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Mucho más que la fregona: iconos del diseño español que forman parte de tu vida y no lo sabías

Iconos del diseño español que forman parte de tu vida y no lo sabías.

Aurora Domínguez

11 de mayo de 2026 22:29 h

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Dieter Rams, el diseñador alemán que durante décadas definió la identidad visual de grandes marcas, formuló a finales de los años setenta diez mandamientos del buen diseño. El buen diseño es útil, decía. Es honesto. Es duradero. Es innovador. No molesta. Cada vez que Rams enunciaba uno de esos principios estaba describiendo, sin saberlo, una larga tradición de objetos españoles que llevaban décadas cumpliéndolos con exactitud milimétrica. Objetos que han transformado la vida cotidiana de millones de personas y que casi con toda seguridad, tienes en casa ahora mismo.

Los objetos tienden a volverse invisibles. Se integran en la rutina hasta confundirse con ella, y esa discreción que es precisamente su virtud más alta acaba convirtiéndose en su peor enemigo a la hora del reconocimiento. Nadie mira dos veces el interruptor cuando enciende la luz del pasillo. Ni repara en la geometría del destornillador cuando lo saca del cajón de las herramientas. No solemos pensar en quién diseñó la silla sobre la que estuvo sentado durante doce años en el colegio. Y sin embargo, detrás de cada uno de esos objetos hay una decisión de diseño que los hace exactamente cómo son y no de otra manera.

Diseñado para durar

Tomemos el destornillador Irazola. Ese mango de aluminio ondulado en rojo que lo distingue del resto sin gritar, que cae bien en la mano con una naturalidad que es consecuencia de haber pensado en el agarre, en la torsión, en el usuario que va a usarlo durante años. O la grapadora El Casco M-5, diseñada por Juan Solozabal y Juan Olave en 1932, que lleva casi un siglo siendo el mejor argumento posible contra la obsolescencia programada. André Ricard, el diseñador barcelonés decía que “el diseño no es hacer las cosas bonitas, sino hacerlas mejor que las que ya existían”. La M-5 no aspira a ser bonita. Aspira a grapar. Y lo sigue haciendo igual que el primer día, casi cien años después, mientras hay teléfonos que no duran ni tres.

Y luego está la serie de interruptores y enchufes Simon 31, desarrollada en torno a los años setenta por el equipo de diseño de la empresa que fundó Arturo Simón. Está en miles de hogares y edificios españoles, en las paredes de oficinas, hoteles y viviendas de medio país, y prácticamente nadie sabe su nombre. Su geometría limpia, su tacto preciso, la discreta coherencia formal entre todos los elementos de la serie convierten a este sistema en el ejemplo más elocuente de lo que Ricard defendía, un objeto bien diseñado no necesita llamar la atención. Su virtud es disolverse en el uso.

La inteligencia de lo ordinario

La cocina española tiene más historia de diseño de la que aparenta. Rafael Marquina resolvió en 1961 uno de los problemas más persistentes y humildes del hogar mediterráneo, el goteo de la aceitera. Con una doble cámara interior que recoge el exceso de aceite antes de que caiga sobre el mantel, la aceitera Marquina es un prodigio de ingenio funcional que sigue fabricándose y vendiéndose exactamente igual que hace más de sesenta años. Está en la colección permanente del MoMA de Nueva York. Y probablemente también en el armario de la cocina de tu abuela, tan vigente como el primer día.

La aceita de Rafael Marquina (1961).

La batidora que durante décadas ocupó las encimeras españolas bajo el nombre de Moulinex es otro de esos objetos que merecen más atención de la que reciben. Antes de que los robots de cocina se convirtieran en objetos de deseo con precio de joya, la batidora de brazo democratizó la cocina doméstica con absoluta sencillez, motor, cuchilla, mango. Sin más. La elegancia funcional que Rams identificaba como la forma más honesta del diseño industrial.

El diseñador barcelonés André Ricard decía que 'el diseño no es hacer las cosas bonitas sino hacerlas mejor que las que ya existían

Y luego está Manuel Jalón Corominas, que es tal vez el inventor español más influyente del siglo XX y uno de los menos celebrados. Ingeniero aeronáutico y oficial del ejército del aire, Jalón vio en 1956 cómo se fregaban los suelos en las bases militares norteamericanas y pensó que aquello podía hacerse mejor, con más dignidad y con menos esfuerzo. La fregona y su cubo escurridor eliminaron décadas de trabajo de rodillas, con todas las implicaciones sociales y físicas que eso conllevaba.

