Aumenta la violencia filioparental hacia las madres: “Eres su víctima pero lo que sientes es culpa y fracaso”

Aumenta la violencia filioparental hacia las madres: "Eres su víctima pero lo que sientes es culpa y fracaso"

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Cada año se inician en España más de 4.000 expedientes a jóvenes por violencia filioparental, es decir, de hijos e hijas hacia sus progenitores. Sólo entre el 10 y el 15% de ellos acaban en denuncia. En La Rioja se atendieron 2022 un total de 40 casos, 30 correspondían a violencia de hijos adultos hacia sus padres y diez de niños, niñas o adolescentes menores.

El aumento de este tipo de violencia no puede atribuirse a un sólo factor, tal como demuestra un estudio sobre los 'Factores de riesgo en la victimización de madres víctimas de violencia filioparental' elaborado por un grupo de investigadores de UNIR con una muestra de 180 madres, de las cuales 54 habían notificado haber sufrido algún tipo de violencia por parte de sus hijos o hijas, siendo el resto consideradas como grupo de control. “El primer muro con el que nos encontramos es la falta de conocimiento”, explica Agustina Vinagre, coordinadora del máster en Victimología y Criminología Aplicada e investigadora de UNIR, “el hecho de que tu hijo o hija te agreda se siente como un fracaso por los propios padres, sienten vergüenza por ser maltratados y también culpa por haber llegado a esa situación y eso hace que se comunique menos”.

Reconoce que este tipo de violencia ha aumentado en los últimos años. “Algo que influye y así lo demuestran todos los estudios, es la relación con los estilos educativos. Tanto los que son muy permisivos como los que son excesivamente estrictos son perjudiciales e influyen en que puedan darse esas conductas violentas emocionales hacia los padres”. Pero no es esta la única razón, de hecho, en caso de serlo no se explicaría que en una misma familia con dos hijos sólo uno se convierta en agresor.

Factores de riesgo

Los estilos demasiado permisivos en los que no se pone límites o en los que no se cumplen los castigos, son un factor de riesgo según se desvela en este estudio. Vinagre considera que “es importante a la hora de prevenir este tipo de maltrato incidir en una educación coherente, poniendo límites pero desde el diálogo, sabiendo con quién están nuestros hijos, vigilando sus redes sociales, sus contactos. Pero sin caer en lo restrictivo en exceso porque ese clima negativo también lleva a la frustración. Hay que reforzarles, cubrir sus necesidades emocionales, tener muestras de cariño. Parece de puro sentido común pero en el equilibrio está la virtud”.

En este tipo de conflictos influye también el factor del grupo, en función de las amistades, o el acceso fácil y directo a todo lo que tiene que ver con conductas violentas. “La juventud normaliza la violencia a través de los videojuegos o los vídeos de redes sociales”, explica Vinagre, “cuando las personas nos vemos expuestas de forma repetida a alguna situación complicada, podemos sensibilizarnos o habituarnos. Cuando la violencia forma parte de tu vida de forma muy explícita, se genera habituación porque son imágenes o comportamientos que al principio de impactan, te incomodan, pero luego te acostumbras. A esto hay que sumar los mensajes que recibe la juventud a través de las redes sociales, de youtubers a los que siguen con poco sentido crítico como adolescentes que son. Siempre hemos seguido sin reparos a nuestros ídolos pero ahora el acceso no está filtrado y hay muchos mensajes que llegan en forma de contenido violento”.

Agustina Vinagre. Psicóloga coordinadora del máster en Victimología y Criminología Aplicada e investigadora de UNIR.

Si bien los factores son múltiples y variados, sí hay un punto en el que confluyen todos los indicadores: las víctimas más frecuentes de este tipo de violencia son las madres. Para explicar esta realidad también hay diferentes teorías y la mayoría tienen que ver con el papel de las mujeres a causa de la socialización diferencial. Es decir, se les educa de forma diferente, otorgándoles un papel más débil y sumiso que hace que desde la infancia y la juventud se les perciba como más débiles y por tanto más fáciles de atacar. “¿A cuántas personas nos han dicho nuestras madres 'ya verás cuando venga tu padre'? Con esa simple expresión ya se nos está transmitiendo que es él quien debe ser respetado”, expone.

Los datos son reveladores. Cuando la víctima es la madre, el porcentaje de agresores hijos e hijas se divide a partes iguales. Sin embargo, en los casos en los que la víctima es el padre, el agresor suele ser el hijo varón. El porcentaje de mujeres agredidas por sus hijos e hijas aumenta cuando se trata de familias monoparentales.

