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Un breve texto para Jorge Azcón (y todos los hombres)

El presidente en funciones del Gobierno de Aragón, Jorge Azcón.
25 de marzo de 2026 22:06 h

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Jugar con muñecas de proporciones imposibles. Admirar a tus cantantes favoritas, todas flacas y lindas. Ver a las mujeres que salen en la tele y escuchar lo que dicen a tu alrededor. Observar desde pequeña cómo las mujeres se pesan, hacen dieta y se torturan (las torturan) con sus cuerpos. Asistir a anuncios y más anuncios de cremas, cosméticos, anticelulíticos, operaciones. Oír, una y otra vez, comentarios que hablan de tetas, de culos, de cinturas. Notar claramente las miradas. Gorda como insulto. Fea como insulto. 'Las niñas bonitas no pagan dinero'. 

Convertirse en una mujer es descubrir que tu cuerpo no es solo tuyo. Es entender que eres un ser mirable, comentable y tocable. Es asumir que tu cuerpo y tu aspecto funcionan como una vara de medir oportunidades. Más adelante, implica darte cuenta de que, por encima de tus ideas y de tus actos, por encima de quién eres, el cuerpo que tienes, tu pelo, tu manera de vestir y tu manicura siempre serán más relevantes. Como si algo o alguien nos tuviera que recordar siempre que, aunque nos creamos sujetos, estamos pensadas para ser objetos: objetos que mirar, comentar y juzgar, da igual el efecto que eso tenga en nosotras.

Escribe Naomi Wolf en El mito de la belleza: “Muchas mujeres tienen más dinero, poder, campo de acción y reconocimiento legal del que jamás habíamos soñado, pero con respecto a cómo nos sentimos acerca de nosotras mismas físicamente, puede que estemos peor que nuestras abuelas no liberadas”. Wolf argumenta que la presión estética hacia las mujeres se ha endurecido: conforme hemos ganado derechos, espacio y poder, el control sobre nuestro cuerpo y nuestro aspecto se ha hecho todavía más duro. Las miradas y los comentarios permanentes, nos lo recuerdan.

Trastornos de alimentación. Vigilancia constante de tu cuerpo: ¿has engordado?, ¿has adelgazado?, ¿tienes más celulitis?, ¿estrías?, ¿arrugas?, ¿cómo tienes el cutis?, ¿llevas bien el pelo?, ¿pareces sexy?, ¿estás guapa?, ¿irás adecuada para [insertar cualquier contexto/persona/lugar]? Un montón de esfuerzo y dinero dedicado a abordar todas esas preguntas. Algunos estudios han mostrado que las mujeres pensamos en nuestro propio cuerpo y aspecto numerosas veces a lo largo del día. Son pensamientos intrusivos, es inseguridad, es malestar.

En ese El mito de la belleza, Naomi Wolf explica cómo ese control estético, esa presión corporal, es una estrategia de sumisión y desgaste. Hacernos sentir mal con nosotras mismas es útil: perdemos tiempo y seguridad, ganamos dudas y miedos, nos hacemos pequeñas, nos comparamos (porque nos comparan), nos plegamos en algunas situaciones por temor a no merecer más, abandonamos lugares para evitar que el malestar se haga todavía más grande. Tememos que nos juzguen, que en, cualquier momento, ¡zas! te conviertan en ese objeto mirable, comentable y tocable, justo cuando tú estabas haciendo uso de tu espacio, de tus derechos, de tu palabra.

Lo de Jorge Azcón no es un comentario sin más. Ni lo tuyo una mirada sin más o una broma sin más o una tontería dicha al aire sin más. Sin más, quizá, lo será para quien lo hace. Porque desde quien lo vive, nada de eso es ocasional, aislado ni neutro. Es una constante que te mina y te desgasta, es una lluvia fina de malestar que condiciona la manera en que te miras y estás en el mundo.

Lo doloroso, porque lo es, es descubrir que solo desde el desinterés y la falta de empatía pueden los hombres seguir reproduciendo estos comportamientos. La masculinidad tiene mucho que ver con eso: con dar por hecho el lugar que uno tiene en el mundo, con vivir ajeno a otras experiencias, con creer que la mirada de uno es la válida por defecto, con el desinterés por conocer lo que a uno no le afecta directamente. Con despreciar lo que las mujeres sentimos o vivimos y, por supuesto, las maneras en las que reaccionamos.

Ese desprecio también puede darse por omisión: por la falta de escucha, por la falta de interés en saber de las otras, en comprender la manera en la que las otras viven, sus presiones, sus dolores, las experiencias que las atraviesan, las consecuencias que tienen en ellas las acciones de los otros.

Más que señalar siempre a los demás, más que escuchar a Jorge Azcón y ser capaces de decir 'qué mal está esto', se trata de coger ese desinterés, esa falta de empatía, esa mirada hacia la otra como objeto, y hacer algo con todo eso.

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