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MAD MAX: FURY ROAD

Hay quien dice que Mad Max: Fury Road sólo puede gustar a personas como yo, que crecieron con la imagen del guerrero Max y aún lo miran con cierta nostalgia. Yo respondo ante esa afirmación con la siguiente frase. El mundo en el que vive Max es el “mundo real”, aunque no todos seamos capaces de verlo.

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¡Bienvenidos a la raza humana! Sí, tal cual es, sin tapujos, ni dobles sentidos. Es la hora de la ley del más fuerte, del más salvaje, de aquel que sólo hace caso al dictado de sus instintos. Ahora, cuando uno mira a su alrededor, nada queda de aquel mundo que un día ocuparon los seres humanos. Ahora, aquel esperpento en el que vivimos durante décadas se ha ido por el desagüe y, con él, las vanas y vagas ilusiones que alimentaron lo que un día conocimos como sociedad civilizada.  

¿Y quién dicta las normas en este nuevo mundo? Sátrapas como Immortan Joe, Hugh Keays-Byrne, -el mismo actor que interpretó a Toecutter en el primer Mad Max cinematográfico- rodeado de su ejército de “War Boys”. Un ser capaz de extorsionar a los supervivientes de un mundo devastado controlando el suministro de agua. Joe, una deformidad que sobrevive enchufado a un respirador, se comporta como todos los líderes iluminados que controlan hasta el aire que respiran sus acólitos; es decir, nada escapa a su control y, por añadidura, ejerce de tiránico censor y no menos sanguinario ejecutor. Luego, en la soledad de su guarida blindada, Joe disfruta con todo aquello que, según él, está reservado a una persona de su importancia, incluyendo un harén particular y selecto.

En esto, Immortan Joe se asemeja a los archivistas de la edad media, celosos cancerberos del saber, el conocimiento y la belleza, disciplinas reservadas para unos cuantos degenerados e “iluminados” del mismo pelaje que este esperpento deforme que maneja los designios de este nuevo mundo.  Visto con la perspectiva que dan los años, Joe bien pudiera ser un discípulo aventajado de “Lord Humungus”, el líder sociópata de la segunda aventura cinematográfica de Mad Max -tan teatral, excesivo y demencial como Immortan Joe- interpretado por Kjell Nilsson.

Junto a él, Imperator Furiosa; es decir, Charlize Theron. Fémina dura, expeditiva, casi diríamos que pétrea en el más amplio sentido de la palabra y fiel servidora de su señor, en todo aquello que Joe pudiera necesitar. ¿Su cometido? Buscar combustible entre los restos del holocausto que asoló nuestro mundo, pues éste aún mueve voluntades y alimenta todo tipo de excesos.

¿Quién falta? Max, el guerrero Max, interpretado, esta vez, por Tom Hardy. Capturado nada más empezar esta narración que bien podría haber sucedido tras la primera de las tres películas, décadas atrás, o justo después de su encuentro con el no menos iluminado y desmedido Wez –interpretado por Vernon Wells-, tal cual se vio en la secuencia inicial de Mad Max 2.

En manos de Immortan Joe y sus “Wars Boys”, Max estaba condenado a ser un donante de sangre universal para suplir las carencias de cualquiera de los “engranajes” de la salvaje maquinaria diseñada por el líder para tener controlado su pequeño, pero demente imperio.  En cualquier otro caso, el destino de un hombre capturado por una horda de fanáticos como éstos estaría sellado de por vida, pero con Max quedaba mucho, mucho por contar. Sobre todo cuando la fiel guerrera, el brazo ejecutor de Joe, Furiosa, decide renegar de su puesto y su lealtad para recorrer el camino que antaño recorrería Max.

Pero, ¿quién es Max? Max Rockatansky, el guerrero Max, the Road Warrior, es uno de los arquetipos heroicos, o anti-heroicos -según se quiera ver- surgidos a finales de la década de los años setenta del pasado siglo XX, que bebe de las teorías del antropólogo e historiador Joseph Campbell, luego tamizadas y filtradas por el guionista y director George Miller.  

Max era un hombre de familia felizmente casado con Jesse –interpretada por Joanne Samuel-, fruto de cuya unión nació Sprog. Su trabajo –oficial de policía, a  los mandos de un interceptor del MFP (Main Force Patrol)- colmaba todas sus aspiraciones. 

