ADELANTO EDITORIAL
De la pesadilla de Gaza al sueño de Fatma: cómo podemos seguir creyendo en la humanidad en medio del horror
“I have a dream”, decía Martin Luther King en 1963, cuando agitaba las conciencias desde las escalinatas del monumento a Lincoln en Washington, en uno de los discursos más emblemáticos de la historia. Hoy, sin embargo, sólo siento ganas de decir: I have a nightmare. O mejor dicho: We have a nightmare, porque la pesadilla no sólo afecta a los palestinos, sino a todos nosotros, a cualquiera que cree que la “justicia” no es una palabra vacía.
La vida de los palestinos es una pesadilla interminable.
En Gaza oyes el ruido de los aviones, sientes el miedo de los bombardeos, el acecho de los drones –cada vez más traicioneros y sofisticados– que te siguen, te espían, te ensordecen y disparan. La vida cotidiana consiste en sobrevivir en tiendas de campaña desgarradas por el viento y llenas de barro. Compartir un baño con tanta gente que usarlo se vuelve imposible. Volver a una casa medio destruida por las bombas con el riesgo de que el techo se derrumbe y mate a tu familia. Afrontar el rigor del invierno –ya es el tercero desde que comenzó el genocidio–, sin ni siquiera unos libros que poder quemar para mantener a tus seres queridos, al menos a los niños y ancianos, en un lugar cálido y seguro. Sólo tiendas, frías en invierno, sofocantes en los tórridos veranos. Cuántos muertos, desplazados, huérfanos, heridos, mutilados… Y los que aún no han sucumbido al asedio total que impera desde hace más de dos años están condenados a sufrir hambre y sed, a no tener derecho a una asistencia sanitaria y a una supervivencia digna.
En Cisjordania y en Jerusalén Este, los palestinos viven con el terror de despertarse en plena noche con un soldado que los apunta con un fusil a la cara, que destruye sus casas, que los amenaza, los humilla delante de sus hijos o se los lleva consigo, con sus pijamas manchados de pipí porque se han orinado encima de miedo. Mientras tanto, los colonos están cada vez más furiosos: los ataques a los pueblos, comunidades rurales, tierras, coches, ganado, están a la orden del día. Incluso en las cárceles hay casos documentados en los que se ha autorizado a periodistas y civiles israelíes a presenciar –e incluso a grabar con sus teléfonos móviles– los abusos infligidos a prisioneros palestinos, a quienes deberíamos llamar “rehenes”, dada la falta de garantías mínimas legales que caracteriza las detenciones israelíes en el territorio palestino ocupado.
Esta fragmentación territorial, legal y política es la institucionalización de la excepción; es la transformación de la precariedad en condiciones permanentes; es un sistema en el que la ocupación militar y la colonización ya no son sucesos aislados, sino un régimen consolidado en el que el control no sólo se ejerce con las armas sino también mediante la planificación urbanística, la burocracia, la segmentación administrativa, con la creación de categorías jurídicas diferenciadas para personas que viven en el mismo espacio pero no bajo los mismos derechos. Y después de décadas, la violencia de esta época nos indica que hemos llegado a la fase final: la del genocidio, la de la guerra de Israel contra un pueblo que hasta ahora ha resistido como ha podido.
La mujer que amasa el pan bajo los drones, el maestro que sigue enseñando bajo las tiendas, la familia que planta un limonero donde el día antes había una casa, las parejas que siguen casándose y –también en el infierno de Gaza– trayendo hijos al mundo. Es ahí donde la esperanza se vuelve radical: el sueño de un mundo que persiste y que, si nos esforzamos, puede mejorar. Este sueño es el corazón palpitante de la resistencia palestina
En los últimos dos años las cosas han ido todavía a peor: el terror se ha vuelto omnipresente, cotidiano. Se trata de una pesadilla que ha alcanzado dimensiones delirantes a los ojos del mundo.
