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Los jardines de palacio

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De lo que sí que tenía noticias es de la somanta de palos que les han dado a los activictas canarios en el continente vecino. A una de las manifestantes le han dejado la cara como a un Cristo, la pobre. Qué les gusta majar a las mujeres en el reino de las alfombras voladoras. Salvando las distancias, el problema llega a parecerse a lo que les ocurrió a las agentes de policía del puesto fronterizo de Melilla. Eso de que unas tetas te ordenen cualquier cosa e, incluso, te protesten, está muy mal visto en los jardines del palacio de Mohamed VI. Allí o te callas o te callas, y si no a callar. Ahora, cuando les dan a ellos, bien que se montan los conflictos diplomáticos. El problema es que Melilla no forma parte de los nenúfares reales. Su españolidad es anterior a la creación del reino de Marruecos. A ver si leen un poco más entre oración y oración. Menos mal que acudió Aznar, ese inefable David de Miguel Ángel postmoderno, para darle un toque de distinción a la cosa, ya que cuando fue presidente nunca lo hizo, y nos dejó abandonados a los melillenses a la buena de Dios, de Yahvé, de Alá, y de todo quisqui. No vino ni cuando sufrimos nuestro mayor accidente aéreo, allá por el 97i. Qué tomadura de pelo.

A Moratinos y Rubalcaba, dicen las malas lenguas, les salió la broma de la frontera española por un millón de euros, más o menos. Al Gobierno de España, otro pico la liberación de los dos catalanes de Acción Solidaria (mucho enarbolar banderas catalanas en la rueda de prensa, y al final los cuartos los soltó quien los suelta siempre). A ver lo que nos cuesta ahora que vuelva la paz tras los guantazos de los últimos días (no sé cómo andará la cartera de Paulino). Menos mal que con los recortes a los funcionarios hemos ahorrado algún dinerillo para estos gastos extraordinarios, que si no?

Total. Habrán visto ustedes que no he podido dejar de hablar hoy de mi tierra. Cuando uno parte y llega a otra ciudad, los primeros días está como en dos sitios a la vez. Me verán por aquí de vez en cuando, espero que con asiduidad. Y espero, igualmente, hacerme un hueco en sus mañanas, en su café de mediodía, en sus ratos libres. Sean, pues, bienvenidos a estas palabras. Están ustedes en su casa.

José María García Linares

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