Su dedicación, su apego por su trabajo y sus principios terminarán por pasarle una factura que, en realidad, pagará su familia. Poco importa que sean los miembros de la banda de “Toecutter” o los seguidores de un demente como Immortan Joe quienes causen la muerte de sus seres queridos. El resultado será el mismo y el cambio de actitud ante la vida llevará a Max a asumir una ambigüedad moral tan dañina, como peligrosa para quienes le rodean.

La línea entre el bien y el mal, tal y como describe Joseph Campbell en sus teorías, va desapareciendo y Max llegará a igualar o, incluso a superar, a la bestia más depravada de la humanidad. Con el paso del tiempo, Max termina por ser la sombra de lo que fue y sólo encontrará un suerte de redención momentánea cuando acepte conducir el tanque de combustible que defienden los supervivientes que aparecen en la segunda entrega de su trilogía cinematográfica.

En todo este proceso no me quiero olvidar del personaje Jim Goose –interpretado por Steve Bisley- , el mejor amigo del protagonista en la primera entrega cinematográfica. Goose será la penúltima gota que colme el vaso de Max, dado que su muerte abrirá la puerta a las más grotescas pesadillas que los seres humanos llevamos dentro y que la sociedad pugna por no dejar salir. Sin la figura de Goose a su lado, y con la pérdida de confianza que, hasta ese momento, había depositado en su jefe, Fifi, -interpretado por Roger Ward- Max dará rienda suelta a toda su rabia y sed de venganza. Sus actos no son lo que la sociedad se imagina como “actos heroicos”, en el sentido clásico de la palabra, pero responden a un nuevo modelo, inmerso en un nuevo modelo de civilización.

Max pasará a ser un personaje movido por unos principios que se sustentan en la supervivencia más primigenia y no en el bien común. Si, luego, las personas que hay a su alrededor se benefician, pues genial, pero ya está. Tal y como dice Max cuando regresa al asentamiento donde está el pozo de petróleo con el camión que ayudará a llevarse el remolque cisterna, “Believe me, I haven´t got a choice”. Dicho de otro modo, según su manera de pensar, el fin último que persigue sí justifica los medios, por muy drásticos que éstos puedan llegar a ser y sin importar quien caiga por el camino. Para Max, no estaba en su hoja de ruta ayudar a nadie, pero él necesita combustible y el grupo de supervivientes, alguien que los saque de aquel agujero. Así de simple y así de claro.

Así mismo, el personaje recorre un camino que lo lleva hasta otra de las personalidades descritas por Joseph Campbell en su libro The Hero with a thousand faces. Ésta es el guerrero. Según Campbell, El guerrero es otro arquetipo psicológico. El guerrero es la representación de una pauta de conducta que favorece la confrontación física para conseguir sus objetivos. El guerrero puede utilizar sus dotes físicas de una forma positiva para ayudar a los demás y a la sociedad en pleno.

A medida que pasa el tiempo, sin ser demasiado consciente de ello, Max se transforma en un guerrero, dejando atrás la mentalidad de superviviente y/ o presa, según las circunstancias, para convertirse en un ser totalmente nuevo, en un depredador, e incluso un conquistador. El mundo en el que vive ya no es un territorio hostil, sino un escenario para dar rienda suelta a sus nuevos principios. En apariencia, aquel ser que aparece en la primera secuencia de Max Mad Fury Road parece desorientado, pero, a medida que pasan los minutos, vemos que Max es, en el más amplio sentido de la palabra, un guerrero capaz de sobrevivir ante cualquier eventualidad.

Cierto es que Max aún posee un monólogo interior que le recuerda quien fue, al igual que le sucede al personaje de Marlov en la novela de Joseph Conrad En el corazón de las tinieblas, texto de obligada referencia cuando se habla del camino que recorren los hombres hasta enfrentarse con su propia realidad. Si me permiten una pequeña licencia les dejo con algunas de las frases utilizadas por la escritora Araceli García Ríos, responsable del prólogo y de las notas de la edición española de la novela de Joseph Conrad –publicada por Alianza Editorial. Estas frases han sido retocadas para adecuarlas al tema que nos ocupa. Max es aun consciente de su parentesco remoto con el salvajismo de aquella tierra primigenia, y trata de no sucumbir. Él representa el peso de la tradición, por muy destruida que esté y los lazos sociales, en mundo que tiempo atrás los olvidó.