Pero es cuando todo se derrumba a nuestro alrededor, entre el horror y la esperanza, que resulta indispensable comenzar a soñar. Para no sucumbir a la oscuridad de esos días, para intentar imaginar o al menos esbozar un “después” es necesario dar sustancia a un sueño. ¿Cuál es el mundo posible? Para alcanzarlo, hay que verlo. En Palestina hay un mundo sin apartheid.
Pese al horror, el pueblo palestino continúa imaginando un futuro que, hoy, nadie le concede. El pueblo palestino sueña en rechazar la aniquilación, en declarar que, pese a todo, su destino aún no está escrito.
Ernest Bloch sostenía que el ser humano es aquel que se anticipa. La esperanza, según él, es un principio de la existencia, incluso antes que algo psicológico: por lo tanto, la capacidad humana de proyectarse hacia una “esperanza consciente y concreta” es una categoría de lo real. Bloch consolida filosóficamente la idea de que soñar no es evadirse de la realidad, sino plantar la primera semilla para dar vida a algo posible. Es un principio de creación, de planificación, de resistencia.
La mujer que amasa el pan bajo los drones, el maestro que sigue enseñando bajo las tiendas, la familia que planta un limonero donde el día antes había una casa, las parejas que siguen casándose y –también en el infierno de Gaza– trayendo hijos al mundo. Es ahí donde la esperanza se vuelve radical: el sueño de un mundo que persiste y que, si nos esforzamos, puede mejorar. Este sueño es el corazón palpitante de la resistencia palestina.
Soñar, desde esta perspectiva, es también una cuestión ética que nos permite afirmar la “vivibilidad” de vidas que el mundo declara prescindibles. Soñar con el futuro de Palestina significa afirmar que las vidas de los palestinos siguen estando llenas de significado e imaginar un mundo en el que nadie –ni en Palestina ni en ningún otro lugar– sea tratado como desechable nunca más.
Mirar de frente el presente y el pasado sin reprimir jamás el impulso de desear el futuro, sin dejar de soñar, por imposible que parezca. Mantener viva la memoria, mirar, contar, no girar la cabeza y el corazón hacia otro lado, sino encontrar la manera de compartirla con los demás
A lo largo de novecientos días de genocidio, más de setenta mil palestinos murieron en Gaza por fuego israelí, y más de mil en el resto del territorio ocupado. Veinte mil eran niños. Y el número real de víctimas podría ser mayor: un estudio estimó más de setenta y cinco mil muertes violentas sólo en los primeros quince meses de guerra, un 35% más que las cifras oficiales por el mismo periodo. Y la cifra exacta de muertes por hambre, hipotermia o falta de atención médica es más difícil de registrar oficialmente, ya que muchas muertes se producen en hogares o en tiendas de campaña sin que un médico pueda certificarlas. El análisis del genocidio debe tener en cuenta la totalidad de los crímenes cometidos contra todo el pueblo palestino. Mientras tanto, con el pretexto de una guerra existencial para defenderse de los palestinos, Israel está impulsando medidas que modifican la composición demográfica, el carácter religioso y el estatus legal de Jerusalén, destruyendo con ello los restos del tejido pluralista que durante siglos la ha distinguido como un patrimonio compartido por musulmanes, cristianos y judíos.
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Por eso no es exagerado decir que la vida palestina es una pesadilla: porque allí se materializa algo que no te esperas que sea real en el mismo mundo en el que nos movemos y respiramos. El hambre se materializa. La tortura se materializa. El terror se materializa. Un genocidio que destruye un pueblo no sólo con bombas, sino también con sed, hambre, infecciones, palizas, violaciones, y con la aniquilación de la identidad material, cultural, económica, religiosa e incluso de la memoria. La pesadilla se ha convertido en una estructura en la que viven todos los palestinos, también los de la diáspora, obligados a asistir desde la distancia a la masacre de su propia gente. Y todo esto ocurre justo cuando las Naciones Unidas y todo el sistema internacional celebran ochenta años de existencia. Ochenta años de cartas, convenciones, promesas de “nunca más”. De resoluciones aprobadas año tras año y violadas día tras día. Y Palestina se erige como el laboratorio en el que el colonialismo contemporáneo, el hijo adoptivo y predilecto del imperialismo capitalista militarizado, se actualiza, se refina, se pone a prueba.
