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Objetivo: reducir la prostitución

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Reducir o estrechar -erradicarlo se antoja materia imposible- el mercado de la prostitución. Ese es el objetivo. Francia se suma a la pugna con una ley que, básicamente, suprime la penalización de aquellas mujeres ejercientes que ofrecen sus servicios y sanciona hasta con mil quinientos euros -cantidad que se incrementa considerablemente en caso de reincidencia- al que compra un acto sexual.

La alternativa francesa parece orientarse en la dirección más adecuada. Es curioso: estas medidas nos refrescan el problema experimentado hace unos años, cuando ocupábamos la alcaldía del Puerto de la Cruz. Nunca supimos el origen de la aparición de unas ciudadanas de distintas nacionalidades africanas que, en horario nocturno, comerciaban con su cuerpo en la zona de Martiánez, más concretamente en el paseo Aguilar y Quesada, popular Las palmeras. Lo que parecía un hecho aislado terminó siendo un fenómeno preocupante: los medios trataron el asunto y hasta alguna insólita utilización política se hizo del mismo. Los gerentes de hoteles y algunos agentes sociales protestaron: el Puerto no se ha caracterizado, históricamente, por acoger núcleos de prostitución callejera. Por supuesto, no nos cruzamos de brazos: partiendo de que en España no era delito, se trataba de encontrar alguna salida para acabar con una estampa que no gustaba, independientemente del problema que en sí mismo era para las mujeres que se dedicaban a estos menesteres.

Miren por dónde, la solución vino por adoptar medidas similares a las que ahora Francia pone en marcha, especialmente en el ámbito sancionador. Fue la policía local la que, convenientemente preparada y ubicada, inició expedientes de infracción al Código de la Circulación. Las notificaciones de sanción por aparcamiento indebido o interrupción del tránsito rodado empezaron a ser recibidas en sus domicilios por los presuntos infractores. Se corrió la voz, llegaron a detectar a las patrullas policiales y los clientes dejaron de frecuentar la zona. Las prostitutas comprobaban noche tras noche que no había mercado y acabaron abandonando. Unos meses después se había evaporado el fenómeno.

La ley francesa pretende ser estricta y facilitar alternativas, como por ejemplo conceder autorizaciones de estancia, junto a ayudas económicas, para las personas -especialmente extranjeras- que acepten dejar la actividad.

Solo el tiempo dirá si la aplicación de la norma es eficaz y se mitiga la prostitución. Abolirla o regularla: esta ha sido la gran disyuntiva durante décadas. Teniendo en cuenta las características de las necesidades sociales, pero, sobre todo, de un negocio que ha seguido creciendo y creciendo sustanciado en la trata de seres humanos, no será sencillo pero se acaban los excesos de tolerancia  Al menos, los franceses han dado un paso importante que seguro no liquida el comercio sexual pero sí contribuye a reducirlo.

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