Narcisismo pop y economía del trauma: Cómo el dolor se convirtió en contenido
Advertencia para lectores sensibles: Esto no es exactamente lo que suelo escribir. Hoy no traigo metáforas de islas ni psicología planchada. A veces el enfado edita mejor que la calma, y hoy me salió escribir desde ahí.
Si en la palabra “narcisista” encontraste alivio, explicación o refugio, quizá este texto te incomode. No pretende invalidar nada, solo girar la cámara a otro ángulo, que suele doler más que tener razón.
Lo molesto casi nunca es perder la versión del relato, sino recuperar la historia que había debajo. Y como casi todo lo que incomoda, empezó con una escena bastante simple: cómo contamos hoy lo que nos pasó cuando alguien dejó de querer.
Conviene dejar algo claro: la violencia existe, el abuso existe, la manipulación existe. No es eso lo que está en juego aquí. Lo que está en juego es la costumbre cultural de llamar narcisismo a cualquier historia que dolió.
Si los griegos vieran cómo usamos hoy la palabra “narcisista”, pedirían que les devolvieran la tragedia. Ellos trabajaron con dioses, culpa y coro; nosotros hacemos diagnóstico pop en vídeos verticales con aro de luz. No hace falta ser psicólogo para ver la jugada: una ruptura ya no es ruptura, es caso clínico improvisado; un desencuentro es “abuso emocional”; una incompatibilidad es “red flag”. Lo humano convertido en taxonomía, lo complejo reducido a etiqueta.
Y encima encaja: villano localizado, autoestima intacta y relato ordenado sin que el narrador tenga que mirarse demasiado. Mejor imposible para el ego.
El narcisista pop es mucho más útil para quien narra que para quien sufrió: sirve de trampolín identitario, no de reparación. Sostiene la escena sin tocar la herida. Evita el duelo, que es el deporte emocional que más pereza da practicar.
Los divulgadores del aro de luz funcionan como coro contemporáneo. Enseñan patrones en 30 segundos, dicen “esto sí es abuso”, señalan “red flags” y cierran la escena con moraleja. Nadie menciona la noche en la que se scrolleó el chat como si fuese un oráculo, ni el miedo a estar solo, ni la fantasía de ser elegido, ni la ternura torpe que llega tarde. Eso no abre cursos ni vende entradas. El trauma vende; la ambivalencia no. Puro clickbait.
Los griegos tenían otra cosa: máscara. Advertían que aquello era teatro. La audiencia contemporánea lo hace a cara descubierta y después se sorprende de que duela como identidad. Cuando el vínculo se incendia, se buscan villanos con diagnóstico y héroes con autoestima renovada. Y así no hay tragedia; hay reparto.
La psicología pop vio el hueco y lo aprovechó con elegancia: no vendió consuelo, vendió explicación. No devolvió la historia, dio una etiqueta. Lo que parecía liberar capturó. Antes se dependía del amor del otro; ahora del sentido que vende quien explica lo que pasó.
Y aquí aparece el nuevo actor del daño: el psicoinfluencer. No es psicólogo, pero habla como si lo fuera. No acompaña procesos, acompaña métricas. No trabaja con duelo, trabaja con contenido. Y lo más irónico: no tiene pacientes, tiene audiencia. Y eso, en 2026, da más autoridad que cualquier máster.
El giro no está en la falta de titulación. El plot twist está en la economía del trauma, que es uno de los mercados más prósperos de la era del scroll. Antes el sufrimiento se compartía con dos amigos y una botella de vino; ahora se distribuye en formato vertical. El dolor ya no se procesa: se monetiza. Y no es que esté mal, es que funciona. Si se habla de “sanación” todo se cae; si se habla de “engagement” todo cuadra.
El psicoinfluencer explica heridas con tono compasivo, y la audiencia lo agradece con tres monedas muy valiosas para el ecosistema: tiempo, atención y datos. Antes se dependía del amor del otro; ahora del algoritmo que recomienda quién rompió y cómo debería uno sentirse al respecto. El amor dolía más, pero era gratis.
De repente hay entrevistas sobre trauma hechas por gente que jamás sostuvo uno, análisis de abuso hechos por quien nunca vio el coste emocional después, y conversaciones sobre vínculos hechas por quien jamás sobrevivió a un silencio incómodo de pareja. Todo muy profundo, todo muy técnico, todo muy cómodo. El dolor empaquetado en formato consumo da menos miedo que el dolor real. Es wellness con aro ring light.
Y aquí el detalle incómodo: este mercado captura sobre todo a las poblaciones emocionalmente alfabetizadas. No por ingenuidad, sino porque aprendieron antes que otras a revisarse, a analizarse, a “sanarse” y a hacerse cargo. La gente que ya estaba en proceso se convirtió en target premium del mercado del autocuidado. El capitalismo nunca pierde.
El narcisista clásico solo necesitaba un espejo.
El narcisista moderno solo necesita audiencia.
Y la gente estaba ahí, desplazada al rol de público, mientras otro narraba su vida en vertical.
Si la violencia importa porque daña el cuerpo, y el abuso importa porque captura el deseo, quizá también importe lo que captura la pantalla. Porque al psicoinfluencer no se le oye gritar ni humillar; ofrece identidad, diagnóstico y alivio narrativo a cambio de algo muy concreto: permanencia.
De la violencia algunas personas salen.
Del abuso algunas personas salen.
Pero del relato que otro narra sobre uno —sobre todo si viene filtrado, subtitulado, validado y bien iluminado— no sale casi nadie sin arrancarle antes la máscara.
Narciso se ahogó en el agua.
Nosotros en el feed.
0