La violencia filio parental y la denuncia que lo cambió todo: “Era la única forma de ayudar a mi hija”
“Mi hija cambió en la adolescencia, sobre los 12, 13 años. Se volvió más irritable, me prohibía entrar en su cuarto”. Hasta entonces, relata esta madre, “era una niña muy dulce e independiente”. Lucía (nombre ficticio) es una de las familias usuarias del servicio de Ejecución de Medidas en Medio Abierto y Reinserción Social de Menores del Gobierno de La Rioja y gestionado por Fundación Pioneros. El programa desarrolla cuatro medidas judiciales en medio abierto: tareas socio educativas, libertad vigilada, prestación en beneficio de la comunidad y reparación extrajudicial.
Víctor García Lorente es el coordinador del programa y desde hace un año lleva trabajando con Lucía y su hija Susana (también nombre ficticio). Esta familia es monomarental, característica no determinante porque el único denominador común de todas ellas es que se han visto obligadas a denunciar a sus hijos e hijas. “No hay un perfil, tenemos familias de clase media, alta y baja. Españoles, migrantes, familias monomarentales, (monoparentales aún no, tampoco familias formadas por dos hombres); familias formadas por un hombre y una mujer. No hay un perfil claro, al contrario, tenemos una gran diversidad, también ideológica porque aunque, evidentemente no preguntamos por la ideología, en las sesiones vemos que hay gente de derechas y de izquierdas”
La primera agresión
Lucía llegó incluso a dejar su trabajo. “Me di cuenta de esos cambios, mi hija se sentía sola y decidí dejar el trabajo, me necesitaba”. Es madre soltera y nunca han vivido con el padre. “Quizás este desapego, el cambio de país, de colegio... tal vez todo esto haya influido”. Y además de percibir estos cambios de conducta, Lucía descubre un día heridas en la muñeca de su hija: “unos rasguños y cortes”. Paralelamente, la situación en el colegio iba empeorando. “Me decía que le molestaban, cada vez estaba más irritable. Antes de entrar en su cuarto debía llamar a la puerta cuando antes nunca lo hacía. Si entraba sin llamar, ella la empujaba y gritaba que me fuera, estaba demasiado violenta”.
En el momento en el que detectó las primeras autolesiones, Lucía pidió ayuda. Acudió a su médico de cabecera y le derivó a los profesionales de psicología aunque la cita llegó siete u ocho meses después de acudir a Atención Primaria. “En este espacio de tiempo las autolesiones aumentaron. Se provocaba cortes muy profundos, algunos incluso requirieron puntos de sutura. Tuvimos que ir tres o cuatro veces a Urgencias. Yo llegaba desgarrada, con dolor, llorando... desesperada porque nunca imaginé que mi hija pudiera atentar de esta manera contra su cuerpo” confiesa esta madre aún emocionada.
Y fue en esa consulta de psicología cuando le diagnosticaron Síndrome del Espectro Autista (TEA) y asperger. “Susana es una niña que no sale, no tiene muchos amigos, venía triste del colegio, no me solía contar nada... Un día entró en casa desencajada y con una mirada de tristeza, dolor, frustración e incluso furia”. Era la hora de comer y su negativa de sentarse a la mesa lo desencadenó todo. “Se fue al baño un momento y aproveché para esconderle el móvil que había dejado encima de la mesa. Eso duplicó, triplicó su furia. Salió del baño y yo insistí en que se sentara a la mesa. Ella me cogió de los pelos y me arrastró. No forcejeé porque la vi desencajada, fuera de sí. Me agarró del otro brazo y trató de darme una patada que conseguí esquivar”. Esa fue la primera y única agresión.
Temblaba no de miedo, sino por verla a ella descontrolada. ¿Qué está pasando en mi hogar? Ella nunca ha visto violencia en casa, al contrario, siempre hemos sido muy cariñosas
Cuando le soltó, esta madre lloraba y temblaba. “No de miedo, sino por verla a ella descontrolada. ¿Qué está pasando en mi hogar? Ella nunca ha visto violencia en casa, al contrario, siempre hemos sido muy cariñosas”. Cuando al final la soltó, su hija se dirigió a la cocina, cogió un cuchillo y se encerró en el baño. “Fui detrás de ella y traté de abrir la puerta del baño porque sentía que mi hija podía autolesionarse o tirarse por la ventana del baño. Estaba en shock, no tenía fuerzas para abrir la puerta del baño porque toda la rabia de mi hija triplicaba su fuerza. Yo me sentía pequeñita y débil, ya me había agredido”.
Lucía llamó al 112 pensando en que solo acudirían profesionales médicos. “Solo quería que la estabilizaran, pero también vino la Policía Nacional”. Susana tenía entonces 14 años, y tras ser atendida por los profesionales médicos, pasó su primera noche en el calabozo. Lucía nunca denunció a su hija, pero el mecanismo se puso en marcha y el caso llegó al Juzgado de Menores: la sentencia, seguimiento vigilado y asistencia a las terapias psicológicas en Fundación Pioneros además de continuar con el tratamiento prescrito con la Seguridad Social. “Con el testimonio del colegio, el fiscal de Menores y el Juez vieron que mi hija no causaba problemas, ni estuvo involucrada en ningún conflicto”, relata Lucía. Además, “los informes médicos reflejaban que era una niña padeciendo un trastorno”.