Un dato revelador en relación con la violencia de género

Si los modelos educativos violentos se demuestran como un factor de riesgo para la violencia filioparental, ¿puede establecerse también una relación entre este tipo de violencia y la violencia de género? La respuesta a esta pregunta, basada en datos, también sorprende. “Cuando se observa violencia de cualquier tipo en el ámbito doméstico desde la infancia, a través del aprendizaje por modelos, esos chicos pueden llegar a imitar a medida que van creciendo”, expone la investigadora de UNIR, “sin embargo, cuando realizamos el estudio entre un grupo de mujeres víctimas de violencia filioparental y un grupo de mujeres que no lo son descubrimos que en el caso de las primeras, prácticamente la mitad admitían haber sido también víctimas de violencia por parte de sus parejas; pero es que en el caso el otro grupo, el de mujeres que no son víctimas de violencia por parte de sus hijos e hijas, también el 44% se reconocían como víctimas de violencia de género”. Esto llevó al grupo investigador a un dato revelador que ni siquiera estaban buscando: hay en la sociedad una cifra negra de violencia de género muy importante, “no se denuncia tanto como pensamos y hay muchas más mujeres víctimas de sus parejas o ex parejas de lo que se cree”.

Hay perfil de víctima pero no de agresor

Mientras que el estudio determina con rotundidad que las mujeres, especialmente en familias monoparentales, son las víctimas más numerosas de violencia por parte de sus hijos e hijas, la conclusión en lo relativo a los agresores es que no existe un perfil concreto. Los datos indican que el momento en el que son más comunes las agresiones es la adolescencia pero se encuentran casos de victimarios de hasta ocho años. De hecho, la edad media del inicio del maltrato se sitúa en 12,5 años. En un 64,8% de los casos el maltrato se produce a diario o al menos una vez a la semana y es mayoritariamente psicológico.

Las causas y entorno de estos son también son variados y lo único que coincide en todos ellos es una menor tolerancia a la frustración y, en un buen número de casos, un mayor fracaso académico, “pero no se encuentran muchas más cosas en común entre ellos”.

Sí hay una coincidencia entre este tipo de violencia y cualquier otra de tipo intrafamiliar. En ningún caso se empieza directamente con las agresiones físicas. En el 83% de los casos la violencia es de tipo psicológico y en un 51% se llega a la violencia física. Se contempla además un porcentaje superior al 12% de violencia económica de hijos e hijas hacia sus madres. “Siempre se comienza con violencia emocional, de control psicológico. Es además la que más daña a la víctima”, explica la psicóloga, “se suele manifestar inicialmente en forma de faltas de respeto, ausencia de límites, niños y niñas que se dirigen a sus padres y madres igual que a su grupo de iguales. Aunque suene un poco arcaico, hay que diferenciar la figura paterna y materna, es importante”.

Pero si algo debe hacer sonar la señal de alerta, según Vinagre, son las exigencias. “Cuando tu hijo o hija no te pide que le compres las deportivas de tal marca sino que te lo exige y la única forma en que te deje en paz es que al final se las compres, hay un problema”, ejemplifica, “primero quieren algo, para conseguirlo te insultan y se ponene violentos cuando intentas marcar límites. Los padres y madres acaban cediento cuando más alto está el pico de exigencia, por no seguir sufriendo esa violencia, porque no escuchen los vecinos... El caso es que así les enseñamos que cuanto más pico de agresividad tengan, más posibiliades tendrán de salirse con la suya. Ese es el aprendizaje”.

Cifra negra de violencia filioparental

Pero a pesar de la clara incidencia de los modelos educativos en este tipo de violencia, nunca puede culparse a los padres y madres. El sentimiento de culpa es precisamente uno de los mayores obstáculos para que estos casos se comuniquen. En la mayoría de los casos no se denuncia o se denuncia años después del inicio del maltrato. “Esto puede ser debido a la presencia de sentimientos de autocupabilización de las víctimas, vergüenza, evitación de iniciar procesos judiciales o a la falta de concienciación del problema”, determina este estudio. De hecho, la denuncia se interpone cuando la violencia filioparental es ya insostenible.

“Lo primero que te preguntan los padres y madres víctimas al entrar en una consulta es qué están haciendo mal”, cuenta la psicóloga Agustina Vinagre, “y es probable que no estén haciendo nada mal, pero no pueden evitar la culpa y la vergüenza. Las pocas veces que llegan a denunciar o simplemente a pedir ayuda es cuando ya hay una violencia física que no pueden soportar y en ocasiones llegan incluso a preguntarte dónde pueden ingresar a sus hijos para acabar con esa situación. Hay que sufrir mucho para llegar a ese punto”.

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