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Se busca: 3.000 euros de recompensa

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Soria, que se vistió con el traje de Harpo Marx, trocó su habitual locuacidad y desparpajo por la mudez, la altanería por la discreción. Si en el palacio de justicia hubiese habido puertas de atrás, la habría escogido para desaparecer del mapa y reaparecer, qué sé yo, en Salzburgo u Oslo, por poner dos ejemplos al azar.

El señor salmón y su salmonete Manuel Fernández, juntos hasta el fin del mundo, comparecieron ante la magistrada y el fiscal para asegurar que ellos son unos caballeros de alta alcurnia que jamás se dejan invitar por nadie, y menos por un empresario noruego, qué se han creído. Ni tan siquiera a una caña con anchoas en el bar de la esquina, faltaría más.

No sólo eso. Habrá que hacer una colecta para pagar a Soria los más de 3.000 euros que dice que le costó su periplo agosteño en Austria y Noruega. Daba pena verlo en los tribunales penando por sus cuitas estivales. Otro viaje así y se arruina el pobrecito.

Tan indecente es gastarse más de medio kilo en unos días de asueto (y eso que viajó gratis total a Europa central y del norte) como aceptar la invitación de un empresario interesado en que la institución que presidía el pollo le aprobase unas camillas de nada. La política y los negocios crean extraños compañeros de cama. Ya lo decía Fraga.

¡3.000 euros! Y nosotros con estos pelos. Con la crisis actual no se habría gastado tanto dinero porque ya Paulino le congeló el sueldo al pobre, aunque con lo que él gana al mes tirarían holgadamente varias familias durante un año entero.

Soria no acepta regalos ni dádivas, pero sí que lo invite a su jet privado un empresario interesado. Perdón por la redundancia.

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