Es precisamente la pesadilla que tenemos delante la que nos invita a no rendirnos, a ejercer la capacidad de vislumbrar un futuro diferente y a construirlo juntos.
Mirar de frente el presente y el pasado sin reprimir jamás el impulso de desear el futuro, sin dejar de soñar, por imposible que parezca. Mantener viva la memoria, mirar, contar, no girar la cabeza y el corazón hacia otro lado, sino encontrar la manera de compartirla con los demás.
Hoy más que nunca es importante cultivar una visión alternativa del mundo, seguir imaginando lo que queremos, lo que merecemos, lo que necesitamos. Un mundo moldeado por la humanidad y la libertad, por el derecho y la justicia social y económica, sustentado por la ética y la solidaridad.
En definitiva, se trata del poder de la narración, del que habló el gran intelectual palestino Edward Said: la capacidad de dar voz a las “aspiraciones y los sueños de redención de un pueblo”, de imaginar un futuro juntos aun cuando “la labor del colonizador consiste en impedir incluso los sueños de libertad del colonizado”, como escribió Frantz Fanon, citado por Said, al hablar de la colonización francesa en Argelia. Desde esta perspectiva, soñar se convierte en una forma de marcar un tiempo y un espacio de la existencia –un tiempo que fue robado, un espacio que fue ocupado– para que ese tiempo y ese espacio puedan continuar viviendo.
Toda guerra colonial produce su propio lenguaje: palabras que borran los crímenes, normalizan la violencia y transforman la excepción en una regla. Así, el genocidio se convierte en una 'operación', la destrucción se convierte en 'seguridad' y la ocupación en 'orden'
Said nos enseñó a mirar Palestina (también) como una geografía moral y un archivo viviente. Como un sueño que no sólo es nostálgico, sino que es una fuerza vital que se resiste a desaparecer. Es decir: yo estuve allí, nosotros estamos aquí, seguiremos estando aquí. En nuestras vidas y en las de otros, incluidos los otros pueblos, recordar lo que ha sido e inventar juntos lo que el futuro puede ser. Un sueño que nos pide, ante todo, despertar y tomar conciencia de la realidad, más allá de la propaganda. Un sistema como el israelí no puede sostenerse sólo con la fuerza: también necesita controlar la “narrativa” de la fuerza.
Toda guerra colonial produce su propio lenguaje: palabras que borran los crímenes, normalizan la violencia y transforman la excepción en una regla. Así, el genocidio se convierte en una “operación”, la destrucción se convierte en “seguridad” y la ocupación en “orden”. En este espacio distorsionado, donde la realidad se retuerce hasta volverse irreconocible, el poder intenta que sea aceptable lo que humanamente sería insostenible. Y, pese a que este sistema hace todo lo posible para controlar el relato, la verdad continúa aflorando como riachuelos cada vez más caudalosos.
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Pensemos en Gaza. Si en estos años difíciles hemos podido conocer y ver su pesadilla colectiva es también gracias a personas como la periodista Bisan Owda y la artista Fatma Hassona, dos jóvenes mujeres que utilizaron sus teléfonos y sus cámaras fotográficas para superar el asedio militar y mediático y mostrar al mundo la vida en tiempos del genocidio.
Durante todo un año, la fotoperiodista y poeta Fatma Hassona –atrapada en la ciudad de Gaza– habló prácticamente a diario con la cineasta iraní Sepideh Farsi, también exiliada de su país. Videollamadas inestables, interrumpidas por los bombardeos, los cortes de internet, por el temor de que cada conversación pueda ser la última. De aquellas llamadas nació el documental Put Your Soul in Your Hand and Walk [Pon tu alma en tu mano y camina], el gesto cotidiano de quien sale de casa para mostrar al mundo aquello que ve, pese a saber que podría no volver.