Immortan Joe es diferente, carece del autocontrol de Max y su corazón está hueco. El encuentro a solas con la naturaleza devastada, en su estado primitivo, la ausencia de presiones sociales y de reglas establecidas, acaban por dominar a este hombre que no tiene en su interior la capacidad de dominar sus propios instintos sino, más bien, todo lo contrario.

Immortan Joe, como el Kurtz literario, simboliza la fusión de las tinieblas de aquel páramo con la oscuridad interior del ser humano. Max acepta que el mundo en el que vive ya no es igual que donde vivió antaño, pero se resiste a convertirse en un ser como Joe,  “Toecutter”  o “Lord Humungus”. Joe, como Kurtz, decidieron rendirse ante la belleza malsana de las tinieblas humanas.

En medio de ambos antagonistas se encuentra Furiosa, Imperator Furiosa, superviviente nata, arrancada de su mundo y sometida a los caprichos de Joe y su cohorte de deformidades. Furiosa es, por derecho propio, la verdadera heroína, la nueva guerrera del siglo XXI. Además es capaz de asumir el papel de madre, en un mundo carente de cualquier sentimiento que no sea el de la supervivencia.

Furiosa se rebela contra la tiranía de Joe no por el calvario que ha sufrido desde que fuera secuestrada, torturada y mutilada. No, Furiosa se rebela, porque no quiere que otras mujeres sufran lo mismo que ella y, mucho menos, en manos de un demente como el líder de todo aquel esperpento.

Furiosa recorre el mismo camino que la teniente Ellen Louise Ripley –interpretada por Sigourney Weaver- , quien asume el papel de madre una vez se encuentra con Newt –Carrie Henn-, la única superviviente del grupo de colonos asentados en el planeta LV-426, nido de los alienígenas que asolaron la nave Nostromo; es decir, el carguero que aparece en la primera película de la saga. Ripley, llegado el momento, se enfrentará con la reina Alien para defender a su cría, al igual que ésta lo hace para defender a su progenie. Atrás quedan las dudas y los miedos y sólo hay espacio para la lucha y para ser más despiadada, fuerte y sanguinaria que su antagonista.

Furiosa es igual. Conoce el precio de su osadía, pero no duda en llevarse a las integrantes del harén de Joe, una suerte de “vientres de alquiler” forzados, para colmar los sueños de procreación del líder.

Al principio, al igual que ocurriera con las amazonas de la antigüedad clásica, Furiosa recela de Max, como lo hace de cualquier otro varón. No obstante, el pétreo guerrero dejará bien claro que tampoco siente ningún aprecio por Joe y, mientras les dejen, lucharán por evitar que ninguna de las prófugas vuelvan a caer en manos del demente líder.

En el camino, frenético, salvaje, primigenio y visceral, Max dejará un reguero de cadáveres, pero irá recuperando parte de la humanidad perdida, aunque sólo sea durante algunos instantes. Ni está dispuesto a mirar atrás, ni sentir pena por nadie. Quien no sabe cómo sobrevivir no tiene salvación y no es él quien ha creado las reglas, sino la misma naturaleza. Sólo sobreviven los mejores, quienes mejor se adaptan y están más capacitados para ellos. El resto muere en medio del páramo, solo y sin nadie que le ayude.

Éste es el mundo de Mad Max. Lo era en 1979, cuando lo vimos por primera vez interpretado por Mel Gibson, y lo es hoy, en el año 2015. Las reglas no han cambiado, el color del desierto, el ruido de los vehículos, el olor a gasolina y el sabor de la sangre, tampoco.

Las reglas son las que son. El mundo pertenece a los supervivientes, a los locos y a personas como Mad y Furiosa, simbiosis de lo viejo, lo nuevo y lo que vendrá. Hay quien dice que Mad Max: Fury Road sólo puede gustar a personas como yo, que crecieron con la imagen del guerrero Max y aún lo miran con cierta nostalgia. Yo respondo ante esa afirmación con la siguiente frase. El mundo en el que vive Max es el “mundo real”, aunque no todos seamos capaces de verlo. Todavía llevamos una vida aparentemente normal y placentera, pero, un día, nos levantaremos y sátrapas como Immortan Joe buscarán la forma de controlarnos la vida sin ser tan políticamente correctos como ahora mismo.

¿Acaso no me creen? Vayan a ver la película, disfruten de ella, olviden los tópicos al uso, y utilicen su capacidad de análisis para ver qué se esconde tras el trabajo de George Miller, verdadero artífice y teórico del concepto de héroe para el siglo XXI.

© Warner Bros. Entertainment Inc. 2015

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