La portada de mañana
Acceder
La intrahistoria del adelanto electoral: “Es ahora o nunca”
Feijóo frenado por Vox y la izquierda activada: la jugada que vio Sánchez
'Construir más no solucionará la crisis de la vivienda', por Alberto Garzón

La guerra que todos perdimos

5 de octubre de 2026 23:09 h

0

Por si queda alguna duda: no, la guerra no la perdimos todos: la perdió el bando republicano, la democracia elegida en las urnas, y la ganó un ejército sublevado que, con Franco a la cabeza, daría lugar después a cuarenta años de dictadura. Esto constituye una verdad irrebatible, tanto como un consenso histórico y científico. Pero, a la luz de la polémica suscitada por las jornadas Letras en Sevilla XI, que se están celebrando esta semana y cuyo título he tomado prestado para este artículo, me he visto obligada a explicar mi participación en las mismas, así como a argumentar por qué creo que es necesario intervenir en espacios de diálogo de esta índole, también desde las izquierdas.

Comencemos por el principio. El encuentro –que organizan Arturo Pérez Reverte y Jesús Vigorra–estaba previsto para el pasado invierno, hasta que la renuncia a asistir de David Uclés desencadenó otra serie de ausencias que acabó forzando el aplazamiento hasta octubre. Los motivos que condujeron a Uclés a tomar esa decisión –un tema que he podido comentar en privado con el escritor ubetense, a quien admiro desde nuestra discrepancia–, y el revuelo posterior han sido sobradamente desgranados por este periódico. Sin embargo, cuando a mí me llamó Vigorra para acudir a la edición otoñal, no dudé un segundo en decir que sí, movida por un deseo de impulsar la reflexión –entre el público, otros ponentes y los lectores– sobre el acontecimiento más relevante de nuestro siglo XX, que también configura, en buena medida, la política contemporánea nacional. Conversar respetuosamente y exponer ideas forma parte de mi trabajo; llevo años ejerciendo esta labor, a veces desde el disenso. Pero hay algo más: mi experiencia me alerta de que, si solo se produce el diálogo entre personas afines, sufren el pensamiento crítico y la calidad democrática de las naciones.

Cuando vivía en Estados Unidos, al tipo de reuniones en las que únicamente circulaban posturas equivalentes se les llamaba “espacios seguros”. En la universidad, siendo doctoranda primero, profesora y directora adjunta después, cuestioné en numerosas ocasiones las divisiones que se efectuaban por género, raza o alguna otra etiqueta a la hora de restringir la presencia de los sujetos en asambleas u otras actividades, precisamente en un país que había luchado contra la segregación durante décadas (y donde, además, la seguridad escasea, pues en cualquier momento se puede iniciar un tiroteo). Efectivamente, considero una práctica segregacionista el confinamiento de la palabra, planificado de antemano, en el sitio donde solo hallará aplausos y camaradería.

Puede darse esa conexión, pero no como única condición de posibilidad. Piénsenlo bien: si el mundo se articulase según esas dinámicas, los parlamentos, fuentes inagotables de disputas, se habrían extinguido hace tiempo. Sin superar barreras innegociables –como cargar armas, ejemplo: gas pimienta; o caer en el delito de odio–, la diversidad ideológica es un valor que debe ser defendido, aunque el título de algún acto, el enfoque o la compañía de cierto individuo no nos agrade especialmente. Me consta que algunos galardonados con premios nacionales no son monárquicos y comparten escenario con los Reyes; y que hay autores enfrentados a los que no les importa aparecer en el mismo catálogo editorial. Lo contrario, más bien, apuntaría a ese puri(tani)smo norteamericano que, a las pruebas me remito, ha resultado bastante ineficaz.

Por otra parte, solo hacen falta unas pocas nociones de historia de las ideas para identificar de dónde nace el título de las jornadas, que la fundación Cajasol –patrocinadora de las mismas– ha ido anunciando a través de citas de personajes vinculados a distintas corrientes políticas. Leo en su cuenta de X: “Aquella guerra fue una derrota para España entera”, Santiago Carrillo; o “Fue una derrota completa que marcó a generaciones enteras”, Almudena Grandes. En términos similares se han expresado Soledad Gallego-Díaz o el mismo Pérez Reverte. Casi todas estas figuras son hijos e hijas de la Transición, un período durante el que se consolidó el paradigma de la reconciliación, según el cual la contienda representaba una tragedia colectiva que el pueblo debía rememorar para que no se repitiese, pero centrándose unívocamente en la planificación del futuro, prioritario sobre el peso del pasado.

Dicho paradigma procedía de debates encarnizados –algunos, clandestinos– ocurridos a lo largo del tardofranquismo, simultáneamente en el seno de la oposición y del régimen, aunque con matices ligeramente distintos. De hecho, la reconciliación fue abrazada por el Partido Comunista desde 1956, y reformulada en 1964 en la campaña propagandística de los “25 años de Paz”, promovida por el dictador, tras lo cual continuó permeando los imaginarios colectivos hasta bien entrada la democracia.

Hoy en día, este relato convive con las reclamaciones más reivindicativas de los Movimientos por la Memoria Democrática –“justicia, verdad y reparación”–, a las cuales yo me siento cercana, pero lo que está claro es que el título de las jornadas cuenta con antecedentes teóricos dentro del caleidoscopio político de nuestra era constitucional y, si se ha procedido a recuperarlo, a través de un gesto definitivamente provocador, quizá sea el momento de diseccionar la complejidad diacrónica de la remembranza y añadir posicionamientos dialogantes en lugar de sustraerlos, ya sea mediante la cancelación o la huida voluntaria.

Es más, porque habitamos una época marcada por el ascenso global del autoritarismo, la desinformación y el bulo viral, creo apremiante que quienes hemos trabajado las desgarradoras consecuencias de la conflagración del 36, con rigor académico, desde el archivo y la imaginación, agarremos el micrófono para desplegar, decorosamente, nuestro argumentario. Quedarnos en casa o recurrir a la construcción de guetos discursivos solo agravaría el ya doloroso problema del debilitamiento de las democracias actuales, y yo, desde luego, jamás querría ser parte de ese proceso.