La portada de mañana
Acceder
Feijóo asume las peticiones de la patronal y anticipa recortes en ayudas sociales
Los líderes de la OTAN intentan construir una falsa imagen de unidad
Opinión - 'Años llamando dictador a Sánchez tienen consecuencias', por A. Garzón
Urbanismo

Un viaje por el diseño de las playas de España: el espacio más democrático de las ciudades

Playa de la Concha, Donostia.

Aurora Domínguez

8 de julio de 2026 21:25 h

0

La playa es quizá el único espacio urbano donde los límites entre lo público y lo privado se disuelven por completo. Tendida sobre la arena, la gente se comporta con la intimidad de quien está en casa y con la exposición de quien ocupa una plaza. Esa ambigüedad en la que lo colectivo es vivido como propio, convierte la playa en el lugar común más radical de la ciudad, un espacio donde la condición pública no se impone sino que se habita sin resistencia. Es una idea que el arquitecto alicantino Alfredo Payá expuso en las conversaciones recogidas en el proyecto Lecciones Inesperadas un Paseo por Alacant: conversaciones sobre el espacio público.

La playa como laboratorio de convivencia, como el territorio donde la ciudad suspende temporalmente su jerarquía.

En ningún otro lugar de la ciudad los cuerpos se ordenan con tanta naturalidad en horizontal. La arquitectura metropolitana se empeña en la altura mientras la playa baja el volumen y extiende un plano continuo donde el suelo funciona como soporte compartido. Esa escena aparentemente banal de gente tumbada, niños que corren, vendedores que cruzan la arena… Es el resultado de décadas de decisiones de proyecto. La playa urbana es un artefacto cuidadosamente diseñado, aunque se disfrace de naturaleza domesticada. El mar parece eterno. Lo que cambia es la forma en que la ciudad se acerca a él.

El límite como problema de diseño

La investigación urbanística contemporánea distingue tres grandes modelos de relación entre la ciudad y su litoral. El primero, el paseo como barrera, una frontera rígida, generalmente elevada, que segrega la arena del tejido urbano y privilegia el tráfico rodado o la vista desde los establecimientos comerciales. El segundo, el paseo como corredor, y el tercero es el paseo como interfaz permeable, un espacio intermedio con topografía rica, múltiples cotas, usos superpuestos y transiciones graduales entre el pavimento urbano y la arena.

Barcelona lo cuenta con una claridad casi didáctica. La Barceloneta fue un barrio obrero construido en el siglo XVIII para alojar a los pescadores expulsados por la Ciudadela, levantado sobre un arenal de trazado preciso y vida precaria. Durante décadas, su frente marítimo fue una franja industrial y portuaria, un muro de barracas que protegía a la ciudad de su propio mar. Solo a finales del siglo XX, cuando la ciudad se prepara para los Juegos Olímpicos de 1992 y el equipo encabezado por Oriol Bohigas junto a Josep Martorell, David Mackay y Albert Puigdomènech impulsa la gran operación de apertura al mar, ese borde opaco se replantea como fachada principal.

El resultado es un éxito de conectividad urbana que con el tiempo ha generado sus propias tensiones. Los frentes comerciales del Paseo Marítimo de la Barceloneta ocupan el espacio público con terrazas de hostelería, reduciendo la anchura efectiva del paseo para los peatones no consumidores. La presión turística ha generado una dinámica de expulsión de los usos residenciales cotidianos donde los propios vecinos del barrio utilizan el paseo cada vez menos en verano. La saturación estival concentra densidades de uso incompatibles con el disfrute tranquilo de cualquier grupo socioeconómico.

En la Barceloneta, la presión turística ha generado una dinámica de expulsión de los usos residenciales cotidianos donde los propios vecinos del barrio utilizan el paseo cada vez menos en verano.

