Australia alberga algunos de los animales más venenosos del mundo y las cifras desmontan parte de su fama

Pensárselo dos veces antes de meter la mano en el agua o levantar una piedra se ha convertido en una reacción casi automática al hablar de Australia. Esa cautela nace de una idea muy repetida que presenta el entorno como un lugar donde cualquier descuido puede acabar mal.

En la vida diaria, esa percepción lleva a muchas personas a mirar dónde pisan, revisar antes de meter la mano en un hueco o evitar tocar animales que no conocen. Esa forma de actuar convierte la prudencia en una costumbre y refleja cómo la población ha aprendido a convivir con la fauna sin asumir riesgos innecesarios.

La fama del país supera lo que muestran las cifras

Australia arrastra una fama sólida como territorio lleno de animales peligrosos, aunque esa imagen no siempre coincide con lo que muestran los datos. Según Encyclopaedia Britannica, el país alberga 66 especies venenosas, una cifra inferior a la de Brasil o México, pero la potencia de esos venenos explica su reputación.

Algunas de sus especies, como el taipán del interior, las medusas de caja o la araña de embudo de Sídney, figuran entre las más tóxicas del planeta, lo que refuerza la percepción de peligro incluso cuando los encuentros con humanos son poco frecuentes.

El naturalista Steve Backshall, que ha trabajado en el país para el programa Deadly 60, conoce bien esa impresión tras convivir con su fauna salvaje durante largos periodos. En una de sus expediciones en el Territorio del Norte, un cocodrilo de agua salada llegó a morder el equipo con el que medía su fuerza, sacudiéndolo con violencia.

Ese tipo de encuentros ilustra la presencia de grandes depredadores capaces de causar daños graves, aunque no sean habituales en la vida cotidiana. El propio Backshall ironiza sobre otro animal que suele generar miedo, el tiburón blanco, al señalar que sus ataques mortales son extremadamente raros en comparación con su fama, muy marcada por el cine.

Más allá de esos animales conocidos, hay especies menos populares que concentran un riesgo mayor por su veneno. Australian Geographic recoge el caso del pez piedra, cuya picadura puede provocar un dolor tan intenso que el cuerpo entra en shock. El investigador Bryan Fry, especialista en venenos de la Universidad de Queensland, explica ese efecto: “Produce un dolor tan extremo que el organismo entra en shock y la persona puede morir”. En el mismo grupo aparece el pulpo de anillos azules, capaz de paralizar en cuestión de minutos hasta provocar fallos respiratorios.

La evolución explicó la riqueza de especies venenosas

Las serpientes ocupan otro lugar destacado en esa lista de amenazas, tanto por su número como por la fuerza de su veneno. Muchas pertenecen a la familia de los elápidos, caracterizada por un tipo de mordedura que inyecta toxinas que bloquean el sistema nervioso.

El taipán del interior, considerado uno de los más venenosos del mundo, rara vez entra en contacto con humanos debido a su hábitat remoto, pero una sola mordedura contiene suficiente toxina como para acabar con varios individuos. Fry apunta que esa potencia responde a su forma de cazar: “Se alimentan de roedores muy resistentes que podrían herir a otras serpientes”.

Esa concentración de veneno en la fauna australiana tiene una explicación ligada a la historia del planeta. Hace unos 100 millones de años, el territorio formaba parte de Gondwana, un supercontinente que se fragmentó con el tiempo. Algunas especies ya venenosas quedaron aisladas en esa masa de tierra y evolucionaron allí durante millones de años.

En el caso de las serpientes, se cree que todas descienden de un ancestro común que llegó desde Asia hace unos 40 millones de años, lo que explica por qué la mayoría de las especies actuales comparten esa característica.

Los datos rebajan el riesgo real para la población

A pesar de todo, el riesgo real para las personas es mucho menor de lo que sugiere la fama del país. Entre 2000 y 2013, más de 41.000 personas fueron hospitalizadas por picaduras o mordeduras, pero solo 64 murieron, según datos recogidos por Encyclopaedia Britannica.

La mayoría de incidentes graves se produce en contextos concretos, como trabajos en el campo o situaciones en las que alguien manipula animales salvajes como sucedió con el famoso naturalista Steve Irwin, que falleció en 2006 después de que una raya le atravesara el corazón con su aguijón venenoso. Incluso especies temidas, como las arañas, han dejado de causar muertes desde la introducción de antídotos eficaces en 1981.

Esa distancia entre percepción y realidad también se observa en otros animales sin veneno. Los tiburones, por ejemplo, protagonizan menos de una muerte al año de media, mientras que aves tan agresivas como el casuario, capaces de atacar con sus garras, han causado un único fallecimiento documentado en casi un siglo.

La imagen de un entorno hostil se mantiene, pero los datos muestran que la convivencia con esa fauna se basa más en evitar errores que en enfrentarse a un peligro constante.