Ellas se emancipan en pareja, ellos solos: el acceso a la vivienda tiene mucho que ver con la desigualdad de género
Emanciparse es hoy un problema. La precariedad y el precio de la vivienda han hecho que salir de la casa familiar para independizarse sea algo impensable para muchos jóvenes, chicos y chicas. Pero la manera en la que llega esa independencia habla de algo más: la brecha de género hace que las mujeres tiendan más a emanciparse en pareja, mientras que los hombres lo hacen solos o en pisos compartidos.
La investigadora Jimena Contreras indaga en un paper sobre cómo las diferencias laborales y económicas que se dan ya en los primeros años de juventud empujan a las mujeres a vivir en pareja, un hecho con consecuencias a largo plazo: cuando llegan los hijos, ellas asumen mucha más carga de cuidados y, en caso de separación, su autonomía económica sufre un golpe más duro que la de ellos.
La tasa de emancipación no ha parado de caer desde hace, al menos, veinte años, para hombres y para mujeres. Sin embargo, los datos desagregados por sexo muestran que entre los 18 y los 34 años esa tasa es 7,6 puntos mayor en el caso de las mujeres. Es decir, las jóvenes se independizan más que los jóvenes. Si nos concentramos en el tramo de entre 30 y 34 años, la diferencia es aún mayor: el 70% de las mujeres viven fuera del hogar familiar, frente al 56% de los hombres.
La investigación de Contreras sugiere que, pese a lo que pueda parecer, las mayores tasas de emancipación femenina no equivalen a más independencia económica. Las condiciones económicas de las mujeres jóvenes emancipadas son peores que las de sus homólogos: tienen menos renta neta y su tasa de empleo a tiempo parcial cuadruplica la de los hombres. “Los hombres que se emancipan lo hacen prácticamente todos a jornada completa. Las mujeres que se emancipan mantienen tasas de parcialidad cuatro veces superiores. Esto tiene consecuencias directas sobre ingresos, cotización y progresión profesional”, señala la investigación.
Y tiene, también, consecuencias en la manera de emanciparse. “Los datos confirman que, para las mujeres, la pareja funciona como el canal principal de salida del hogar familiar”, subraya la investigadora. Entre las jóvenes que se van de casa, el 69% convive en pareja, frente al 51% de los hombres. Esa diferencia se ha mantenido a lo largo de los años. Entre los hombres emancipados, un 29% vive solo y un 20% comparte piso, “opciones mucho menos frecuentes entre las mujeres”.
“Esto sugiere que una parte significativa de la emancipación de las mujeres no responde a una mayor capacidad económica, sino a dinámicas como la migración o la formación de pareja, que empujan a las mujeres fuera del hogar parental sin que dispongan necesariamente de los recursos para sostener esa independencia de forma autónoma”, prosigue Contreras, que insiste en que es lo que sucede en el mercado laboral, donde la brecha se reproduce desde edades tempranas, lo que hasta cierto punto promueve este esquema de emancipación en mujeres y hombres.
Socialización y estereotipos
La catedrática de Sociología de la Universidad Carlos III de Madrid Constanza Tobío subraya que la tasa de emancipación de la gente joven lleva décadas descendiendo y que, sin embargo, la manera en la que lo hacen hombres y mujeres siempre ha mostrado esa tendencia. Tobío explica que, además de los condicionantes laborales y económicos, hay un hecho social que también lo explica: las mujeres tienden a emparejarse con hombres algo más mayores. Eso hace que su emancipación en pareja se produzca antes que la de los hombres de su edad.
Para Tobío, es muy plausible que ciertos estereotipos de género estén actuando sobre esa manera distinta de emanciparse. Por un lado, esa asimetría de edad tan asumida y extendida en las relaciones. Por otro, la pareja como una aspiración que sigue siendo muy importante en la socialización femenina, mientras que en el caso de los hombres se fomenta más la autonomía personal o la socialización con sus pares hombres.
Lo que los datos económicos ponen de manifiesto es que para las mujeres la posibilidad de acceder a una vivienda en alquiler y, todavía más, a una vivienda en propiedad, aumentan significativamente si lo hacen con una pareja, más que en el caso de los hombres.
“Las mujeres que se emancipan solas son muy pocas respecto a los hombres. Es un círculo que se retroalimenta con consecuencias en la independencia económica de las mujeres: si la propiedad es de su pareja, si depende de esa pareja para acceder a una vivienda o si la mayoría de los ingresos proceden de él... Esa desigualdad laboral y de ingresos hace que cuando llegan los hijos ellas asuman de forma desproporcionada el trabajo de cuidados. Todo ello hace que si una pareja se deshace, ellas queden en peor posición”, concluye.
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