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Cargo 200: la guerra de Putin la pagan los pobres

Un hombre camina en Moscú junto a un cartel de reclutamiento del Ejército ruso

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Lo he contado ya alguna vez, pero es muy representativo. El 3 de febrero de 2022 la embajada de Rusia en España nos invitó a un grupo de periodistas a un encuentro con el embajador. Yo llevaba varios meses siguiendo lo que parecía un alarmante despliegue militar en la frontera rusa cerca de Ucrania. Mientras tanto, EEUU repetía insistentemente que Putin preparaba una invasión.

Tras un paseo por el imponente edificio lleno de mármol beige, escalinatas, columnas, murales de la historia rusa y lámparas de araña de cristal, Yuri Korchagin, el embajador, nos dijo que todo eso de EEUU era un “bulo con la intención de crear pánico”. Recuerdo especialmente una de sus frases: “Las tropas rusas están a la misma distancia que Calatayud de Francia. ¿Es eso cerca de la frontera? Pienso que no”. La alarma saltó el 30 de octubre con unas imágenes satelitales y las posteriores declaraciones de EEUU.

Nosotros, recordando la inteligencia de Irak y otros hitos de la política exterior de Washington, veíamos con escepticismo sus advertencias. Es más, el 23 de febrero, horas antes de la invasión, participé en un seminario de la UNED sobre la “crisis en Ucrania” y dije que no pensaba que fuese a haber una invasión y una guerra a gran escala y que, en todo caso, se intensificaría el conflicto en el Donbás. Qué equivocados estábamos algunos y cuánto hemos aprendido desde entonces. Putin estaba dispuesto a invadir ilegalmente un país desencadenando una guerra brutal que hoy cumple cuatro años y centenares de miles de muertos.

La trituradora

Probablemente ni siquiera Korchagin, el embajador, se imaginaba que 20 días después Moscú ordenaría la invasión, que el argumentario que repetía era totalmente falso y que su presidente ya había tomado la decisión de enviar a la picadora a sus compatriotas.

Una amiga rusa que vive en España me contó hace unas semanas una historia terrible. Se acababa de enterar de la muerte de un amigo suyo de la infancia de la ciudad de Uliánovsk. Mikhail (nombre ficticio) atravesaba un mal momento económico y emocional y se alistó para ser conductor del Ejército. Pensaba que no iría al frente, pero duró 9 días con vida. Sin embargo, las autoridades no le comunicaron la muerte a la familia hasta casi un año después.

El entonces embajador de Rusia en España, Yuri Korchagin, tratando de explicar a la prensa que el despliegue militar en la frontera con Ucrania no era la preparación de una invasión. EFE/ Emilio Naranjo

“Nacimos con un mes de diferencia y nuestras madres son mejores amigas y compañeras desde primaria”, me decía. Ella lo recuerda como “un chico superpacífico”. Su ciudad está empapelada con carteles de reclutamiento diciendo a los hombres que tienen que ser “hombres” y defender la patria. Muchos de sus amigos que ya estaban en las Fuerzas Armadas le decían lo mismo. “Cuando te apuntas, cada uno recibe una asignación de 4.500 euros solo por alistarse. Para la gente que no vive en Moscú. Esta cifra es como aquí cinco veces más. Por otro lado, el sueldo mensual empieza en 2.000 euros, que es un supersueldo para los que no viven en Moscú”.

Mikhail se fue el 5 de febrero de 2025 y la familia perdió el contacto con él esa misma semana. Su madre le decía a la madre de mi amiga que seguro que le habían capturado. “Así mantienen la esperanza”, dice. “A principios de diciembre le llamaron y le dijeron que le identificaron con el ADN, pero que había muerto a los 9 días de su llegada. Dos días después mandaron el ataúd. Todo este tiempo en el que no supieron nada es que no daban abasto en la morgue de Rostov”.

La morgue de Rostov se ha convertido en el símbolo de esa trituradora de soldados rusos. Allí llega, se procesa y se intenta identificar todo el “cargo 200”, tal y como se conoce a los soldados rusos muertos en combate. La expresión tiene sus orígenes en los féretros de zinc en los que se enviaba a los soldados soviéticos muertos en la guerra de Afganistán y que llevaban inscrito el 200 porque era el peso máximo que soportaban. 

Allí, en la morgue de Rostov, opera la única unidad militar especializada en la gestión de soldados fallecidos en conflicto, formada en los 90 durante la primera guerra chechena. Una investigación del medio ruso Verstka calcula que diariamente la unidad recibe unas 500-600 peticiones de gente que busca a sus familiares desaparecidos. He estado estos días rastreando grupos de Telegram y del Facebook ruso, VKontakte, y está lleno de publicaciones de este estilo con fotos de los soldados.

