El jardín histórico de Catalunya construido en el siglo XIX y perfecto para pasear entre grutas, palmerales y un lago artificial
En Catalunya todavía se conservan antiguas fincas que fueron creadas como lugares de descanso para familias con grandes propiedades. Muchas contaban con una vivienda principal y terrenos dedicados al cultivo, pero también con jardines donde se reunían árboles de distintas procedencias, fuentes y construcciones pensadas para el ocio. Con el paso del tiempo, algunos de estos lugares se han abierto al público y permiten conocer cómo se organizaban unas fincas en las que el exterior tenía tanta importancia como los propios edificios.
Una parte de estos jardines se diseñó durante el siglo XIX, cuando el Romanticismo también empezó a influir en la manera de distribuir las zonas verdes. Frente a los trazados completamente simétricos, fueron ganando espacio los caminos irregulares y los rincones pensados para ofrecer una apariencia más natural. Estanques, cascadas y grutas construidas podían convivir con avenidas arboladas y áreas abiertas, dando lugar a paisajes diferentes dentro de un mismo terreno.
Uno de estos ejemplos se encuentra en la provincia de Tarragona. Entre Cambrils y Montbrió del Camp, en la comarca del Baix Camp, está Parc Samà, un recinto de 14 hectáreas que combina un jardín botánico, una zona de bosque autóctono y espacios relacionados con la antigua colección de animales de sus propietarios. El conjunto está declarado Bien Cultural de Interés Nacional y conserva varios edificios y estructuras que ayudan a conocer su pasado.
Una residencia inspirada en Cuba
Parc Samà comenzó a construirse en 1881 por iniciativa de Salvador Samà i Torrents, marqués de Marianao. Pertenecía a una familia catalana de indianos que había vivido en Cuba y quiso levantar en Catalunya una residencia para pasar los meses de verano. La idea era incorporar algunas referencias de los paisajes que la familia había conocido en la isla, especialmente a través de las plantaciones y de la forma de organizar los jardines.
El diseño se encargó a Josep Fontserè i Mestres, que también fue responsable de la gran cascada del parque de la Ciutadella de Barcelona. En el proyecto contó con la colaboración de Antoni Gaudí. El conjunto se planteó de manera que la vivienda, los elementos decorativos y las zonas exteriores quedaran conectados entre sí, en lugar de limitarse a rodear la casa principal con un jardín independiente.
Durante los primeros trabajos se plantaron largas filas de plátanos, mandarinos, tilos y castaños de Indias. A estas especies se sumaron palmeras, yucas y plantas acuáticas como los nenúfares. La selección permitía combinar árboles habituales en el territorio con otros capaces de dar un aspecto diferente a determinados rincones. Algunos sectores quedaron definidos por alineaciones de ejemplares, mientras que en otros se dejó crecer una masa vegetal más densa.
Esta distribución seguía las características de los jardines románticos de la época. Los caminos no tenían por qué mantener siempre una línea recta y las plantas, el agua y las construcciones se utilizaban para crear distintos ambientes durante el paseo. Aunque algunos rincones buscaban parecer espontáneos, su aspecto respondía a una planificación previa y formaba parte del proyecto general de la finca.
Un lago con puentes, vegetación y animales
Uno de los puntos más destacados de Parc Samà es su lago artificial, rodeado de árboles y otras especies vegetales. En esta parte aparecen también una cascada, pequeñas grutas y varios puentes que comunican distintos puntos. Las cuevas, pese a su aspecto, no son formaciones naturales, sino estructuras levantadas expresamente para integrarse en el diseño y cambiar el paisaje a medida que se avanza por el parque.
El conjunto arquitectónico incluye además un palacete, el Pabellón de los Loros y la Torre del Ángulo. Son edificios con funciones diferentes que muestran cómo se repartían los usos dentro de la finca y cómo las construcciones destinadas al ocio convivían con la residencia familiar. Todas ellas aparecen integradas en el paseo y forman parte de la imagen que todavía conserva el lugar.
La vegetación ocupa buena parte de las 14 hectáreas. Hay más de 800 palmeras, además de robles, cedros y pinos repartidos por distintos sectores. Esta variedad hace que el aspecto cambie durante la visita: algunas zonas mantienen las hileras de árboles plantadas desde finales del siglo XIX, mientras que otras presentan una masa más cerrada y cercana a la de un bosque. En el lago también pueden verse patos y tortugas.
Los animales forman parte de la historia de Parc Samà desde hace décadas. Después de las primeras plantaciones, el marqués creó un zoológico privado y preparó jaulas y otros recintos para albergar diferentes ejemplares. Ese pasado todavía puede reconocerse hoy, cuando es posible ver gamos, pavos reales, guacamayos, faisanes y otras especies. La presencia de fauna se ha mantenido, aunque el lugar ya no funciona como aquel zoológico original.
Parc Samà nació como un espacio privado, pero actualmente puede recorrerse como parte del patrimonio de Cambrils. La visita permite conocer cómo se combinaban en una misma finca la residencia familiar, los jardines, las construcciones de recreo y los espacios destinados a los animales, además de acercarse a una parte de la historia local que va más allá del turismo de playa de la Costa Daurada.