Pero Jalón no se detuvo ahí. En 1975 patentó la jeringuilla hipodérmica desechable de plástico, transformando la seguridad sanitaria global de manera radical. Antes de su invención, las jeringuillas eran de cristal y se esterilizaban para reutilizarse, con todos los riesgos de infección cruzada que eso implicaba. La alternativa de plástico de un solo uso eliminó el problema de raíz y salvó vidas en hospitales de todo el mundo. 

Manuel Jalón Corominas vio en 1956 cómo se fregaban los suelos en las bases militares norteamericanas y pensó que aquello podía hacerse mejor, con más dignidad y con menos esfuerzo.

Hay dos objetos que cualquier español reconoce de manera inmediata, sin necesidad de presentación. La silla escolar clásica de Federico Giner con estructura de acero tubular, asiento y respaldo de madera contrachapada, ligera, apilable, resistente, sin un solo elemento ornamental, este es el asiento sobre el que se ha sentado prácticamente toda la población española en algún momento de su vida. Fue diseñada para durar, para apilarse en los rincones, para soportar décadas de uso sin apenas queja. Es el ejemplo más democrático de buen diseño que haya producido este país.

Encima de esa silla, en el bar de siempre o en la oficina de siempre, lleva décadas brillando la misma luz. La lámpara Gira, diseñada en 1978 por Ferrer, Massana y Tremoleda para Mobles 114, la firma barcelonesa que fundaron en la calle Enric Granados sintetiza en una base, un brazo y una pantalla todo lo que una lámpara necesita ser. Un cuadrado, una línea, un cono de acero, latón, aluminio, y el movimiento de la luz que se orienta hacia donde se necesita. Y en el salón de muchas casas, en cambio, lo que hay desde 1961 es la TMC de Miguel Milá para Santa & Cole, una lámpara de pie con pantalla cilíndrica que sube y baja por el mástil mediante un sistema de imán, ganadora del Delta de Oro en el año de su nacimiento, que en su cincuentenario recibió una edición definitiva.

El futbolín tiene una historia más cargada de emoción. Alexandre Campos lo inventó durante la Guerra Civil para los niños hospitalizados que no podían salir a jugar al fútbol, inspirándose en una mesa de ping-pong y en la necesidad de llevar algo de vida normal a una infancia rota por la guerra. El exilio le impidió ver su invento popularizarse en su propio país hasta 1952, cuando encontró socio para fabricarlo en serie. Hoy es un icono de la cultura popular europea, está en muchos bares, y su origen es una historia de resistencia y ternura que nadie suele contar cuando echa una moneda y empieza a girar las barras.

El cenicero Copenhagen que André Ricard diseñó en 1965 es, en su humildad material, una pequeña lección magistral de diseño. Fabricado en melamina de una sola pieza, es el resultado de repetir con inteligencia una única figura geométrica, el cilindro en todas sus variantes funcionales, un recipiente exterior que contiene la ceniza, un cilindro interior más pequeño donde apagar el cigarrillo, una boquilla en la pared exterior donde apoyarlo. Apilable, resistente, atemporal. En una época en que el diseño de producto tendía hacia lo ornamental, Ricard apostó por la belleza que nace de lo estrictamente necesario.

En esa misma lógica de resolver bien y sin estridencias vive la estantería Tria, que Massana y Tremoleda diseñaron también en 1978 para Mobles 114 y que lleva casi cincuenta años en producción. Es el tipo de diseño que solo se nota cuando desaparece.

La silla escolar clásica de Federico Giner con estructura de acero tubular, asiento y respaldo de madera contrachapada, ligera, apilable y resistente.