Algo parecido, aunque a otra escala y con otra fortuna, sucede en Alicante, donde el Postiguet encaja entre el castillo de Santa Bárbara y el puerto como una cuña luminosa. Su nombre habla de un postigo, un hueco en la muralla que permitía a los pescadores del Raval Roig salir al mar sin rodeos, una puerta humilde que con el tiempo se ha convertido en el acceso más directo al Mediterráneo para quien llega caminando desde el casco antiguo. Hoy bastan diez minutos a pie para pasar de una iglesia barroca a la arena, cruzando apenas una avenida y un paseo elevado sobre infraestructuras que antes cortaban el paso.

Como señala Alfredo Payá en las conversaciones del proyecto antes citado, la playa urbana de calidad no se mide por su longitud o la blancura de su arena, sino por la facilidad con que cualquier persona, independientemente de su movilidad o su poder adquisitivo, puede llegar a ella desde el centro de su ciudad. El ancho de una acera, la posición de un paso de peatones, la rampa que permite a una persona mayor llegar al agua fácilmente, esas son las decisiones que ponen el litoral al servicio de la ciudadanía.

Si existe un referente en el litoral europeo para este debate, es el Paseo de La Concha en San Sebastián. Sus dimensiones morfológicas son conocidas, aproximadamente 1.400 metros de playa, una anchura media de 40 metros de arena, un paseo que tras la reforma iniciada en 2022 alcanza los seis metros en los tramos reformados, con bidegorri integrado para la coexistencia de peatones y ciclistas. Pero lo que convierte a La Concha en un caso de estudio es su arquitectura de relaciones.

La relevancia técnica de la barandilla de la Playa de la Concha trasciende lo ornamental, el diseño calado en hierro forjado con motivos vegetales garantiza permeabilidad visual total desde el paseo hacia la playa y el mar, y desde la playa hacia la ciudad.

La barandilla diseñada en 1910 por el arquitecto municipal Juan Rafael Alday e inaugurada oficialmente por Alfonso XIII en 1916 es el elemento más estudiado del conjunto. Su relevancia técnica trasciende lo ornamental, el diseño calado en hierro forjado con motivos vegetales garantiza permeabilidad visual total desde el paseo hacia la playa y el mar, y desde la playa hacia la ciudad. No actúa como pantalla opaca sino como filtro. La altura de 80 centímetros corresponde exactamente a la altura de apoyo ergonómico para un adulto, convirtiendo la barandilla en un elemento de contemplación activa.

Pero la calidad del paseo no se agota en ese elemento icónico. Los edificios del Ensanche donostiarra que lo flanquean mantienen una altura controlada de entre cinco y seis plantas que no bloquea la luz solar sobre la arena. La Avenida de la Libertad remata en el inicio del paseo sin ruptura de escala. Los accesos perpendiculares desde la trama urbana son frecuentes y accesibles. La combinación de piedra caliza de Deva, mármol de Carrara y piedra de Motrico establece una paleta de materiales que anclan el paseo en la identidad local sin resultar excluyentes. El resultado es lo que la investigación urbanística llama continuidad orgánica entre el tejido histórico y el borde marítimo.

El diseño invisible que lo decide todo

Detrás de ese ensayo hay decisiones de proyecto que casi no se ven y sin embargo lo condicionan todo. De la ingeniería costera dependen la forma de los espigones, la estabilidad de la arena, la capacidad de la playa para resistir temporales cada vez más frecuentes. Del urbanismo, la posibilidad de llegar en transporte público, de cruzar la avenida sin jugarse la vida, de encontrar una fuente de agua potable que no obligue a consumir en un chiringuito. Del diseño de detalle, la facilidad con la que alguien en silla de ruedas puede acercarse a la orilla, la cantidad de sombra gratuita disponible frente al despliegue de hamacas de pago.

