La ciudad que somos; la ciudad que queremos ser
Hay decisiones que se miden en silencio, en sombra perdida, en la temperatura de una plaza en un mes de agosto, en la memoria de quienes crecieron bajo árboles que hoy ya no están.
En demasiadas ciudades del país se repite una escena inquietantemente familiar: plazas históricas y calles consolidadas que se vacían de árboles, suelos cada vez más sellados, espacios públicos que se endurecen y se vuelven hostiles. A menudo se invocan la seguridad, la renovación, la modernización o la accesibilidad. Rara vez se habla de vida, a pesar de que una ciudad que pierde su arbolado maduro es una ciudad que compromete seriamente su futuro.
Los árboles no son mobiliario urbano intercambiable ni elementos decorativos sustituibles. Un árbol adulto no se “compensa” con una plantación joven que tardará décadas en ofrecer servicios equivalentes (si llega a hacerlo). El arbolado maduro es infraestructura verde crítica: regula la temperatura, mejora la calidad del aire, infiltra agua, sostiene biodiversidad, amortigua el ruido, estructura el espacio público y cuida la salud física y emocional de las personas. Tratarlo como un “obstáculo” es un error técnico, ambiental y social.
En un contexto de emergencia climática, de olas de calor cada vez más intensas y de ciudades densas y vulnerables, eliminar arbolado maduro y cubrir plazas de cemento va directamente contra el interés general. Y, sin embargo, demasiadas decisiones que afectan a este patrimonio vivo se toman sin debate técnico real, sin evaluaciones independientes, sin tiempo para analizar alternativas y sin una conversación honesta con la ciudadanía.
En Mallorca —un territorio frágil y especialmente expuesto— hace un par de meses perdimos 17 titanes y, con y tras ello, creímos que era el momento de alzar nuestra voz con voluntad de sumar, de tejer red y de abrir una conversación estatal entre profesionales, ciudadanía e instituciones. Porque sabemos que existen técnicos y responsables públicos comprometidos, muchas veces atrapados en inercias administrativas, normativas desactualizadas, presupuestos mal dimensionados o plazos imposibles; y porque también sabemos que se puede hacer mejor.
Pedimos algo responsable y, a la vez, transformador:
• Que el arbolado urbano sea tratado como patrimonio vivo (no como un problema a gestionar con urgencia).
• Que plazas y calles se diseñen como espacios densos de vegetación, sombra, agua y complejidad ecológica (no como explanadas duras).
• Que los ayuntamientos dispongan de un técnico en arboricultura urbana con certificación europea vigente y competencias específicas para la evaluación, gestión y autorización de intervenciones sobre arbolado maduro.
• Que ninguna tala de arbolado maduro se produzca sin estudios técnicos rigurosos, independientes y transparentes, y sin una evaluación real de alternativas de gestión del riesgo.
• Que se elaboren y apliquen instrumentos de planificación y gestión del arbolado como planes de gestión de riesgo del arbolado (PGRA), planes directores de arbolado o Planes Generales de Arboricultura (PGA), y ordenanzas de arbolado que reflejen estándares técnicos, de biodiversidad y de infraestructura verde reconocidos internacionalmente, incorporando criterios de inventario, seguimiento, conservación, resiliencia climática y participación ciudadana.
• Que la ciudadanía sea escuchada antes de perder espacios que siente como propios.
• Que la gestión del verde urbano esté alineada con el conocimiento científico y con los retos climáticos actuales.
Las ciudades que hoy admiramos son las que han entendido que la naturaleza es infraestructura estratégica, las que han dejado de luchar contra los procesos vivos para empezar a diseñar con ellos, incorporando el agua, el suelo y la vegetación como sistemas estructurales del proyecto urbano.
En Europa existen numerosos ejemplos contrastados. Iniciativas como Reinventing Paris han demostrado que es posible regenerar ciudad integrando ambición climática, innovación técnica y colaboración público privada. Barrios como Augustenborg, en Malmö, transformaron un entorno degradado en un referente de gestión hídrica mediante jardines de lluvia y sistemas urbanos de drenaje sostenible (SUDS). Ecodistritos como Clichy-Batignolles, en París, han hecho de la gestión del agua, la biodiversidad y el arbolado el esqueleto del planeamiento. Proyectos como Greener Grangetown, en Cardiff, han reducido riesgos de inundación y mejorado la calidad de vida sustituyendo asfalto por infraestructura verde. A estos se suman otros referentes como Vauban (Friburgo), Hammarby Sjöstad (Estocolmo) o las estrategias de ciudad esponja aplicadas en múltiples ciudades europeas, donde infiltrar, sombrear y renaturalizar es una decisión técnica y climática.
