Verano y democracia

La construcción del tiempo es una tarea política, como su reparto.

Para dialogar con uno mismo y con otros antes de decidir, para dilucidar acontecimientos pasados para así mejorar, para hacer política, precisamos de un tiempo del que apenas disponemos. Todo lo domina la eficiencia, capaz de reinar hoy en diversos ámbitos de gobierno. Nos pueden las prisas. Los ejecutivos y sus libros de instrucciones triunfan en las empresas tanto como en lo político. Y no es casual.

Pensemos en el dominio creciente ejercido en lo público por figuras individuales, tanto a escala municipal y autonómica como estatal. Por no hablar de las relaciones internacionales, donde los personajes presidenciales acumulan cada vez más poderes a la hora de decidir en un ámbito especialmente delicado. Y así nos tienen, desentrañando la personalidad de tal o cual líder mundial cruzando los dedos.

Si descendemos en la escala política hasta llegar al ciudadano comprobamos que ahí también triunfa lo ejecutivo. Gracias entre otros a Sigmund Freud sabemos que en ese ámbito complejo que tanto nos determina desde lo no consciente, no rigen ni el principio de identidad, ni el tiempo, ni el espacio. Es allí, en ese complejo mundo interno, donde deberíamos deliberar y juzgar atendiendo a toda esa riqueza de pasiones, fantasías y razones. Pero una vez más, no hay tiempo.

Es así que el gobierno del ciudadano también se ve inundado de premuras, de purgas y actividad mental estéril, de decisiones racionales tomadas casi sin pensar. Algo que a la larga nos llena de tristeza. Bertrand Russell defendía que para que el ciudadano aporte a lo público debe estar feliz y tranquilo, no nervioso y agotado.

El ciudadano al que nos está acostumbrando el siglo XXI es el que no tiene tiempo de nada. A pesar de los veloces transportes con los que contamos, de las lavadoras y los lavaplatos. Da igual. Iremos con la lengua fuera a todos sitios.

Desde hace más de cien años se insiste en que el capitalismo pone en marcha una dinámica trepidante por la que nos acelera el tiempo de vida. La productividad y el cambio tecnológico, las modas y el crecimiento perpetuo. La concepción de trabajo dominante insiste en que le dediquemos al menos un tercio de nuestros días, si hay suerte, a actividades laborales a menudo alienantes por las que cobramos mil veces menos que los que mandan.

Porque el reparto es tan absurdo que mientras millones de personas sobrepasan esas ocho horas estándar en la oficina, conociendo a sus hijos a partir de la hora del cuento, otros millones deambulan por la ciudad y las pantallas en busca de empleos imposibles. Y mientras, a infinitos kilómetros de estas vidas, un puñado de tipos cierra tratos en palcos vip cuando no se pasa la vida jugando al golf.

El tiempo se negocia casi con más ahínco que el dinero. Entre compañeros de trabajo se sabe que asumir determinada tarea enfanga a unos para liberar a otros. Los becarios lo saben mejor que nadie. Y dentro de cada casa ídem, sobre todo cuando no se verbaliza y se naturalizan roles de género que deciden quién se dedica a qué.

Decía Zygmunt Bauman que el mal del joven de nuestro nuevo siglo era la ansiedad, íntimamente conectada con lo angustioso, lo angosto. Un tiempo que se estrecha para que nos montemos en la rueda ejecutiva de una actividad mental incapaz de pararse a pensar. Eso es lo que reclamaban los estudiantes revoltosos de los sesenta fuera de nuestras fronteras, y lo que a día de hoy los actuales, aquí y allí, han olvidado: to stop and think.

El bombardeo de trabajos, apuntes de dudosa calidad y clases destierran de la Universidad la actividad política, la lectura de los clásicos, el tiempo de la imaginación. Regresa la competencia a las aulas, no por casualidad un rasgo ejecutivo crucial. Competimos por todo y entre todos mientras devoramos el tiempo. De esta forma, por la puerta de atrás, se cuelan subidas de becas y tasas frente a las que muchos han silbado. Entre papers, agendas de ministros y exámenes semanales, no tenían tiempo. Excusa perfecta, por real, para acallar también el coraje.

Hablamos así de capitalismo, de planes de estudio terribles, de jefes innombrables, de parejas machistas. Todo un universo que transformar. Pero frente a ello nuestras resistencias son débiles, contagiadas de un medio ambiente que todo lo normaliza peligrosamente. Al final los hombres grises del genial cuento de Michael Ende, Momo, aquellos que nos roban a cada minuto las horas, habitan a menudo en nosotros mismos. Nos montamos en las ruedas acríticamente, incluso con entusiasmo, exclamando orgullosos a quien nos quiera oír: ¡no tengo tiempo de nada!

Por eso el verano, al menos ese viejo concepto infantil que hoy muchos pugnamos por recuperar, es tan importante. El verano como el paraíso del aburrimiento, del no saber qué hacer y por eso hacer de todo. La época de las grandes novelas. El viaje interno y externo como descentramiento, como apertura a las novedades, capaz de sacudir el conformismo, de ayudar al pensamiento y la fantasía para que se asomen sin timidez. Se trata de reivindicar un ocio creativo, también la hondura del letargo frente a unas vidas huecas por tanta vigilancia insomne.

El verano puede convertirse así en esa pequeña ventana abierta por el sistema desde la que recuperar ingredientes básicos para la democracia. Pero se precisan recursos para descansar sin angustiarse por las hipotecas o por el paro. Se requiere igualdad para que el estío no traiga más luchas domésticas, más incertidumbres laborales. Se necesita que nos desprendamos de la pulsión tiránica que se relame sabiendo que, ahora que se derriten los horarios, podemos aprovechar para trabajar más que nunca.

Comienza el verano del año 2014. Ha sido un curso político difícil, duro como pocos. En las últimas semanas se han abierto posibilidades de ruptura por arriba, mientras por abajo todo sigue cambiando a grandes ritmos. La democracia no es fácil, y precisa pensarse. No vale con dar a un botón frente a la pantalla al final de un día agotador. Esa imagen no haría más que fortalecer el triunfo ejecutivo. La aclamación militar de Esparta o Roma frente al lento debate razonado de Atenas. Mucho que pensar de cara al otoño.

Hay que reunirse, debatir, informarse, conocerse. Crear espacios políticos y culturales donde formarse por todo el país, como recientemente proponía Pepe Ribas. Pues aún nuestra cultura cívica, aquella que resurge en cuanto bajas el volumen a la parafernalia de los oradores, deja mucho que desear. Deliberar, estudiar y juzgar en compañía. Saber atender la crítica. Repensarse a cada rato. Expulsar la calumnia, la desconfianza y la competencia más dañina. Multiplicar la ilusión y crear lazos cívicos. Para todo eso se necesita tiempo.

Quizá, si de verdad queremos una democracia arraigada en lo local, si buscamos construir municipios libres que nos traigan el poder de decidir directamente sobre lo que más de cerca nos afecta, y si estamos dispuestos a luchar por otro orden constitucional sin figuras humillantes como la monárquica o el artículo 135 de la Constitución, una de las tareas clave que tendremos que afrontar será esta del tiempo. De cómo lo repartimos y construimos. De cómo dejamos, en definitiva, que la vida nos deje disfrutarla haciendo aquello que nos hace más humanos, haciendo política.