Las fotografías de Fatma cuentan la historia de Gaza desde dentro. “Intento encontrar un poco de vida en este mundo muerto”, dijo. Un edificio sin paredes con un jarrón de flores rojas en el trozo de balcón que queda. Una mujer que camina sola, con paso firme y elegante, junto a un edificio en ruinas. Un muro blanco acribillado a balazos con una ventana sin cristales desde la cual se ven el mar, la playa, gente que se baña, una sombrilla de colores.
Cuando la cineasta le preguntó cómo se sentía al ser palestina en Gaza, Fatma respondió:
–Somos fuertes, valientes y muy importantes para el mundo.
–¿Cuál es vuestra mayor fortaleza?
–Que no tenemos nada que perder.
Sin embargo, con el paso de los meses, la desesperación crece, junto con el hambre y el número de amigos y familiares que han fallecido.
–Siento que ya no estás aquí como antes –señala la cineasta–. Siento que, de alguna manera, te estoy perdiendo.
–Me gustaría estar en un lugar normal, tranquilo –responde Fatma–. Respirar aire puro, sentir la paz y sentirme como una persona corriente.
Cuando Sepideh le dice que pida un deseo, Fatma le confiesa que le gustaría ir a un parque de atracciones.
El 15 de abril de 2025, la cineasta le informa de que la película ha sido seleccionada en el Festival de Cannes. Fatma se alegra muchísimo.
–¿Vas a venir?
–Por supuesto. Pero sólo si luego puedo regresar a Gaza. La ocupación israelí quiere que nos vayamos. No quiero hacer eso.
Fatma nunca irá a Cannes.
Pocas horas después del atardecer, un misil israelí impactó en la casa de su familia en Tuffah, al este de la ciudad de Gaza. Ella falleció junto a varios miembros de su familia, incluida su hermana embarazada, en un ataque dirigido a su apartamento, en el segundo piso, tal como demostró la investigación de Forensic Architecture dirigida por Eyal Weizman. Israel la castigó por haber elegido resistir y dar testimonio con su voluntad de vivir, de soñar, con su negativa a abandonar Gaza.
Por seguir contando hasta el final lo que muchos preferían no mostrar al resto del mundo.
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Mientras tanto, la violencia israelí no cesa ni siquiera ante los planes futuros, es más, se manifiesta de la forma más desvergonzada, con Benjamin Netanyahu y su gobierno que continúan declarando que todas las resoluciones internacionales siguen siendo “fundamentalmente simbólicas”, irrelevantes con respecto a los objetivos de Israel en Gaza.
Personajes políticos como los ministros –de Finanzas y de Seguridad Nacional, respectivamente– Smotrich y Ben-Gvir han sido durante años la encarnación de la política nacionalista, mejor dicho, ultranacionalista, israelí. Colonos y colonialistas impulsan la anexión de Cisjordania sin ningún temor a las consecuencias. Cuando figuras como Daniella Weiss –líder histórica del movimiento de los colonos, a quien se escucha en las más altas esferas del Estado israelí– declaran públicamente que quieren “un estado sólo para los judíos” y que “los árabes no se quedarán en Gaza, punto” puede entenderse cómo el derecho internacional se ignora sistemáticamente.
La pesadilla de los palestinos viene de lejos, tras cinco generaciones de destrucción y expropiación de sus tierras. Cinco generaciones –la madre de la madre de la madre de la madre de los palestinos encarcelados en Gaza hoy, como Fatma y Bisan– que han visto promesas traicionadas, acuerdos violados, sueños de libertad destrozados y derechos humanos pisoteados
Los verdaderos planes de Israel para Gaza no incluyen, por supuesto, la devolución del territorio a sus habitantes. En septiembre de 2025, en la Cumbre de Renovación Urbana de Tel Aviv, Smotrich explicó ante los empresarios que el objetivo sería transformar Gaza en una “mina de oro inmobiliaria”. Una regeneración urbana que no acogerá a los dos millones de desplazados en viviendas nuevas y dignas. Así es como el 90% de la población de Gaza se ha visto obligada a abandonar sus hogares y se ha convertido en una masa de personas sin hogar. Lo que antes era una tierra de comerciantes, de cítricos y palmerales, es ahora un desierto de escombros, polvo y esqueletos de cemento, mientras las olas del Mediterráneo rompen contra un paisaje devastado.
