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La cultura de las ayudas

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La situación –que ciertamente escapa ya a nuestra capacidad de reacción interna- debiera servir como motivo de reflexión a nuestros políticos y empresarios. ¿Qué hemos hecho tan rematadamente mal? Si somos más vulnerables que nadie, quizás debiéramos ser también más previsores y estar más preparados que en otros lugares del mundo para enfrentarnos a estas emergencias (una crisis de estas características es equiparable, en cierto modo, a un desastre natural). En fin y permítanme que insista como un pelmazo: hemos perdido demasiadas décadas y es preciso que no perdamos ni un día más en plantearnos un cambio de modelo económico, aunque sea alternativo. Hay que ir preparándolo urgentemente. Lo sorprendente y hasta indignante es que al consejero económico del Gobierno canario, José Manuel Soria, sólo se le ocurra echar mano del victimismo ultraperíferico y rogar a Bruselas que nos ayude ante ese aumento de los precios. Que diga textualmente, que “a Canarias no le basta con el REA para hacer frente al incremento de las materias primas”, es un insulto a la inteligencia de los isleños y un desafío a la paciencia de la UE. Todos sabemos que los dineros del REA jamás repercutieron en la economía de las familias del Archipiélago (en las instancias comunitarias ya se sabe también) y que, si la Unión se ablandase ante los lloros del Ejecutivo autónomo y diese más pasta con el objetivo que se esgrime, los millones que fueren quedarían en bolsillos privados, importadores y empresariales. No paliarían en absoluto el alza del IPC que se avecina. Lo peor de la cultura de las ayudas es que no resuelve los problemas de la población, aunque ayuda, eso sí, a enriquecer extraordinariamente a los mismos de siempre.

José H. Chela

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