El patriota Abascal

13 de octubre de 2026 22:57 h

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“No estaré en ninguna tribuna con un gobierno mafioso”, ha afirmado Santiago Abascal, líder de Vox, para justificar su ausencia en Madrid este pasado 12 de octubre, ese día de la “Hispanidad” que él y los suyos no dejan de enaltecer a la más mínima ocasión como “la obra de la civilización más grande de la historia”. Junto al descubrimiento y la colonización de América, la “Reconquista” es el otro ingrediente principal de esa ensalada mal aliñada que Vox pretende que los estudiantes se traguen en las clases de Historia. Un programa que querrán imponer si llegan al Gobierno, aunque sean minoría en la coalición: alguna concesión les tendrá que hacer el PP cuando llegue el momento.

El año pasado, Abascal sí que asistió a los actos oficiales en la capital del Reino de España, pero también declinó estar en la tribuna de autoridades. Prefirió, aseguraba, ver el desfile “entre el público”, formando parte de ese “pueblo” español al que solo Vox dice representar. Un pueblo cultural, étnica y religiosamente homogeneizado, por supuesto, frente a las amenazas disgregadoras de una inmigración desorganizada y galopante. Seguramente, a Abascal y compañía no les desagradaría recuperar aquel “Día de la Raza”, que fue el nombre oficial desde 1918 y que el franquismo rebautizó como “de la Hispanidad” solo mucho después —en 1958— de que la derrota de las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial convirtieran eso de las diferencias biológicas en algo muy mal visto. 

Este año —la ocasión la pintaban calva, con unas elecciones generales a tiro de piedra— el de Amurrio ha preferido irse a Ceuta a celebrar la festividad junto al líder de la extrema derecha francesa, Jordan Bardella. ¿El motivo? Que, además de corrupto, este Ejecutivo “ha traicionado a España y ha dejado parte de nuestro territorio nacional invadido”. Así que el líder de la derecha radical española ha pasado la festividad nacional por excelencia en Ceuta, “con los españoles que defienden la frontera que Sánchez ha abandonado”.

Hasta aquí, pues, nada nuevo en ese populismo nacionalista de primero de primaria que los de Vox tan bien explotan y que —todo parece indicarlo— les llevará en volandas hasta unos espectaculares resultados electorales. La mayoría de los sondeos sitúan a Vox en una sólida horquilla de intención de voto de entre el 17% y el 19%, lo que les permitiría duplicar sus 33 escaños actuales; aquellos que consiguieron tras una calamitosa campaña donde quisieron que Cataluña siguiese siendo el centro de atención. Para Feijóo, en cambio, las perspectivas electorales no son tan halagüeñas: las mismas encuestas detectan un estancamiento, cuando no un retroceso, en la intención de voto de los populares. Esto no le impedirá liderar el bloque de la derecha, pero si quiere gobernar tendrá que hacerlo con un socio encaramado a sus cerca de 70 escaños que no se lo pondrá nada fácil.

Desde los tiempos del efímero Pablo Casado, el Partido Popular no ha sabido qué hacer para detener la persistente sangría de votos hacia su derecha. Primero imitaron sus afirmaciones altisonantes, como cuando el propio Casado afirmó que “la Hispanidad es el hito más importante de la humanidad, solo comparable con la romanización”. Aquello fue en octubre de 2018. Es decir que, poco antes de que Vox irrumpiera con fuerza en el Parlamento andaluz, los populares ya intentaban poner la tirita antes de la herida. Después probaron todo lo contrario: distanciarse. El mismo Casado sentenció un rotundo “hasta aquí hemos llegado” en la moción de censura de 2020, rompiendo unos puentes que Vox intentaría dinamitar más tarde, en 2023, con la propuesta de aquel candidato nonagenario y extemporáneo que fue Ramón Tamames. Ni imitarles ni diferenciarse de ellos ha servido a los populares para atemperar la amenaza que llegaba desde su derecha.

Pero ¿qué le ofrece realmente este paladín de la nación a los españoles, más allá de una versión actualizada de aquel “¡Santiago y cierra España!” que, según la leyenda, gritaban los caballeros cristianos en las Navas de Tolosa? Porque, si dejamos a un lado las proclamas patrióticas y descendemos a la letra pequeña de su programa, la propuesta es alarmante y paradójica. Alarmante porque los de Abascal hablan, sin demasiados tapujos, de privatizar las pensiones mediante un modelo mixto de reparto y capitalización, más conocido como la “mochila austriaca”.

Y paradójica porque la medida castigaría precisamente a su gran granero de votos: las rentas más bajas y de menor cualificación laboral, que verían mermadas sus futuras pensiones al no tener capacidad de ahorro para alimentar fondos privados. Si a esto le sumamos la reforma fiscal anunciada por Figaredo —un IRPF con un mínimo exento de 22.000 euros, un tipo del 15% hasta los 70.000 euros y del 25% a partir de esa cantidad—, la contradicción es evidente. No hace falta ser un lince en economía para ver que la propuesta también supone una rebaja sustancial para las rentas altas, al tiempo que reduce la recaudación pública. Esas mismas arcas que sostienen la sanidad, la educación o las pensiones.

Son los servicios esenciales de los que tanto se quejan muchos de los ciudadanos que el próximo 29 de noviembre correrán a depositar su confianza en el patriota Abascal. Ese mismo líder que en su juventud encadenó hasta tres prórrogas sucesivas para esquivar el servicio militar obligatorio hasta que su entonces coreligionario Aznar aprobó su abolición. Lo cual no le impide clamar hoy que está “con los uniformados que defienden la soberanía nacional frente a la traición institucional”. 

Abascal es, en definitiva, ese patriota aquejado de nostalgia imperial que quiere armar a España contra supuestos invasores a costa de desarmar —en recursos y derechos sociales— a los propios españoles.