Este es el valor de Gaza para ellos. No se trata de sentimentalismo, sino de una bonanza, una mina de oro inmobiliaria, un sueño de dominación y riqueza. Muchos lo han dicho sin ningún pudor. Incluso Jared Kushner, yerno de Trump, declaró en 2024 que la zona costera de Gaza podría tener un enorme valor económico, siempre y cuando Israel “desplazara a la población y lo limpiara todo”.
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La pesadilla de los palestinos viene de lejos, tras cinco generaciones de destrucción y expropiación de sus tierras. Cinco generaciones –la madre de la madre de la madre de la madre de los palestinos encarcelados en Gaza hoy, como Fatma y Bisan– que han visto promesas traicionadas, acuerdos violados, sueños de libertad destrozados y derechos humanos pisoteados.
De hecho, esta crueldad no comenzó en octubre de 2023. Durante casi un siglo, el pueblo palestino ha vivido bajo el peso de un brutal proyecto colonial de asentamiento: una ocupación perpetua justificada como “seguridad de la patria israelí” e impuesta mediante el apartheid. Esta es su historia.
El dolor no se borra, como lo demuestra la investigación sobre el trauma intergeneracional que realizó, entre otras, una persona a la que estoy muy unida, Gabor Maté, un médico judío de origen húngaro que sobrevivió a la Shoah siendo un niño y dedicó su vida a estudiar cómo se trasmite el trauma a través de las generaciones. Hoy, con más de ochenta años, está comprometido activamente en denunciar el genocidio que se sigue cometiendo en Palestina. El trauma se transmite, se hereda, se lleva en la sangre. A veces, incluso, se repite. Otras, sin embargo, se rompe cuando alguien decide afrontarlo en lugar de transmitirlo.
“Hemos creado este bonito sueño, pero le hemos impuesto una pesadilla a otra persona”, escribió Maté hace más de diez años en un artículo para el Toronto Star, en el que compartía su experiencia como judío para mostrar la hipocresía de los líderes mundiales y la “gran desigualdad de poder” entre palestinos e israelíes. Para él, es inaceptable el hecho de que haber sido víctimas en un pasado (como el caso de los judíos durante el nazismo) justifique la posibilidad de convertirse en verdugos en el presente. “Mi corazón me dice que 'nunca más' no es un lema tribal, que el asesinato de mis abuelos en Auschwitz no justifica las continuas expropiaciones de los palestinos, que la justicia, la verdad y la paz no son prerrogativas tribales.”
En los últimos años, Gabor ha trabajado incansablemente para ayudar a desmantelar la narrativa del gobierno de Netanyahu y subrayar cómo la ocupación, el bloqueo de Gaza y la destrucción de la identidad palestina no son políticas compatibles con una paz justa, sino instrumentos flagrantes de la limpieza étnica vigente. Él nos invita a superar la lógica nacionalista para redescubrir una humanidad compartida, basada en la compasión, la aceptación del dolor y la elaboración de un duelo común. Al pensar en un viejo amigo suyo –fiel a la visión sionista que él tuvo una vez (pero de la que luego se distanció)–, Gabor se pregunta: “¿No podemos al menos entristecernos juntos por aquello en lo que se ha convertido ese hermoso y antiguo sueño de redención judía? ¿No podemos llorar la muerte de los inocentes? Estos días estoy triste. ¿No podemos al menos sufrir juntos?”.
