos.

Entonces aparece el vendedor de soluciones milagrosas. El culpable perfecto. El salvador que promete acabar con todo.

Desconfío de los salvadores. Especialmente de los que para salvarme necesitan convencerme primero de que debo tener miedo de mi vecino, porque el populismo tiene un truco viejo y extraordinariamente eficaz: coger un problema real, buscar un culpable sencillo y vender una solución imposible.

Mientras discutimos sobre el culpable, el problema continúa.

La política que cambia nuestra vida suele ser bastante menos espectacular.

Es poder pagar una vivienda, recibir atención cuando estás enfermo, conseguir una prestación sin necesitar un máster en burocracia, desplazarte con autonomía si tienes una discapacidad, no quedar fuera porque todo funciona mediante una pantalla, volver tranquila a casa, formar una familia sin convertirte en debate nacional o trabajar y poder vivir de ello.

Eso entra en casa.

Eso sí cambia una vida.

Por eso me niego a votar únicamente desde el cabreo, porque el cabreo pasa, pero las leyes quedan. Y ahí está el espejo.

¿Qué derechos tenemos hoy que nuestros padres o nuestros abuelos no tuvieron?

¿Qué libertades disfrutamos con tanta normalidad que hemos olvidado cuánto costaron?

¿De verdad estamos dispuestos a perder alguna porque alguien ha conseguido convencernos de que el problema son los derechos del vecino?

Yo no.

Quiero cambiar muchas cosas. Mejores servicios públicos, vivienda, una sanidad que responda, una administración que no convierta cada trámite en una prueba de resistencia y una España que no obligue a sus jóvenes a elegir entre marcharse o resignarse.

Quiero políticos que rindan cuentas.

Menos propaganda y más gestión.

Pero para arreglar una casa no hace falta quemarla.

No todo lo conquistado pertenece a un partido.

La libertad no es de izquierdas. La igualdad no debería serlo. La dignidad tampoco. La accesibilidad no puede serlo. Y poder amar a quien quieras, mucho menos.

Los derechos, cuando llegan, dejan de pertenecer al gobierno que los aprobó.

Pasan a ser nuestros.

También de quienes votaron contra ellos.

Por eso, cuando tenga una papeleta delante, no voy a preguntarme quién gritó más fuerte, quién hizo el vídeo más viral o quién consiguió enfadarme más.

Voy a preguntarme algo bastante más incómodo:

¿Qué quiero cambiar sin perder lo que tanto costó conseguir?

Porque quiero avanzar sin renunciar a la libertad, la igualdad, la autonomía, la convivencia y la democracia.

Quiero cambiar lo que no funciona, pero no quiero volver atrás.

Y quizá de eso vaya todo este ruido que empieza mucho antes de que comience oficialmente la campaña.

De saber distinguir entre cambiar y retroceder, porque los gobiernos pasan, los candidatos pasan, las precampañas pasan y los derechos también pueden pasar…

Si los dejamos.

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