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Ventanas, persianas y rutinas: cómo adaptar nuestras casas a un clima que ya ha cambiado

En verano, la casa ha de cerrarse en las horas centrales, cuando el exterior sufre sus horas de calor extremo, y abrirse sólo cuando el aire de la calle sea más fresco que el interior.

Aurora Domínguez

14 de abril de 2026 21:54 h

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La vivienda es, en esencia, un artefacto climático. Un sistema sensible que se puede regular con gestos –a veces mínimos– para atravesar veranos abrasadores e inviernos cada vez más erráticos, sin depender de la constante exhalación de los aparatos de aire acondicionado.

Las olas de calor son ya parte estructural del paisaje meteorológico contemporáneo, pero el modo en que ocupamos nuestras casas apenas ha variado en décadas. Seguimos confiando al aire acondicionado la regulación de un clima que es cada vez más incierto, obviando el peso que abrir una ventana a destiempo o bajar las persianas sin emplear criterio término puede tener. 

Habitar, hoy, podría entenderse como un acto de lectura climática, tenemos que entender nuestra casa como una piel intermedia entre el cuerpo y el entorno, un organismo que coopera con quien aprende a interpretarlo.

Un parque de viviendas construido para otro clima

En España, la casa media que intenta defenderse hoy de una ola de calor pertenece a un parque edificado envejecido y mayoritariamente ineficiente. El diagnóstico oficial publicado en diciembre de 2025 por el Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana señala que el 90% de los edificios que existirán en 2050 ya están construidos, y el 75% de ellos no cumple los estándares actuales de eficiencia energética, lo que los convierte en estructuras vulnerables ante un clima más extremo. Casi la mitad del parque inmobiliario, concretamente el 49,3% de los edificios, fue construido antes de 1980, y el 89,1% es anterior al Código Técnico de la Edificación de 2006, de modo que las envolventes, cerramientos y huecos responden a otro régimen térmico y a otro precio de la energía.

En España, la casa media que intenta defenderse hoy de una ola de calor pertenece a un parque edificado envejecido y mayoritariamente ineficiente

Sobre esa base anticuada se asienta un parque residencial de 26,6 millones de viviendas distribuidas en 8,87 millones de edificios, de los cuales el 74% está en bloques multifamiliares que concentran el 66,5% de la superficie construida. La vivienda tipo del país es el piso en altura, sometido a inercias colectivas de gestión climática donde una persiana mal regulada o una fachada sin sombra se traducen en grados de más o de menos para cientos de personas. 

La distribución climática del parque residencial muestra que una de cada cinco viviendas en España se ubica en áreas con inviernos bastante fríos y veranos muy calurosos, precisamente esos lugares donde una casa mal adaptada lo pasa mal tanto por exceso de frío en invierno como por exceso de calor en verano

Mientras tanto, por desconocimiento, algunos de nuestros hábitos cotidianos han cambiado mucho menos que el clima –véase abrir las ventanas a mediodía en pleno julio–. A pesar de que el propio Plan Nacional de Renovación de Edificios del Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana (borrador de diciembre de 2025) recuerda que el sector de la edificación concentra en torno al 40% del consumo energético total y aproximadamente el 36% de las emisiones de gases de efecto invernadero del país.

El 90% de los edificios que existirán en 2050 ya están construidos, y el 75% de ellos no cumple los estándares actuales de eficiencia energética

En el caso de las viviendas, ese mismo documento señala que cerca del 80% de la energía consumida se destina a calefacción, refrigeración y agua caliente sanitaria y que, pese al avance de las renovables, alrededor de dos tercios de esa demanda siguen cubriéndose con combustibles fósiles, lo que incrementa la vulnerabilidad de los hogares ante la volatilidad de los precios y las crisis de suministro.

Principios para un uso climático de la vivienda

El primer principio es casi una obviedad que hemos olvidado: ventilar. Ventilar debidamente consiste en decidir a qué hora, en qué estancias y durante cuánto tiempo dejamos entrar el aire exterior. El Plan Nacional de Renovación de Edificios recuerda que pasamos más del 90% de nuestro tiempo en interiores, de modo que la calidad del aire y su temperatura se han convertido en una cuestión de salud pública tanto como de confort (borrador PNRE 2026, resumen ejecutivo).