Muchos se lo preguntan: ¿cómo es posible que tantos de aquellos cuyos antepasados sufrieron genocidio se hayan convertido, a su vez, en perpetradores de un genocidio? Yo creo que, si miramos la historia desde un punto de vista más humano, podemos comprender que precisamente la existencia de un trauma excesivo e intergeneracional, si no se trata de forma adecuada
–o, peor aún, si se instrumentaliza deliberadamente–, es lo que lleva a quienes han sufrido a volverse crueles y optar por infligir un trauma a quienes son más débiles. Cuánto peor se trate el trauma, mayor será el riesgo de que se cronifique, hasta el punto de convertirse en una especie de psicosis. Y, así, el sueño de un proyecto político termina por transformarse en la pesadilla de un pueblo, y se prolonga a lo largo de cinco generaciones.
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A principios del siglo xx, Palestina era una sociedad en vías de transformación: escuelas modernas, nuevas ideas, una economía cada vez más integrada en el mundo. Los árabes musulmanes convivían con las minorías cristianas y judías, unidos por el idioma, la vecindad y un tejido social que había regido la vida comunitaria durante siglos. Una vida de coexistencia pacífica.
Luego, a finales del siglo xix, llegó el sionismo político europeo, con la idea de crear un estado judío en Palestina que pudiera brindar un hogar seguro a los judíos perseguidos en Europa. La inmigración judía comenzó a crecer, pero muchos de los recién llegados no se integraron en la sociedad árabe y pluralista existente. Poco a poco, la población local comenzó a percibir los cambios como una amenaza. Luego, la Primera Guerra Mundial y las carestías que la acompañaron golpearon duramente al pueblo palestino, ya atrapado en una maraña de promesas contradictorias por parte de las potencias extranjeras. Como cuenta el historiador Rashid Khalidi, la guerra trajo graves consecuencias: pobreza, hambre y enfermedades; se estima que, durante ese periodo, la Gran Siria registró medio millón de muertes sólo por hambruna. En este dramático contexto, entraron en juego las maniobras geopolíticas de Gran Bretaña: entre 1915 y 1917, negoció tres acuerdos interrelacionados que convertirían Palestina en el último y más sofisticado bastión colonial.
El primero fue la correspondencia Husayn-McMahon: un intercambio de misivas entre el Alto Comisionado británico en Egipto y el jerife Husayn, custodio de los lugares sagrados musulmanes en Palestina. Los británicos, en guerra contra los otomanos, intentaron convencer a Husayn para que liderara una revuelta árabe, y le ofrecieron ayuda para conseguir la independencia. McMahon escribió: “Gran Bretaña está dispuesta a reconocer y apoyar la independencia de los árabes”. Pero a la hora de definir las fronteras de los territorios que serían independientes las promesas se volvieron deliberadamente ambiguas.
En 1916, los británicos llegaron a un segundo acuerdo, el llamado Sykes-Picot: un pacto secreto en el que el diplomático Mark Sykes y el francés François Georges-Picot decidieron cómo debía dividirse Asia Occidental –lo que en la jerga colonial se suele llamar Oriente Medio– después de la guerra. El tratado –que ignoraba las promesas hechas a Sharif Husayn– establecía que Palestina quedaría bajo la administración internacional.
El tercer acuerdo fue la Declaración Balfour de 1917, una carta del ministro de Asuntos Exteriores británico dirigida a lord Rothschild, representante de la comunidad judía británica: con ella, los británicos se comprometieron a promover la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina. Como señala Khalidi, la abrumadora mayoría árabe de la población ni siquiera fue mencionada: Balfour nunca se refirió abiertamente al pueblo árabe o palestino, que representaba el 94% de la población, sino sólo de manera indirecta a “las comunidades no judías existentes en Palestina”, a las que sólo se les prometieron derechos civiles y religiosos, dejando de lado los políticos. Exactamente como sucede hoy.
Detrás de la retórica religiosa del “retorno” de los judíos a la tierra bíblica se escondían razones económicas y estratégicas. Como afirma Khalidi, “el Imperio británico nunca actuaba por altruismo”. Controlar Palestina servía a sus intereses geopolíticos.
