Las pequeñas calas escondidas en un acantilado de Granada para disfrutar de un día tranquilo de playa

Los acantilados de Albuñol, en la Costa Tropical granadina, guardan entre sus paredes secretos que no todos conocen. A escasos metros de la carretera, la arena oscura y el Mediterráneo tropical crean entornos de desconexión y relajación: la Playa del Ruso y La Playilla. Ambas están custodiadas por paredes de roca y se caracterizan por su serenidad y su acceso caprichoso. La primera, marcada para siempre por la historia de un desertor soviético que encontró en ella su hogar. La segunda, un rincón íntimo y no muy conocido.

La Cala del Ruso

Aquí lo único que suena es el agua contra la roca. Pequeños manantiales se escurren sobre la superficie pedregosa de los impresionantes acantilados hasta encontrarse con el mar al llegar abajo. Durante su recorrido, el agua dulce libra una batalla constante contra el salitre mediterráneo, que también lucha por impregnarse en las formaciones calizas que custodian la Playa del Ruso. No hay sombrillas de colores, ni chiringuitos, ni el runrún de la música de fondo que persigue al bañista de costa en costa. Solo la inmensidad quieta del Mediterráneo.

Y no es difícil entender por qué el ruso eligió este enclave como hogar: aguas cristalinas y arena oscura en un entorno casi virgen, resguardado por enormes paredes a sus espaldas, que dotan a esta playa de una atmósfera sobrecogedora. Mide unos 200 metros de largo y unos 24 de ancho —dependiendo de las mareas—. Está ubicada en el municipio de Albuñol, en la Costa Tropical granadina, a escasos kilómetros de La Rábita.

Llegar a la Playa del Ruso requiere esfuerzo, y precisamente eso es lo que la mantiene a salvo de la masificación. El acceso a pie se realiza desde la carretera de acceso a La Rábita, en la zona alta, junto a un chalet, siguiendo un sendero accidentado que no es para cualquiera. La alternativa a la caminata es acceder directamente desde el mar, a bordo de alguna embarcación. Se encuentra a unos 800 metros de navegación al oeste de la playa de La Rábita. En cualquier caso, la playa no cuenta con aparcamiento para coches, por lo que habrá que buscar plaza en los alrededores.

Sus aguas transparentes y tropicales son ideales para observar la vida submarina. El fondo está repleto de formaciones rocosas que, combinadas con las aguas cálidas del Mediterráneo, convierten esta playa tranquila y poco frecuentada en un recinto natural ideal para una enorme cantidad de especies acuáticas. Quienes practiquen esnórquel podrán divisar con facilidad diferentes bancos de peces, pulpos y rica flora marina de la Costa Tropical. En este sentido, se recomienda preparar gafas y tubo antes de visitar la playa, ya que, por su propio carácter virgen, no cuenta con ningún establecimiento de alquiler en la zona.

La Playilla

El descenso lo anuncia todo. Desde el sendero, incluso antes de llegar a la arena oscura, el Mediterráneo ya brilla azulísimo entre los acantilados. El salitre llega primero, con la brisa fresca que ayuda a soportar el ardor sureño que abraza durante el camino; luego, el sonido, amortiguado por las paredes de roca que ciñen la cala por los flancos. Al llegar a la arena, la sensación es de estar en un lugar borrado de los mapas: La Playilla.

A unos pocos metros de El Ruso está la conocida como La Playilla. Y, si su vecina ya es un lugar aislado y cuyo carácter destaca por la calma, La Playilla lo lleva a otra dimensión. La clave de su poca concurrencia radica en que el camino que la descubre no está bien señalizado. Es un tramo sin mayores dificultades, pero que recompensa a quien lo encuentra con una playa prácticamente virgen.

La playa mide unos 300 metros de largo y su anchura varía según el tramo, aunque ronda entre los 15 y los 25 metros. También está completamente rodeada de grandes acantilados y cuenta con cuevas naturales cavadas sobre la propia roca. La arena que la forma es oscura, casi negra, fruto de la erosión de los propios muros rocosos que la flanquean. Es un enclave sin ningún tipo de servicio. A lo natural.

Visitar estas dos calas implica descubrir algo que la Costa Tropical lleva desde siempre intentando conservar sin demasiado éxito: el silencio. Aquí, quienes llegan se integran y forman parte de la quietud del paisaje. El silencio no es literal —el mar nunca calla del todo—; es más bien una cuestión del entorno, de la ausencia de ruido. Ninguna de estas dos calas cuenta con hamacas de alquiler o banderas de colores. Tienen lo mismo que tenían cuando las encontró el músico y militar ruso: agua, rocas y arenas negras.