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Los contornos de una isla imaginaria: la mítica San Borondón

Manuel Poggio y Luis Regueira han llevado a cabo un estudio sobre la cartografía que se ha realizado sobre este misterioso territorio a lo largo de la historia, representado en decenas de mapas, incluido uno de Torriani.

Esta ínsula, sostienen los investigadores, “conforma uno de los paisajes más cautivadores de nuestra historia y de nuestra geografía” y "ha penetrado en el universo cultural de los isleños, que encuentran en la escurridiza roca una seña común de identidad".

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En la imagen, mapa que realizó Leonardo Torriani sobre San Borondón en 1592.

En la imagen, mapa que realizó Leonardo Torriani sobre San Borondón en 1592.

Es una isla mítica, imaginaria, que aparece y desaparece, que “viene y va”, pero a la que a lo largo de la historia se le ha puesto contorno y se le ha situado en los mapas. Los investigadores Manuel Poggio Capote y Luis Regueira Benítez han realizado un estudio sobre la cartografía de San Borondón que han dado a conocer este lunes, en la Casa Salazar de Santa Cruz de La Palma, en el marco de las IV Jornadas Culturales sobre la victoria de Francis Drake.

Regueira y Poggio, autores del libro ‘La isla perdida. Memorias de San Borondón desde La Palma’, han explicado a LA PALMA AHORA que “la existencia en Canarias del mito de San Borondón se sustenta en tres pilares básicos”. Por un lado, “las leyendas de la Antigüedad clásica que hablaban de la existencia de las Islas Afortunadas. En tiempos de los romanos estas islas se identificaban con Canarias, y es significativo que los primeros geógrafos, como Claudio Ptolomeo en el siglo II d.C, incluyera en ese archipiélago una isla llamada Aprositus, que literalmente significa ‘inaccesible’. Por otro, “la aparición periódica de un efecto óptico atmosférico que hace que, en determinadas circunstancias meteorológicas, los habitantes de Canarias vean en distintos puntos del horizonte algo que pueden identificar como una ínsula más. En la época de los descubrimientos geográficos esta aparición se consideraba un indicio de que quedaban tierras por descubrir en el Atlántico”. El tercer pilar del mito es “la historia del monje irlandés Brendan de Clonfert, san Brandano, que vivió entre los siglos V y VI. Este santo es conocido sobre todo por unos manuscritos datados en los siglos IX y X que dan cuenta de la ‘ Navigatio Sancti Brandani’, un periplo atlántico que el monje realizó en compañía de otros clérigos y que le llevó a una serie de escalas fabulosas, entre las que se encuentra un gigantesco pez que confundieron con tierra firme y en cuyo lomo celebraron una misa de Pascua”, relatan Poggio y Regueira, y subrayan que esta es la causa por la que “a san Brandano se representa repetidamente sobre una ballena en las ilustraciones de las edades Media y Moderna. No es descabellado, por lo tanto, relacionar la historia de este santo con la visión de una isla que viene y va”.

En la imagen, mapa de San Borondón según Pedro Agustín del Castillo (1686).

En la imagen, mapa de San Borondón según Pedro Agustín del Castillo (1686).

Aseguran estos investigadores, especialistas en este mito archipielágico, que si se busca a la isla de San Borondón en la cartografía “podemos encontrar decenas de mapas que la representan”. “Los primeros son las reproducciones de los mapas de Ptolomeo, en los que aparece Aprositus en la latitud de las islas Canarias. Pero cuando verdaderamente podemos vincular esta isla a la figura de san Brandano y, por tanto, podemos hablar de San Borondón, es a partir de los mapas del tipo T-O que se generalizaron desde el siglo XI. Estos mapas, como el famoso mapamundi de Ebstorf (1235) y el impresionante trabajo de Richard de Haldingham (1275) insertan un texto en las islas africanas en el que se lee que san Brendan llegó a ellas en su viaje”.

A partir del siglo XIV, prosiguen, “cuando la cartografía evolucionó y aparecieron los llamados portulanos para facilitar la navegación, los mapas comenzaron a mostrar un enjambre de islas en el Atlántico en el que se mezclaban las islas reales con innumerables islas míticas. En estos casos aparecía ya el nombre de san Brendano usado como topónimo, pero en realidad no se refería a una isla concreta, sino a todo el conjunto insular que abarca desde Azores hasta Canarias”. “La fórmula habitual para referirse a este archipiélago era ‘Insullae Fortunatae sancti Brandani” (Islas Afortunadas de san Brandano), e incluía otras islas inexistentes como Brasil, Antilia, Selvagia y otras muchas. Algunas de ellas han sido consideradas indicios precolombinos de la existencia de América, por lo que acabaron dando nombre a las tierras reales que se irían descubriendo en los años siguientes”, precisan.