Si el trauma se transmite, también se transmite la responsabilidad de quienes lo hicieron posible. Ningún Estado puede declararse inocente ante lo ocurrido en Palestina, y aún menos los occidentales
Cuando las tropas británicas conquistaron Jerusalén a finales de 1917, los palestinos comprendieron que su tierra había pasado de un dominio extranjero a otro.
Después de cuatrocientos años de dominio otomano, no eran ni libres ni independientes: los británicos simplemente sustituyeron a los turcos como nuevos colonizadores, mediante el Mandato británico otorgado por la Sociedad de Naciones, que, en 1922, incorporó la Declaración Balfour. Khalidi definió ese texto cuidadosamente redactado y elaborado como “un arma apuntando directamente a la cabeza, una declaración de guerra del Imperio británico contra la población indígena”.
Desde entonces, la historia palestina ha estado marcada por una serie de negaciones que han alimentado una auténtica guerra contra su pueblo a lo largo de un siglo: la represión de los levantamientos de 1936-1939; el plan de partición de 1947, con la consiguiente limpieza étnica del territorio sobre el que se formaría el Estado de Israel; la ocupación israelí tras la guerra de 1967; la invasión israelí del Líbano en 1982 (que también se dirigió contra los refugiados palestinos en el país); los Acuerdos de Oslo, y el bloqueo de Gaza desde 2007, que está resultando ser una de las destrucciones más terribles de los tiempos modernos.
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Si el trauma se transmite, también se transmite la responsabilidad de quienes lo hicieron posible. Ningún Estado puede declararse inocente ante lo ocurrido en Palestina, y aún menos los occidentales.
Fue muy emotivo hablar de ello ante las más de doce mil personas que, en septiembre de 2025, llenaron el OVO Arena de Wembley en Londres. Había algo profundamente simbólico en estar allí, en la capital del último gran imperio colonial para hablar de la responsabilidad de Gran Bretaña, que, en 1917, con la Declaración Balfour, sembró la primera semilla de esta catástrofe.
Ante un público numeroso y entusiasta, en un escenario con escenografía de Malak Mattar –la maravillosa pintora de Gaza con quien he mantenido una estrecha relación durante muchos años y cuyas obras ilustran las portadas de Cuando el mundo duerme y también de este libro–, poder llamar a las cosas por su nombre fue una preciosa oportunidad.
Porque a menudo tendemos a olvidarlo, pero Gran Bretaña, hace poco más de cien años, prometió al movimiento sionista la creación de un hogar nacional judío en Palestina, una tierra que no pertenecía a los ingleses y que los ingleses no tenían derecho a “entregar” a otros, del mismo modo que hoy no lo tienen los israelíes que se declaran dispuestos a dividir Gaza y a anexionarse Cisjordania. Y esto no significa negar el horror que sufrió el pueblo judío de Europa hace un siglo, ni la necesidad de protegerlo. Pero ¿por qué esa protección se produjo a expensas de otro pueblo que, hasta entonces, había convivido pacíficamente con los judíos y no había tenido nada que ver con el antisemitismo europeo?
Ahí comenzó el horror de hoy: en la segunda década del siglo xx, cuando los británicos traicionaron todas las promesas que hicieron al pueblo palestino.
El primer paso es dejar de llamar normalidad a lo que no lo es. Pero entonces surge un problema: una vez que ves, ya no puedes fingir que no pasa nada. Y a partir de ahí, además de liberarte, te sientes irremediablemente incómodo
Cinco generaciones de confianza traicionada y sueños destrozados. Y fue necesario esperar una veintena de años –el tiempo de una generación– para que, en 1936, el pueblo palestino, humillado y despojado, decidiera rebelarse contra los británicos. Levantaron la cabeza, se organizaron y declararon las primeras huelgas: la primera verdadera intifada palestina duró tres largos años, que los colonizadores británicos reprimieron con brutalidad, lo que sentó las bases para el desastre que llegaría después, tal como cuenta con gran delicadeza la hermosa película Palestina 36. Un movimiento popular para apoyar su sueño de independencia y libertad, formado por grandes y pequeños sacrificios.