Busco a mi hijo Prozhigin Mikhail Viktorovich, nacido el 14 de abril de 1980, que presta servicio en la unidad militar 11097, 1427, 4.ª compañía, 2.º pelotón, dirección Járkov, Kupyansk, desaparecido sin dejar rastro, última vez que se comunicó fue el 6 de septiembre de 2025

Busco a mi hermano Bratishkuivanov Ruslan Alexeyevich, 26/06/1993. Señal distintiva en la mano izquierda: tatuaje yin-yang dragón azul. Sin noticias desde el 14 de diciembre de 2024

Desde la morgue de Rostov y otros grupos también hacen el trabajo inverso: “Búsqueda de familiares de un soldado fallecido. Sirvió en la defensa territorial de la República Popular de Donetsk. Rasgos distintivos: tatuaje en el pecho con forma de ramitas”. La unidad militar tiene incluso un formulario digital para que los familiares de los desaparecidos describan físicamente a sus seres queridos y faciliten la labor a los trabajadores de la unidad. Estas imágenes son pantallazos del formulario. Los familiares, por supuesto, también mandan muestras de ADN para ver si se corresponden con los cadáveres que tienen ahí almacenados.

La carga de las muertes y la Rusia invisible

Mi amiga me cuenta que muchos familiares no pueden aguantar la espera y se presentan en la misma morgue de Rostov. El lugar tiene varios remolques. En el remolque n.º1 las personas rellenan un formulario de búsqueda en el que indican tatuajes, cicatrices, características dentales y otras marcas identificativas. El remolque n.º2 sirve como sala de espera. El remolque n.º6 se utiliza para entregar muestras de ADN. Antes de reunirse con los investigadores, los familiares acuden al remolque n.º3; los investigadores trabajan en el remolque n.º5, donde buscan en la base de datos, muestran fotografías de los cadáveres y comparan las características distintivas, describe Verstka. 

Todo esto ocurre mientras solo un 21% de los encuestados en el último informe del Centro Levada de investigaciones sociológicas independientes es partidario de rebajar las exigencias de máximos del Kremlin a fin de detener las hostilidades, informa Albert Sort desde Moscú. Albert ha hablado con el director del centro, que explica que se puede deber a un “malentendido”: “La opinión dominante en la sociedad es que Rusia intervino para proteger a la población rusoparlante”.

Un factor importante es que el grueso de los muertos los ponen los pobres. Las tasas de mortalidad en el frente están directamente correlacionadas con el número de habitantes que viven en una región por debajo del umbral de pobreza, situado en los 19.000 rublos mensuales (unos 210 euros). A mayor pobreza, mayor incentivo supone alistarse en las Fuerzas Armadas y cobrar unos sueldos inimaginables para muchos ciudadanos. 

“Se trata de minimizar los riesgos políticos de esta guerra”, explicaba a Albert la científica Maria Viushkova. Si en Moscú la tasa de mortalidad es de uno por cada 5.000 habitantes, en Buriatia es de uno por cada 250, es decir, tienen 20 veces más probabilidades de morir.

La estudiosa señala que el Kremlin ha desplazado “la carga de las muertes” en la Rusia “invisible”. Es decir, en los presos, los migrantes, las personas sin hogar, las personas pobres de regiones remotas y las minorías étnicas, grupos sociales que “no importan a nadie” y que se ven arrastrados a luchar “por desesperación”.

Mientras tanto, Putin no se baja de sus peticiones maximalistas y la guerra entra en su quinto año con un frente que apenas se mueve desde el primer año.

En Ucrania, por supuesto el agotamiento también hace mella y muchos hombres en edad militar viven escondidos porque no quieren ser reclutados a la fuerza para combatir en una guerra convertida en trituradora sin salida a la vista.

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Una valla publicitaria en una calle con la imagen de un soldado ruso, anunciando el servicio militar por contrato en las recién creadas Fuerzas de Sistemas No Tripulados rusas, durante un soleado día de invierno en Moscú, Rusia, el 17 de febrero de 2026.

Tienes que leer la serie de reportajes sobre la guerra que estamos publicando estas dos semanas. De los reportajes de Gabriela sobre el terreno, los de Albert en Moscú, el análisis de datos de Icíar y las piezas de nuestros corresponsales en Washington y Bruselas al respecto. En los próximos días publicaremos temas buenísimos que no te puedes perder: de esos jóvenes ucranianos que viven escondidos para no ser reclutados, a pasar una tarde con una unidad militar de drones en Járkov a unos kilómetros del frente, entre otros.

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Gracias por llegar hasta aquí.

¡Hasta la semana que viene!

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