La Estación Espacial Internacional sufre fugas y crecen las dudas sobre cuánto tiempo podrá seguir operativa
Cada respiración allí dentro depende de que nada falle al otro lado de la pared. La Estación Espacial Internacional es una base que orbita la Tierra y sirve para hacer ciencia en condiciones imposibles en el suelo, con equipos que estudian desde el cuerpo humano hasta materiales en ingravidez mientras una tripulación vive allí de forma continua.
Esa vida diaria obliga a convivir con un entorno extremo, donde cualquier avería tiene consecuencias y donde la seguridad se construye a base de protocolos, vigilancia constante y soluciones provisionales cuando algo se deteriora.
El módulo ruso acumuló daños sin una solución definitiva
El 5 de junio de 2026, NASA ordenó a parte de la tripulación refugiarse en una nave acoplada ante el aumento de una fuga de aire en la estación, un aviso que se levantó poco después pero que volvió a poner sobre la mesa el estado del complejo. La decisión partía de una preocupación clara por la integridad de una zona concreta, algo que la agencia estadounidense considera un riesgo elevado mientras Rusia sostiene que la situación está controlada.
La fuga se localiza en el módulo ruso Zvezda, en un túnel de transferencia que conecta con un puerto de acoplamiento. Allí han aparecido grietas finas que dejan escapar aire de forma lenta pero constante, un problema que se arrastra desde hace años y que ha obligado a sellar la estructura en varias ocasiones sin lograr una solución definitiva. El propio entorno de la estación influye en ese desgaste, con cambios continuos entre calor y frío extremo y tensiones mecánicas cada vez que una nave llega o se separa.
Las diferencias entre NASA y Roscosmos han marcado la gestión del problema. Bob Cabana, que preside el comité asesor de la ISS, explicó en 2024 que la agencia estadounidense teme un fallo grave en esa zona, mientras que el equipo ruso descarta ese escenario.
Esa distancia se ha hecho más evidente con las propuestas de reparación. Según Ars Technica, Rusia planteó primero perforar el casco para actuar desde dentro, una idea que NASA rechazó por el riesgo que implicaba. Después llegó un segundo plan que incluía cortar un soporte estructural del túnel con una sierra, algo que volvió a encender las alarmas y acabó retirándose.
La estación superó con creces la vida útil prevista
Vivir en la estación implica asumir que estos problemas forman parte del día a día. El aire se controla compartimento a compartimento y, cuando aparece una fuga, se aíslan zonas y se reduce la presión para ralentizar la pérdida. Chris Gainor, historiador espacial, recuerda que la estructura sufre un desgaste permanente por su órbita, que completa una vuelta a la Tierra cada 90 minutos con cambios térmicos continuos. Aun así, los sistemas de emergencia están preparados para responder con rapidez y permiten a la tripulación reaccionar sin improvisación.
El origen de la estación ayuda a entender por qué conviven módulos tan distintos. Nació en los años 90, cuando Estados Unidos y Rusia decidieron unir proyectos tras el final de la Guerra Fría. Desde entonces, se han ido sumando piezas hasta formar un complejo en el que viven astronautas de varios países desde el año 2000. Su vida útil inicial era de 15 años, pero ha superado con creces esa previsión y hoy muestra señales claras de envejecimiento.
La retirada podría abrir reclamaciones entre varios países
El futuro de la estación abre otro frente. El plan pasa por retirarla y sustituirla por instalaciones privadas, aunque esos proyectos avanzan con retraso. Empresas como Axiom o Starlab trabajan en nuevos módulos, pero todavía dependen en gran medida de financiación pública. Christopher Newman, profesor de Derecho Espacial, apunta que el mercado por sí solo no está preparado para asumir el relevo y que las agencias siguen siendo el principal cliente. Mientras tanto, se estudia prolongar la vida de la EEI hasta 2032.
Esa retirada plantea además un problema legal poco habitual. La estación pesa unas 420 toneladas y su desintegración controlada sobre el océano Pacífico podría dejar restos que sobrevivan a la reentrada.
El tratado internacional de 1972 establece que los países que lanzan un objeto son responsables de los daños que cause, pero en este caso participan varias naciones, lo que complica cualquier reclamación si algo sale mal.
El episodio del 5 de junio resume bien la situación actual. Cinco astronautas se prepararon para abandonar la estación mientras técnicos evaluaban el alcance de la fuga, y poco después todo volvió a la normalidad. Esa forma de vivir, que alterna momentos de tensión con largas horas de trabajo científico, define una vida en órbita donde la seguridad existe, pero siempre depende de estructuras que ya no son nuevas y de decisiones que se toman en tiempo real.