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Anécdotas biográficas de D. Benito Pérez Galdós

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Se ha cumplido el 173 aniversarios del nacimiento de D. Benito Pérez Galdós, genio de la escritura y la magia novelada, venido al mundo para enriquecer las letras hispanas el 10 de mayo de 1843, en una solariega vivienda canaria de la calle Cano, 6, de la capital grancanaria, donde fuera arrullado en su cuna por los arrorrós de las rompientes de las olas del Atlántico. Orillas de la marea que rompían, en aquel entonces, a unos cientos de metros de su casa natal (hoy su Museo). Como cada año, en este humilde recuerdo al talentoso escritor y dramaturgo, quisiera agradecerle su inestimable e impagada aportación a la creación literaria en lengua castellana.

Simplemente como devoto lector de sus novelas, que han sido un aprendizaje indirecto de humanidad, cultura y libre pensamiento, que todavía, a pesar de los cientos de años transcurridos desde sus creaciones, aún mantienen su vigor y actualidad en los repetidos hechos sociales. Y han sido, por sus conceptos temáticos, estilo renovado, engranaje técnico y argumental de las obras, el artífice de los cambios producidos en la novela contemporánea española desde finales el siglo XIX. Y el escritor más encumbrado de esa centuria en lengua castellana de ese tiempo.

Practicó el maestro canario, el arte de la escritura bajo su lema Ars Natura Veritas. Ex libris que hizo realidad durante toda su vida y en honestidad consigo mismo. La vocación que sintió por la escritura creativa, llevada a la novela por su fecunda fantasía y hechos reales transformados, inspirados o inventados para la argumentación de las obras teatrales o novelas de lectura. Esta aptitud y talento para la novela la hizo místicamente vocacional en su entrega vital, apartando de él desde su juvenil edad, toda labor o futura profesión que no estuviera orientada por su pasión para la creación literaria. Como tal, lo fue la carrera de Derecho, estudios por el que fue a Madrid en el año 1862, a aprender los cánones de legislación, por consejo —o exigencia— paternal, para afrontar su devenir profesional en la vieja ciudad natal de Las Palmas de Gran Canaria.

En aquel viejo Madrid, que conoció en el comienzo de la década enumerada, encontró una gran mina de temas y asuntos inspirativos para sus obras noveladas. La gran ciudad madrileña sería el bastión para las diversas tramas de sus novelas. Allí tuvo lugar su primitivo plectro para la argumentación de la obra La Fontana de Oro. Primera novela publicada en el año 1870, por el joven isleño veinteañero, que con el apoyo económico de sus familiares, pudo editarla. Particularmente creo, que ésta es una aventura genial, máxime cuando el joven estudiante de la Universidad Central madrileña (que apenas asistía a las clases de Derecho, excepto a algunas asignaturas, como Filosofía), pudiera escribir esta obra de gran pericia y colmada de fantasías, facundia narrativa y con el asombro para los lectores, del uso de cultos términos e impropios de su joven edad y formación en las letras, aún escasa.

Anteriormente, las dotes para la magia literaria tuvo su primeriza musa en las supuestas conversaciones que se publicaban en el rotativo El Ómnibus de la ciudad de Las Palmas: Mí criado Bartolo y yo, presuntas conversaciones escritas, cuando aún era un estudiante de bachiller, con tan solo unos dieciocho años. En Madrid le siguió su obra cumbre, como lo fue los Episodios Nacionales, comenzados cuando tenía treinta años, siendo el primer número Trafalgar, inspirada en los hechos de la histórica batalla de Trafalgar contra la flota inglesa, comandada por el almirante Nelson, en la que hace un dispendio de conocimientos náuticos sorprendentes (saberes de los que se jactaba por su apego a la mar). Serie que aún no ha tenido igualación ni superación literaria. Y ha sido el gran libro de historia (novelada) donde tantas generaciones han aprendido determinados aconteceres de la historia de España.

El talento de los genios tiene estos exclusivos privilegios. Y Galdós era un genio de la literatura. Y como tal genio, colmado de bondades, fue un quijote para las masas, enmendando entuertos durante el siglo XIX y principios del XX, sedientas de justicia en su lucha contra la tiranía y el caciquismo imperante, la incultura absoluta en gran parte del vulgo y el fanatismo religioso dominante. Hechos fue fueron denunciados en sus temas y personajes, por los cuales tuvo enemigos irreconciliables que jamás le perdonaron la acusación indirecta en sus novelas, de todo y más, de lo expuesto. Estas fueron sus combativas razones y delaciones en su literatura, y tuvo la triste incomprensión de los genios, al ser combatido, censurado y a exagerársele los defectos. La escritura de novelas y teatro fueron su paladín quijotesco, mediante un lenguaje henchido de admirable retórica para la fantasía y la capacidad prodigiosa que tuvo para describir, con toda enjundia los detalles e invenciones, los espacios, hechos, personajes, lugares y tramas, teniendo como trasfondo la sociedad de la época en sus novelas.

