El ajuar que algunos pretenden devolver al baúl: las bodas que cambiaron nuestra manera de querer y los derechos que algunos todavía discuten
Hubo un tiempo en que, cuando una mujer iba a casarse, comenzaba a preparar su ajuar: sábanas bordadas, manteles, toallas, vajilla, alguna pieza de menaje, muebles que quizá llevaban años esperando su momento. Todo se guardaba con cuidado porque aquel conjunto no era solamente un montón de cosas. Era el comienzo de una casa.
El ajuar también hablaba de dinero, de familias y de posibilidades. De lo que cada uno podía aportar al matrimonio.
Y luego estaban las fotografías, la ropa guardada y esos pequeños objetos que, con los años, terminaban formando parte de la memoria familiar.
Las bodas cambiaron y con ellas cambiamos nosotros.
Antes, quizá, la pregunta era:n“¿Qué aporta cada uno?”
Hoy debería ser bastante más sencilla: “¿Quién te hace feliz?”
Parece una diferencia pequeña pero no lo es.
Durante mucho tiempo hubo personas que quisieron casarse y no pudieron. No porque les faltaran ganas de compartir una vida, sino porque la ley no reconocía su relación de la misma manera.
En 2005 España cambió aquello. El matrimonio civil se abrió a las parejas del mismo sexo con los mismos requisitos y efectos.
Pero aquella ley tuvo oposición.
Más de cincuenta diputados del Grupo Popular recurrieron ante el Tribunal Constitucional la norma que permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo. En 2012, el Constitucional desestimó el recurso y declaró constitucional aquella regulación.
Conviene recordarlo porque los derechos no aparecen solos.
Tienen una fecha. Y también tienen una historia.
Hoy seguimos viendo cómo Vox cuestiona el marco legal de derechos LGTBI. En 2026 ha presentado, por ejemplo, una enmienda a la totalidad contra una ley LGTBI en Asturias y ha defendido la derogación de leyes relacionadas con estos derechos, incluso proponiendo políticas contrarias en aquellas instituciones en las que gobierna.
No hace falta decir que mañana alguien vaya a prohibir una boda entre dos hombres, pero sí conviene recordar que los derechos pueden convertirse en terreno de disputa política.
Y cuando se empieza a discutir qué familia merece reconocimiento, qué protección debe tener o qué modelo se considera normal, quizá conviene mirar un poco hacia atrás.
Porque una familia no necesita que nadie la apruebe.
Necesita que la ley la reconozca.
Y esto no va solamente de dos hombres.
Va de dos mujeres, de parejas que llevan cuarenta años juntas, de quienes tienen hijos y de quienes no los tienen. De quienes empiezan ahora y de quienes llevan media vida compartiéndola.
Va de algo bastante sencillo: vivir sin tener que explicar por qué has elegido a esa persona.
En Canarias conocemos bien el valor de las historias que pasan de generación en generación.
Una boda se prepara, se comenta y se celebra.
Las familias se encuentran. Los amigos hablan. Alguien recuerda el vestido. Otro cuenta quién lloró durante la ceremonia. Años después aparece una fotografía y vuelve la historia.
Una boda termina formando parte de la memoria de una familia y, muchas veces, también de la de un pueblo.
Por eso merece la pena recordar cómo hemos llegado hasta aquí.
Hubo un tiempo en el que amar a alguien del mismo sexo era perseguido y castigado.
Hubo un tiempo en que dos hombres podían quererse, vivir juntos y formar una familia, pero no podían casarse.
Hubo un tiempo en que dos mujeres podían compartir una vida entera y no tenían el mismo reconocimiento legal.
Hoy eso ha cambiado.
Y eso también forma parte de nuestra historia reciente.
Antes se preparaba una dote.
Después se preparaba una casa.
Hoy se prepara una vida.
Ese es el ajuar que importa.
No las sábanas. No la vajilla. No los muebles.
Las mañanas compartidas. Las noches complicadas. Los viajes. Los enfados. Las reconciliaciones. Las enfermedades. Los proyectos. Las cosas que salen bien y las que no.
Tener a alguien a quien llamar cuando pasa algo.
Mirar al otro lado de la mesa y saber que ahí está tu casa.
Eso también es una familia.
Y quizá por eso estas historias importan más de lo que parece.
Porque detrás de cada boda entre dos personas del mismo sexo hay también una historia que hace no tanto tiempo era imposible.
Una historia de personas que tuvieron que esperar para poder hacer algo que hoy puede parecer tan sencillo como firmar unos papeles, ponerse una alianza o decir “sí, quiero”.
Me niego a volver atrás
Quizá dentro de unos años alguien lea estas líneas y no entienda por qué hubo que defender algo tan normal.
Ojalá.
Porque entonces significará que hemos aprendido algo.
Que una boda puede ser simplemente una boda.
Que una familia puede ser simplemente una familia.
Y que nadie debería necesitar un baúl, una explicación o el permiso de nadie para construir la vida que ha elegido.
Mañana dos hombres dirán: “Sí, quiero”.
Y quizá lo más importante sea que nadie tenga que preguntarse por qué.
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