Y luego está el Talgo, que es otro gran icono del diseño industrial español del siglo XX. El ingeniero Alejandro Goicoechea desarrolló en 1941 un sistema de rodadura basado en una estructura de triángulos articulados que reducía el peso del tren, suavizaba el recorrido y, sobre todo, eliminaba el riesgo de descarrilamiento al guiar las ruedas sobre la vía en lugar de dejar que la pestaña las condujera por el carril. El nombre que dieron a las siglas del proyecto Tren Articulado Ligero Goicoechea y Oriol se convirtió en sinónimo de velocidad y fiabilidad ferroviaria europea. El Talgo III RD de 1968 fue el primer tren del mundo con cambio automático de ancho de vía, lo que permitió el servicio directo Madrid-París sin transbordo en una época en que eso era un logro técnico extraordinario. En 2004, el Talgo 350 alcanzó los 356 km/h en territorio español, batiendo el récord nacional de velocidad. Sus valores fundacionales anticipación, seguridad, sencillez, economía, fiabilidad los recoge el catálogo de los Premios Nacionales de Diseño que recibió en 2003.

Enric Bernat, confitero catalán, puso en 1958 un caramelo en un palo con una lógica impecable: que los niños no se mancharan los dedos. Ese gesto aparentemente trivial creó uno de los dulces más famosos y consumidos del siglo XX. El logo redondo y floral que todos reconocemos lo diseñó Salvador Dalí en 1969, convirtiendo al Chupa Chups en probablemente el único objeto de consumo masivo con firma surrealista en la historia. Su popularidad global llegaría de la mano de la televisión, el detective Kojak, interpretado por Telly Savalas en la mítica serie americana de los setenta, aparecía en cada episodio con un Chupa Chups entre los labios en lugar del cigarrillo que fumaba en el guion original. Fue product placement avant la lettre, tan eficaz como involuntario, y funcionó mejor que cualquier campaña publicitaria pagada.

Antes de que los grandes electrodomésticos se atribuyeran la invención del hogar moderno, una mujer llamada Elia Garci Lara Catalá diseñó hacia 1890 un dispositivo doméstico que lavaba, aclaraba, secaba y planchaba la ropa en un solo aparato. Un siglo antes de que la automatización del hogar se convirtiera en argumento de marketing y en promesa de liberación femenina, esta inventora española ya había pensado en resolver ese problema con un solo ingenio. Su nombre ha caído en el olvido con la misma injusticia sistemática con que el olvido suele tratar a las pioneras que se adelantaron demasiado a su tiempo.

El logo redondo y floral que todos reconocemos lo diseñó Salvador Dalí en 1969, convirtiendo al Chupa Chups en probablemente el único objeto de consumo masivo con firma surrealista en la historia.

El diseño español que conquistó el mundo

Patricia Urquiola es la figura del diseño español contemporáneo que ha trascendido fronteras con autoridad. La asturiana afincada en Milán lleva décadas redefiniendo la manera en que nos sentamos, trabajamos y habitamos los espacios. Sus mesas, la Fjord, la Fat-Fat, la Canasta, la T-Table, son referentes ejemplares del diseño de mobiliario internacional, fabricadas por Cassina, Kartell, B&B Italia y Moroso. Urquiola trabaja en la intersección entre artesanía y tecnología, entre la tradición material mediterránea y la experimentación formal más contemporánea, con una capacidad para hacer que los objetos cuenten historias sin necesidad de explicación. Este año, la semana pasada Urquiola recibió el iF Design Lifetime Achievement Award, el premio más importante del sector a nivel global, como reconocimiento a una trayectoria de coherencia estética. Es, en muchos sentidos, la continuadora más brillante de esa larga tradición española de diseñar bien sin hacer demasiado ruido.

Lo que une a todos estos objetos, la aceitera y la fregona, el tren y el caramelo, la silla del colegio y el interruptor de la pared, la grapadora que dura cien años y la jeringuilla que salvó vidas, es que ninguno pide ser admirado. Están ahí para ser usados, y en esa renuncia a la vanidad reside su grandeza. Rams decía que el buen diseño es honesto, que no pretende ser más poderoso ni más valioso de lo que realmente es. Mirando todos estos objetos juntos, lo que emerge es el retrato de un país que ha resuelto problemas reales con inteligencia práctica, muchas veces en condiciones difíciles y sin los recursos de las grandes economías industriales europeas, y que rara vez se ha detenido a celebrarlo. El diseño español ha sido, durante décadas, exactamente lo que Rams pedía: tan poco diseño como sea posible. Quizás sea hora de empezar a verlo.

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