En verano, eso significa asumir una lógica contraria a la intuición pues la casa ha de cerrarse en las horas centrales, cuando el exterior sufre sus horas de calor extremo, y abrirse sólo cuando el aire de la calle sea más fresco que el interior, es decir, de madrugada y a primera hora de la mañana. Ese ‘preenfriamiento nocturno’ permite cargar de aire fresco la masa del edificio —muros, suelos, forjados— para que resista el asalto térmico del día, mientras la ventilación cruzada entre fachadas opuestas o, en su defecto, la apertura simultánea de huecos altos y bajos puede acelerar la expulsión del aire recalentado, reproduciendo a escala doméstica el efecto chimenea que el propio plan señala como estrategia de confort pasivo en la adaptación al cambio climático (PNRE 2026, resiliencia climática).

Ventilar debidamente consiste en decidir a qué hora, en qué estancias y durante cuánto tiempo dejamos entrar el aire exterior

El segundo principio tiene que ver con el sol, y con el lugar en el que decidimos pararlo. El PNRE insiste en que la resiliencia climática pasa por anticipar las necesidades futuras de refrigeración, paliar el efecto isla de calor y desplegar soluciones de sombreado e iluminación natural. Traducido a la escala de la persiana, esto significa que la protección solar debe estar fuera, o lo más cerca del exterior que permita la arquitectura, y debe bajarse antes de que el sol alcance el vidrio. Toldos, lamas, persianas exteriores y voladizos cumplen esa función en las fachadas más expuestas, aquellas que están situadas al sur y suroeste en las tardes de verano, este en las mañanas y la fachada norte, más ajena a la radiación directa, se convierte en una aliada para ventilar sin recalentarse. 

El tercer principio consiste en reorganizar la casa en función del clima, y no al revés. El PNRE describe un parque residencial donde el 43% de las viviendas principales tiene entre 61 y 90 m² y otro 43% supera los 90 m², la mayoría en bloques multifamiliares, y propone una transformación que combine eficiencia energética, salubridad y bienestar para avanzar hacia una habitabilidad más justa y sostenible (PNRE 2026, parque residencial y resumen ejecutivo).

Esto implica leer la geografía térmica del propio piso estudiando qué habitación recibe más sol, cuál permanece más fresca, dónde se acumula el calor y en base a esto desplazar, en la forma en que sea posible, las actividades: desayunar en la estancia orientada al este mientras el aire aún es amable, trabajar al mediodía en la pieza más al norte o más interior, refugiarse en la planta baja en los bloques con varias alturas cuando el calor asciende, concentrar la vida invernal en la habitación más soleada para reducir horas de calefacción. 

Los textiles, las puertas y hasta la ocupación de las habitaciones pueden ser pequeñas válvulas de regulación climática: alfombras y cortinas gruesas en invierno como segunda piel aislante, suelos desnudos y ventanas despejadas en verano para que la inercia térmica de la construcción trabaje a favor.

La protección solar debe estar fuera, o lo más cerca del exterior que permita la arquitectura, y debe bajarse antes de que el sol alcance el vidrio

Estos tres principios: ventilar con inteligencia, detener el sol antes del vidrio y mover el cuerpo dentro de la casa. Cobran otra dimensión si se leen a la luz de los números que maneja el propio plan. El PNRE estima que entre 3,5 y 8,1 millones de personas sufren pobreza energética en España y que un porcentaje significativo de hogares declara no poder mantener una temperatura adecuada en invierno ni una vivienda fresca en verano, situación que se agrava durante las olas de calor y pone en riesgo la salud de los más vulnerables (PNRE 2026, pobreza energética).

Frente a ese diagnóstico, la hoja de ruta propone rehabilitar millones de viviendas, reducir en más de un 50% el consumo medio de energía primaria del parque residencial de aquí a 2050 y recortar hasta un 25% el número de personas en pobreza energética para 2030, con un ahorro acumulado en las facturas de los hogares de 5.552 millones de euros y una reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero (PNRE 2026, hoja de ruta y beneficios).

Si la vivienda es, como se afirma al comienzo, un artefacto climático, tal vez el cambio de época consista en empezar a tratarla como tal. No solo pidiendo más y mejores políticas de rehabilitación, que sin duda harán falta, sino asumiendo que cada ventana y cada persiana forman parte de una infraestructura térmica que tenemos que usar de manera inteligente.

Entre un parque envejecido que responde tarde y un clima que se acelera, el margen de maniobra se estrecha y concentra, sobre todo, en ese triángulo de aire, sombra y rutina; donde se decide, casi en silencio doméstico, cómo vamos a habitar el frío y el calor del siglo XXI.

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