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¡Que vienen los rusos!

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Y no les cuento de cierto barco oceanográfico que lucía, en todo lo alto, dos tremendas bombonas vayan ustedes a saber para qué perversos usos. Las leyendas urbanas aseguran que los franquistas que vivían en Alcaravaneras no abrían las ventanas mientras permaneciera en puerto, no fueran los jodíos comunistas a averiguarles hasta el RH. Todo un homenaje a la tecnología de los rojos. Otra leyenda urbana es la de cierto práctico, franquista de pro, al que tocó conducir hasta el atraque a un pedazo de pesquero con la hoz y el martillo. El hombre, diz, observó que no había en el buque ni rastro de los grandes retratos de Lenin que esperaba; no vio siquiera una maldita consigna revolucionaria en las paredes. -No propaganda –exclamaba una y otra vez, entre sorprendido y desconfiado, mientras comprobaba con disimulo si las redes habían tocado el agua. -No pescado, no propaganda –siguió dale que te pego buscando la prueba definitiva de que era un barco espía; hasta que el capitán, que sabía de qué iba y algo de español aprendido en Cuba, comenzó a palmearse la frente en lo que repetía, requintado: -¡Propaganda aquí, en cabeza! Desaparecida la URSS, dicen que ahora vienen los rusos a echar una mano a la UD Las Palmas. No sé en qué acabará, pero seguro que, de soltar pasta, no lo harán por amor a los colores amarillos. Se trata, cuentan, de la empresa semiestatal Gazprom, un gigante que se mueve en diversos sectores, entre los que figura el energético, miren por donde. La oferta no ha despertado tanto recelo como la flota soviética. Aunque más de cuatro, imagino, desearían que con los rublos trajeran los viejos rigores comunistas y que los entrenadores no sólo sean cesados por maulas sino también enviados a Siberia. Además de mandar a campos de reeducación a los jugadores que no rindan. Podría ser una solución, no digo que no. Bromas aparte, da pena que la sociedad civil grancanaria sea incapaz de sacar adelante e impulsar al equipo hasta el extremo de que los rusos aparezcan como alternativa. No es cuestión sólo futbolera sino de espíritu y moral cívica no menos ausentes en otras vertientes de nuestra vida social. No deja de ser, si quieren, una anécdota; sólo que, al relacionarla con otras anécdotas, arroja un cuadro de impotencia y fracaso de la sociedad isleña cada vez más desvertebrada. Gran Canaria carece de estímulos colectivos, de objetivos de referencia en que reconocerse y padece una crisis de dirigentes políticos, económicos y sociales a los que yo enviaría a Siberia con los entrenadores. No les bastaría con centros de reeducación.

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