“Vienen señalados, pero ven que su familia también tiene que cambiar”
Así fue como García se cruzó en el camino de Lucía. Tras entrar por la puerta de Pioneros, Susana comenzó con las terapias. “Para llegar soluciones, siempre dividimos responsabilidades”, explica el coordinador del programa. “El que viene señalado es el menor que es quien ha sido denunciado, judicialmente es el agresor, pero en Pioneros responsabilizamos también a las familias como educadores principales. La familia tiene también responsabilidades, ya se verá de qué manera, pero se les hace responsables”. Algo que valoran los menores. “Al final son ellos los que llegan señalados como los malos, los agresivos, pero ven que su familia también tiene que cambiar algo y no solo ellos”. “Se dividen responsabilidades y áreas de mejora”, apostilla García porque “la maniobra de mejora la tienen todos. No es suficiente con que solo cambie el menor, ni que cambien los progenitores, tienen que cambiar todos. Y así, vamos trabajando con un enfoque constructivista en el que vamos creando de nuevo una nueva relación”. Muchas de las familias que llegan a Pioneros añoran la relación que tenían con su hijo o hija cuando eran niños, “pero eso ya no puede ser, no existe. Sencillamente, porque sus hijos están en otra realidad, con otra madurez. Comenzamos a construir una realidad a partir de un nuevo punto de partida, su hijo o hija adolescente”.
División de responsabilidades y vínculo. Y es que las distintas sesiones con los menores, García y su equipo priorizan la alianza terapéutica. “El vínculo es fundamental para que un adolescente se sincere con un adulto, muestre sus emociones y para ello tiene que confiar. Aquí llegan desconfiando de los principales adultos, sus padres que son quienes le han denunciado, su vínculo está roto. Y aunque algunos vienen con un profesor o entrenador, otros tienen que vincular con nosotros y ver lugar como un sitio seguro en el que pueden hablar, donde se les entiende y no se les señala. Y hacemos todo lo que haga falta para conseguir este vínculo: hablar de rap, trap, tatuajes... hablar de lo que ellos quieran, que vean que tenemos interés en sus cosas, que se sientan valorados”
En el programa de Fundación Pioneros trabajamos para encontrar las pepitas en el fango, que las hay
Y así, sesión tras sesión, en este programa de Pioneros tratan además de “encontrar las pepitas en el fango, que las hay”. Lucía encontró esas pepitas y después de diez meses trabajando con Pioneros ha empezado a comprender a su hija. “Sé que no lo está pasando bien. Antes pensaba que solo era rebeldía, pero la realidad es que lo está pasando mal por dentro”. El paso por Pioneros ha cambiado a Susana: “ya no es violenta” cuenta orgullosa su madre. “Y aunque alguna vez se le escapa algún grito, recapacita y reacciona. Vuelve a ser cariñosa”.
Y aunque su intención nunca fue denunciar a su hija, Lucía reconoce era “la única vía de ayudarla. Las cosas pasan por algo porque si aquel día no hubiera pedido ayuda, ¿qué habría pasado? Lamentablemente, mi hija pasó una noche en el calabozo, un duro episodio del que hemos aprendido juntas”. Los antecedentes, cuenta, “se borrará cuando cumpla la mayoría de edad”.
Y ese es el mensaje que lanza el coordinador del programa. “Si la situación violenta pone en riesgo la seguridad de algún miembro de la familia, lo primero es informarlo, contarlo a un hermano, un psicólogo, entrenador... que no se convierta en un secreto familiar por vergüenza: mi hijo me pega, soy mal padre o es mal hijo...”. Posteriormente, si la situación se vuelve insostenible, García aconseja denunciar. “La denuncia es un momento durísimo, un puñetazo, pero lo que hay detrás de esta denuncia y de este puñetazo es una intervención ajustada y. positiva”. La “mejor solución” insiste este profesional “porque aquí solo trabajamos a partir de una denuncia”.
Y como retos de futuro, García apunta a una reducción en la edad de acceso a los móviles y tecnologías. “Se está empezando a hablar de estas cuestiones y me parece bien porque se está viendo la influencia neuronal, conductual y cognitiva así que el futuro tiene que ir por ahí, no solo su influencia en la violencia filio parental, sino también en otros problemas relacionados con la juventud como los suicidios y la violencia de género entre adolescentes”.
Y además, este psicólogo pone sobre la mesa un debate: reflexionar sobre el modelo educativo. “Sabemos que el modelo autoritario de antaño no funciona, pero el permisivo tampoco. Si a un niño no se le pone límites, hacerlo a los 13 o 14 años resulta realmente complicado. Lo ideal, un término medio que mezcle esa presencia, no autoridad, con esa educación emocional en las familias”.
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