Y hoy, para apoyarlos, numerosas personas en todo el mundo hacen lo mismo: levantan la cabeza, luchan contra el sistema que permitió el genocidio y desafían la creciente represión en todas partes. Muchos trabajadores renunciaron a sus salarios para ir a la huelga por Palestina; jóvenes y mayores se manifestaron ante las embajadas; protestas y ocupaciones en las universidades y marchas espontáneas transformaron nuestras ciudades en lugares de solidaridad y resistencia; también brindaron apoyo a la Flotilla de Gaza, mientras el movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) ha seguido creciendo con fuerza y eficacia. Estas manifestaciones concretas son una herramienta vital para los palestinos y representan un cambio decisivo con respecto a la normalidad somnolienta que, a menudo, los gobiernos cómplices pretenden mantener: como cuando, tras una emergencia –un terremoto o una avalancha–, la gente se une para trabajar conjuntamente. Desde Palestina, se ha sembrado la semilla de un proyecto colectivo. Nosotros, que no controlamos grandes capitales, algoritmos ni armas, vemos cada vez con mayor claridad que la humanidad tiene un enemigo común en ese sistema que sigue fomentando el genocidio del pueblo palestino y creando enormes desigualdades económicas y sociales. Las libertades fundamentales son la última vía pacífica a la que podemos aspirar para contrarrestarlo.
Soñar con Palestina, sin embargo, significa soñar con la posibilidad –aún viva– de un orden internacional que no se fundamente en la fuerza, sino en la justicia, al igual que en su día hubo alguien que soñó con un mundo sin esclavitud, un mundo donde las mujeres pudieran votar, un mundo donde el trabajo infantil estuviera prohibido, un mundo donde las personas, fuese cual fuese su color de piel, pudieran usar los mismos baños o beber agua de la misma fuente
El primer paso es dejar de llamar normalidad a lo que no lo es. Pero entonces surge un problema: una vez que ves, ya no puedes fingir que no pasa nada. Y a partir de ahí, además de liberarte, te sientes irremediablemente incómodo.
Soñar significa permanecer, resistir, imaginar entre las ruinas y más allá de ellas. El sueño es también una llamada al otro, pero va dirigida ante todo a nosotros mismos: si no soñamos con la liberación de todos, traicionamos nuestra humanidad. Si los derechos se convierten en un monumento, dejan de ser un instrumento de lucha y se reducen a una institución vacía que sólo sirve para legitimar el poder existente. Soñar con Palestina, sin embargo, significa soñar con la posibilidad –aún viva– de un orden internacional que no se fundamente en la fuerza, sino en la justicia, al igual que en su día hubo alguien que soñó con un mundo sin esclavitud, un mundo donde las mujeres pudieran votar, un mundo donde el trabajo infantil estuviera prohibido, un mundo donde las personas, fuese cual fuese su color de piel, pudieran usar los mismos baños o beber agua de la misma fuente.
El sueño es una herida y una cura. La imaginación ya es una forma de curación, una medicina que mantiene al pueblo palestino en pie y lo fortalece. Palestina es el centro moral del siglo xxi: soñar con ella significa elegir la humanidad, precisamente cuando parece más difícil. Significa negarse a que el horror tenga la última palabra, y que la civilización sea una tarea que cada uno de nosotros pueda hacer suya.
Fatma Hassona no quería irse. La madre de Fatma, la madre de la madre de la madre de la madre de Fatma, que vio llegar a los primeros colonos a su tierra, no quería irse. Ella y sus hijos fueron expulsados de su hogar con unas pocas prendas de ropa y una llave, convencidos de que regresarían en unos días; pero los palestinos aún llevan esa llave consigo. La han pasado de madres a hijas durante setenta y siete años.
Ni siquiera sus hijos se irán.