En España también existen experiencias valiosas: el eje verde de Cristóbal de Moura y el proyecto Rambles en Barcelona, el Bosque de Crecidas en Pamplona, el Parque La Marjal en Alicante o las estrategias de renaturalización urbana en Vitoria-Gasteiz, entre otras.
Son proyectos donde el agua infiltra, los suelos vuelven a estar vivos, la vegetación se organiza en múltiples estratos y se crean refugios climáticos reales; espacios donde la ciudad se piensa como ecosistema y no como una superficie dura a ocupar.
Estos modelos demuestran que es posible cultivar paisaje: diseñar, gestionar y mantener el espacio urbano asumiendo que los sistemas vivos evolucionan en el tiempo y requieren conocimiento, seguimiento y cuidado continuos. Demuestran, también, que la regeneración urbana funciona cuando se construye desde la colaboración real entre administraciones, sector privado, equipos técnicos municipales, arquitectos, ingenierías, biólogos, paisajistas y ciudadanía; modelos donde el rigor técnico convive con la ambición ecológica y donde las decisiones políticas se toman con criterio, valentía y visión de largo plazo, sin prisas ni inercias. Y, sobre todo, evidencian que la infraestructura verde solo es eficaz si se gestiona adecuadamente: con inventarios claros del patrimonio vegetal, modelos de conservación definidos, recursos bien dimensionados y equipos técnicos especializados. Integrar esta lógica desde el inicio evita frustraciones y convierte la renaturalización urbana en un servicio público sólido, coherente y sostenible en el tiempo.
Estamos a tiempo de rectificar, de aprender y de transformar conflictos en oportunidades; a tiempo de dejar a quienes vienen detrás ciudades más habitables, más frescas y más justas. Para ello hace falta mirar más lejos, decidir con más cuidado y gobernar pensando en los próximos treinta años, no en la próxima legislatura.
Esto es, ante todo, un llamamiento a quienes trabajamos con la vida: a quienes sabemos leer un árbol, escuchar un suelo y comprender que los sistemas vivos no se gestionan con prisas ni inercias administrativas; a quienes sabemos que el riesgo se evalúa y se gestiona, y que cortar es siempre el último recurso. Y también a arquitectos, ingenieros y urbanistas que conciben la ciudad como parte del ecosistema y no como una realidad separada de él.
ALCEMOS LA VOZ. Digamos NO a la erradicación de arbolado maduro sin evidencia técnica rigurosa e independiente; NO a decisiones tomadas sin debate técnico real, sin análisis de alternativas, sin pausa y sin mirada plural; NO a seguir endureciendo plazas y calles con más cemento cuando lo que necesitan es suelo vivo, sombra y complejidad ecológica.
Miremos a nuestro alrededor con ética profesional, y preguntémonos con honestidad ¿esto nos representa?, ¿Es así como queremos ejercer nuestra responsabilidad? Porque callar también es una forma de decidir, y hoy el silencio pesa.
ALZA LA VOZ. Comparte. Interpela. Participa. Di SÍ a una gestión pública que cuide la vida con conocimiento, responsabilidad y visión a largo plazo; SÍ a plazas donde el agua infiltra, el suelo respira y la
sombra vuelve a ser un derecho colectivo; SÍ a ciudades que reconocen su patrimonio natural como infraestructura esencial y lo protegen como tal; SÍ a ciudades que diseñan futuro.
Porque el conocimiento existe, porque las alternativas están sobre la mesa y porque cuidar la ciudad es, en el fondo, cuidarnos a nosotr@s.
Que Mallorca sea semilla, que las plazas vuelvan a ser refugio, que el verde ocupe el centro de las decisiones y que la ciudad que dejemos sea mejor que la que heredamos.
#PorNuestroPatrimonioVerde #LaCiudadQueSomos #LaCiudadQueQueremosSer #PorLos17
Sobre este blog
Espacio de opinión de la delegación de elDiario.es en Illes Balears. Las asociaciones políticas, sociales, económicas y culturales de las islas debaten sobre los distintos temas que afectan al archipiélago. Puedes enviar tu opinión a illesbalears@eldiario.es en castellano o catalán y sin límite ni máximo de caracteres.
0