Y también fue un talentoso para la plástica, lo cual afirmo con toda rotundidad. Estuvo dotado el genio galdosiano en su mente privilegiada, de dos talentos. Y ambos, los puso en práctica durante toda su existencia: el primero para la escritura; y el otro, para el arte de la plástica. No hay que olvidar que Galdós fue primeramente artista plástico, en sus adolescentes años de bachiller, cuando aún estudiaba en el colegio de San Agustín, en Vegueta, poseía el don para plasmar en dibujo y pintura los paisajes de la zona, copias de estampas o meramente recreados por su imaginación. Consiguió algunos premios a su arte autodidacta —como lo fue igualmente la literatura—, en la Exposición Provincial de Bellas Artes de Las Palmas en el año 1862 tuvo ‘mención honorífica’ por su obra Boceto sobre un asunto de la historia de Gran Canaria, en la que dibuja un compendio de personajes de la conquista y rendición de la isla. Y también fueron galardonadas La Magdalena y Una Alquería. Asimismo, en su socarrón humor isleño, desarrolló una serie de dibujos de fantasías caricaturescas, de las cuales se conservan gran cantidad de ellas en los pequeños álbumes donde las dibujó y en infinidad hojas sueltas.

Después de haberse avecindado en la ciudad madrileña, primero como estudiante y luego como escritor (también vivió en Santander), hizo solo tres viajes a Gran Canaria. Los viajes por mar le eran muy dañinos para su físico por los fuertes mareos que sufría. Esa fue una de las razones por las que no viajara con más frecuencia a Las Palmas. En el último regreso, en el año 1894, quiso reencontrarse con los antiguos amigos de la infancia y juventud, rememorar y saborear los viejos rincones de la ciudad en la que despertó a la vida y tuvo sus primeros raciocinios. Narra el escritor y paisano, Miguel Sarmiento, que ante el prestigiado personaje, que era muy conocido y seguido en su tierra, algunos de sus antiguos amigos se retrajeron en su trato o cortés saludo. Sólo hubo uno, el maestro Joaquín Gutiérrez, quien además, de su elocuencia de poeta popular, era latonero, carpintero y discutidor incansable; sobre todo, cuando tenía ‘dos copas’. “Muchos de sus compañeros de la niñez se habían ido a las “Plataneras” (el cementerio). En él encontró el novelista una compañía fiel y una admiración que rayó en idolatría”. Escribía Sarmiento, Profería el locuaz poeta, que la dicha escritural de Galdós y sus méritos poéticos, estriban en que el genio de la escritura se había educado en Madrid; y él, por vivir en Las Palmas, no tenía quien le editara sus poemas, y se había quedado sólo como poeta local (¿…?)

En los últimos años de su vida, la decrepitud del maestro y la ceguera que la iba acuciando cada vez más desde 1911, se sumaron para que entrara en una penuria económica que padeció hasta su óbito. Dependía Galdós del trabajo y de la venta de sus novelas, y en aquella época, los controles de derechos de autor no existían, por lo que sus ganancias se producían con la venta inmediata de las tiradas de ejemplares. La ceguera de sus ojos tampoco le ayudaba en su trabajo diario para la escritura. Tal fue su imposibilidad, que tuvo que dictar sus novelas a un escribano. Galdós se lamenta de ella en un texto suyo, en el que confiesa su privación visual, por tan irreversible infortunio para un escritor, por ser la vista tan vital para plasmar sus pensamientos: “Vivo como si Gutenberg no hubiera existido para mí; los museos aún pueden dar algún placer para mis ojos; las bibliotecas han vuelto al caos de donde las sacó la humana sabiduría. Pues bien; en esta situación me acojo al elemento gráfico y en él busco mi consuelo, mi enseñanza y mi única relación con el mundo exterior”.

Ante la vil miseria del genio, en la última etapa de su existencia, se hacen donaciones desde toda España, para contribuir a que tuviera una vida sin penurias. El ayuntamiento de su ciudad natal, siendo alcalde d. Bernardino Valle, acuerda concederle 10.000 pta. Dinero que jamás lo hizo efectivo, para que su hijo más célebre y afamado mundial, no pasara penalidades, y con quien debía estar en deuda infinita. Se lamenta el escritor amigo y secretario del maestro, el grancanario Rafael Mesa y López, de esa ignominia: “¡¡¡De todas las ciudades de España que suscribieron a favor de Galdós, la única que no ha librado el importe de su suscripción es la de Las Palmas, su ciudad natal!!!”.

PD. De seguro, que el epíteto genio no le hubiera agradado al maestro Galdós, por su conocida humildad y modestia, siempre demostrada.

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