El primer portulano en el que aparecen las islas Canarias (únicamente Lanzarote, Fuerteventura y Lobos) como islas reales después de su redescubrimiento por Lanzelotto Malocello hacia 1312, afirman, fue “el famoso mapa de Angelino Dulcert de 1339, y en él aparece este gran archipiélago con un rótulo en latín que lo llama Islas de san Brandano o de las Niñas”.

En 1492, destacan, “hubo otro gran adelanto cartográfico con la fabricación del primer globo terráqueo, la famosa ‘manzana de la tierra’ de Martin Behaim. En este globo no aparece América, y en medio del océano que separa Europa y África de Asia se incluye una isla de Sant Brandon con una leyenda que dice que san Brandano desembarcó allí en el año 565. Es la primera vez que San Borondón aparece en un mapa con este nombre y como isla única”.

A partir del mapamundi del pirata turco Piri Reis de 1513, construido con información de otros mapas anteriores entre los que había uno de Cristóbal Colón, “San Borondón se desplaza hacia el norte en los mapas. Este mapa turco la coloca cerca de Terranova, que será una de las posiciones más frecuentes en los mapas posteriores, pero este caso es particularmente interesante porque incluye una ilustración de un barco de monjes cristiano anclado en la ballena borondoniana y unos personajes cocinando sobre el lomo del animal. Una escena parecida puede verse en el mapa de Escandinavia de Olaus Magnus, de 1539”, detallan. “Desde el final de ese siglo, con la aparición de una industria del mapa impreso en Europa inaugurada por Abraham Ortelius en 1570, no es raro encontrar San Borondón cerca de Terranova o frente a las costas de Irlanda”, señalan.

En la imagen, mapa realizado por Gautier D'Agoty en 1756 en el que se sitúa San Borondón.

En la imagen, mapa de San Borondón realizado por Gautier D'Agoty en 1756.

Poggio y Regueira recuerdan que “en esos mares del norte permanecerá la isla errante para los cartógrafos europeos, pero en nuestro archipiélago seguían considerando que San Borondón es una isla canaria, y era tal el convencimiento de su existencia que acabaron por cartografiarla Leonardo Torriani, Pedro Agustín del Castillo, Dámaso de Quesada y Chávez y otros personajes. De esa forma se avivaba el interés por descubrir de una vez por todas el misterio de esta isla inaccesible, y de hecho fueron muchas las expediciones que se organizaron para descubrirla”. “La fuerza de la San Borondón canaria fue tal que los cartógrafos de Europa acabaron devolviendo la isla a nuestras costas. Así lo hizo en 1653 el geógrafo mayor del rey de Francia, Pierre Duval d’Abbeville, que añadió a su mapa de Canarias una explicación sobre su inexistencia parecida a la que insertó en su mapa de África Guillaume de l’Isle hacia 1745”, resaltan.

Uno de los últimos ejemplos de San Borondón cartografiada “aparece en 1756, curiosamente en un mapa científico, diseñado para una obra de Gautier d’Agoty sobre los terremotos. A partir de entonces es precisamente la ciencia la que descarta la existencia de San Borondón, y por tanto la cartografía deja de prestarle atención. Sin embargo, San Borondón sigue existiendo en Canarias, al menos en forma de isla mítica conformadora de uno de los pasajes más cautivadores de nuestra historia y de nuestra etnografía”, sostienen.

La cartografía de San Borondón ha sido abordada por varios autores. “Uno de los primeros fue Paul Gaffarel, que en un estudio de 1869 hace un primer repaso de los mapas que la incluyen. Más tarde será el profesor y académico Eloy Benito Ruano quien abordará el tema para una comunicación en el Coloquio de Historia Marítima de Las Palmas de Gran Canaria en 1982 y para un estudio que no se llegó a publicar. En 1996, Juan Tous Meliá editó el libro ‘ El plan de las Afortunadas islas de reyno de Canarias y la isla de San Borondón’, en el que recogió tanto una pequeña relación de mapas generales en los que se menciona a San Borondón como, sobre todo, un análisis de las citas de autores insulares y representaciones gráficas de la isla de santo irlandés”. “Pero habría que llegar hasta 2001 y 2005 para que de la mano de un médico y estudioso de San Borondón, Jorge Sörgel de la Rosa, se ejecutaran unos primeros inventarios de la cartografía brendaniana, para lo cual llegó a recorrer numerosas bibliotecas europeas”, exponen.

Por último, Poggio y Regueira también realizaron algunas aportaciones en este campo en el libro ‘ La isla perdida’ que publicaron en 2009 y en el que señalan que “el mito de San Borondón es patrimonio de todo el archipiélago. En no pocas ocasiones esta tierra se ha dejado ver desde las otras atalayas canarias, penetrando también su recuerdo en la etnografía, la literatura, la toponimia y, sobre todo, en el universo cultural de los isleños, que encuentran en la escurridiza roca una seña común de identidad”. “Si San Borondón tiene un significado simbólico, este seguramente estará relacionado con el placer de descubrir lo intangible más allá de lo que la razón nos enseña”, afirman.

 

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