La Revolución Americana tuvo un aliado español que puso contra las cuerdas a los británicos en un momento decisivo
Los refuerzos que Gran Bretaña enviaba al frente reducían las opciones de George Washington cada vez que sus propias tropas perdían hombres, pólvora o capacidad de movimiento. Washington necesitaba cuantos aliados pudiera reunir para mantener vivo al ejército continental, asegurar suministros y obligar al enemigo a repartir sus fuerzas.
La ayuda exterior permitía prolongar las campañas cuando las Trece Colonias carecían de recursos suficientes, mientras la apertura de otros frentes impedía que Londres concentrara toda su potencia militar contra la rebelión. Esa necesidad convirtió cada puerto seguro, cada ruta de abastecimiento y cada ofensiva aliada en una parte decisiva de la resistencia estadounidense.
Bernardo de Gálvez abrió una vía de ayuda desde Luisiana
La ayuda que Washington requería encontró una vía esencial en la Luisiana española, donde Bernardo de Gálvez autorizó el paso de armas, pólvora, medicinas y dinero hacia los insurgentes. Como gobernador de aquel territorio, coordinó el envío de recursos por el Misisipi y Nueva Orleans junto a agentes norteamericanos como Oliver Pollock.
Cuando España entró en guerra contra Gran Bretaña en 1779, aquella asistencia encubierta dio paso a una campaña militar que llevó el conflicto hasta las posesiones británicas del golfo de México.
El camino de Gálvez hasta Luisiana había empezado en una familia malagueña vinculada al servicio de la Corona. Nacido en Macharaviaya en 1746, siguió la carrera militar, estudió en la Academia Militar de Ávila y combatió en el norte de África antes de viajar a América. También luchó contra los apaches en Nueva Vizcaya y adquirió experiencia en territorios donde la administración, la diplomacia y la guerra exigían decisiones rápidas.
En 1776 fue nombrado gobernador interino de Luisiana y después asumió el cargo de manera permanente, con responsabilidades sobre la frontera, los pueblos indígenas y la defensa de una región expuesta a la presión británica.
Gálvez forzó la entrada naval pese a la oposición
La ofensiva española comenzó por el bajo Misisipi, donde Gálvez tomó Manchac, Baton Rouge y Natchez. Aquellos avances cortaron comunicaciones británicas y protegieron Nueva Orleans antes de que el ejército español dirigiera sus fuerzas hacia Mobile, conquistada en 1780. Pensacola quedaba como el gran objetivo, ya que servía de base a Gran Bretaña en Florida occidental y permitía amenazar Luisiana desde el mar.
La entrada en la bahía de Pensacola puso a prueba la autoridad del comandante. El buque San Ramón tocó fondo durante un primer intento, un temporal apartó a la flota de la costa y varios oficiales rechazaron una nueva maniobra por considerarla suicida.
José Calvo de Irazábal, almirante español, llegó a acusar a Gálvez de cobardía y traición en su correspondencia. El gobernador respondió asumiendo el riesgo al frente del Galveztown y lanzó una orden que condensaba su decisión: “El que tenga honor y valor que me siga”. La nave cruzó bajo el fuego de las Barrancas Coloradas, seguida por otras embarcaciones que lograron entrar sin bajas.
Con la flota dentro de la bahía, el asedio reunió cerca de 7.000 hombres procedentes de distintos territorios y grupos. Las tropas españolas cercaron los fuertes que protegían Pensacola mientras una escuadra bloqueaba la llegada de refuerzos británicos. Una granada alcanzó el polvorín del fuerte de la Media Luna y abrió una brecha que dejó la defensa en una posición insalvable.
Los británicos se rindieron en mayo de 1781, de manera que España recuperó Florida occidental, eliminó la amenaza sobre Nueva Orleans y obligó a Londres a dedicar recursos a un frente alejado del ejército de Washington.
Estados Unidos acabó reconociendo la aportación española
La vida de Gálvez tuvo otras facetas que quedaron eclipsadas por Pensacola. Sus contemporáneos lo describieron como valiente, sociable y aficionado a las fiestas, además de autor de sainetes y defensor de una convivencia racial poco habitual en su época.
Tras convertirse en virrey de Nueva España, participó en la respuesta administrativa frente a una grave hambruna y colaboró en reformas destinadas a pacificar la Frontera Norte. Murió en 1786, con 40 años, cuando su carrera todavía tenía recorrido.
El reconocimiento estadounidense tardó en adquirir forma institucional, aunque su nombre permaneció en lugares como Galveston y en monumentos repartidos por Luisiana, Florida, Alabama y Texas.
En 2014, el Congreso de Estados Unidos le concedió la ciudadanía honorífica, una distinción reservada hasta entonces a ocho personas. Su retrato fue colocado en el Capitolio y una estatua próxima a la Casa Blanca recordó su participación en la independencia.
España recuperó con mayor fuerza su figura desde finales del siglo XX mediante biografías, exposiciones y actos conmemorativos. La memoria de Gálvez terminó así ligada a una guerra que Washington pudo continuar gracias a aliados capaces de atacar a Gran Bretaña lejos de las Trece Colonias.