Arar la tierra para recuperar las historias de amor

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Hay una imagen de Federico García Lorca que estos días, después de ver La bola negra, no consigo quitarme de la cabeza: la del arado abriendo la tierra. Aparentemente la rompe, la hiere, la desordena. Pero el arado no destruye: prepara la tierra para que algo pueda volver a nacer. Y un día, el arado se detiene. Debajo hay un mosaico griego. Una historia que llevaba siglos esperando. Quizá también una historia de amor.

He pensado mucho en esa imagen al salir del cine. La bola negra enlaza tres vidas de épocas diferentes atravesadas por la sexualidad, el deseo, el dolor y la herencia, recuperando además una de las obras que Lorca dejó inacabadas. Tal vez por eso uno sale con la sensación de que algunas historias nunca terminan del todo. Permanecen debajo de nosotros, esperando que alguien vuelva a remover la tierra.

Porque cambian las leyes, las palabras, las ciudades y las generaciones. Cambian nuestras formas de relacionarnos. Pero hay algo profundamente humano que permanece: la necesidad de amar y ser amado, de sentirnos reconocidos y de poder vivir nuestra identidad sin miedo. Ahí la educación social tiene mucho que decir.

Educar también significa aprender a convivir con quien piensa, siente, ama o vive de manera diferente. Trabajar el disenso sin convertirlo en enemistad. Enseñar que cuidar no es controlar y que acompañar no consiste en decidir por la otra persona. Es construir comunidades en las que cada ser humano pueda llegar a ser quien quiera ser, respetando a los demás y sintiéndose también respetado.

No es una reflexión ajena al presente. Vivimos rodeados de ruido. Casos y acusaciones de corrupción ocupan titulares; Ceuta atraviesa una extraordinaria presión migratoria y humanitaria, reconocida oficialmente por el Estado, mientras el debate social se endurece. Solo durante agosto, el observatorio estatal OBERAXE detectó más de 101.000 contenidos reportables de odio y narrativas discriminatorias en redes, un 76 % más que el mes anterior; el 39 % estaba relacionado con la crisis de Ceuta.

Corremos el riesgo de acostumbrarnos a mirarnos como adversarios antes que como personas. Y, sin embargo, seguimos enamorándonos. Seguimos cuidando a nuestros padres, abrazando a nuestros hijos, echando de menos a quien se fue, esperando un mensaje, tomando una mano en un hospital, acogiendo a quien llega, reconciliándonos después de una discusión. Seguimos buscando a alguien con quien compartir la vida. Quizá ahí resida una de nuestras mayores esperanzas.

Por eso necesitamos volver a arar la tierra. No para borrar el pasado, sino para encontrar las historias que quedaron debajo. Las de quienes amaron a escondidas. Las de quienes tuvieron que marcharse. Las de quienes no pudieron decir «te quiero» en voz alta. Y también las historias que hoy estamos escribiendo y que deberíamos procurar que no tengan que ser desenterradas dentro de cien años para comprender cuánto sufrimiento provocaron nuestros silencios.

Honrar la vida y la convivencia no debería ser una consigna. Es una tarea cotidiana y un compromiso ciudadano. Tal vez el arado vuelva a detenerse muchas veces. Ojalá sepamos agacharnos, retirar la tierra con cuidado y mirar lo encontrado sin miedo.

Porque debajo de tantas capas de historia seguimos encontrando lo mismo: seres humanos intentando amar y ser amados. Y mientras haya amor, habrá esperanza. Porque, al final, quizá sea el amor lo que verdaderamente da sentido a la vida.