Los indicadores técnicos que miden esa calidad son precisos. Una anchura libre de paseo inferior a cuatro metros es un umbral crítico, por debajo de esa cifra, el cruce fluido en alta afluencia se vuelve imposible. Una relación entre la altura del edificio y su distancia a la playa superior a uno genera efecto de cañón y destruye la percepción de amplitud. Una superficie de sombra en el paseo inferior al 15% a las 13:00 horas en julio, como la que registra la Malvarrosa, convierte el espacio en inhabitable para quienes más lo necesitan. La accesibilidad universal a la arena exige pasarelas con pendiente máxima del 8% y anchura mínima de metro y medio. Nada de esto es costoso ni técnicamente difícil. La Malvarrosa, en Valéncia, ilustra otro tipo de fracaso: el paseo como corredor lineal autónomo desconectado del tejido urbano. Sin arbolado eficaz, con temperaturas superficiales de pavimento que alcanzan valores de disconfort térmico severo en verano, con accesos perpendiculares escasos y discontinuidades en la accesibilidad universal.

La Malvarrosa, en Valéncia, ilustra otro tipo de fracaso: el paseo como corredor lineal autónomo desconectado del tejido urbano.

La Playa de Levante en Benidorm representa el extremo opuesto. Antes de la intervención de OAB (Office of Architecture in Barcelona), el paseo tenía menos de un metro de anchura efectiva para peatones, bordeado por una calzada de tráfico con aparcamiento lineal. Las fachadas de rascacielos a escasos metros de la línea de arena generaban efecto de cañón y sombra masiva sobre la playa en las horas del mediodía de verano. Los pavimentos de mármoles de colores, de aspecto lujoso, resultaban funcionalmente inadecuados.

La intervención de OAB mejoró la escala del paseo mediante una pasarela de madera a nivel de playa, una doble alineación de palmeras y una iluminación nocturna de escala humana. Pero no resolvió el problema estructural ya que la densidad edificatoria de las torres permanece, y la democratización del espacio sigue siendo limitada porque la oferta hotelera domina el frente y expulsa los usos residenciales cotidianos.

Cádiz, Santander, Málaga: variaciones sobre el mismo tema

Si uno sigue la línea de costa hacia el Atlántico, la historia se repite con variaciones. En Cádiz, la playa de la Victoria abre una franja continua de arena frente a la ciudad extramuros de tres kilómetros de litoral donde el paseo marítimo funciona como balcón corrido y el mar se convierte en fondo cotidiano de los bloques de viviendas, los bares y los hoteles que colonizaron ese borde a partir de los años sesenta. La imagen de postal convive con la memoria de una urbanización acelerada que ocupó casi sin transición lo que durante siglos había sido un territorio inestable de dunas y marismas.

Málaga ha convertido la Malagueta en un manual abreviado de cómo una playa urbana puede funcionar como plaza lineal.

En Santander, el Sardinero recuerda su pasado aristocrático con casinos y hoteles mirando al Cantábrico. Pero el gran arco de arena y el paseo con barandilla se han convertido con el tiempo en extensión del día a día para quienes viven y trabajan en la ciudad. “Bajar al Sardinero” es bajar a la plaza del pueblo. La memoria de clase sigue inscrita en la arquitectura, pero el uso cotidiano ha ido desbordando esa huella, apropiándose de un paisaje que ya no pertenece a una temporada ni a un grupo social concreto.

En el otro extremo de la península, Málaga ha convertido la Malagueta en un manual abreviado de cómo una playa urbana puede funcionar como plaza lineal. También a diez minutos del centro, bajo un paseo de palmeras y un flujo continuo de gente que camina, el valor del lugar está en la posibilidad de salir del trabajo en el centro histórico, cruzar apenas dos avenidas y estar tocando el agua en un cuarto de hora.

La democratización del espacio litoral

Los frentes marítimos exitosos comparten varias características estructurales, una relación de continuidad histórica con el tejido urbano que evita la ruptura de escala, elementos de borde de alta transparencia visual que construyen umbrales, materiales de pavimentación con identidad local, secciones transversales que permiten la coexistencia de usos y velocidades, y una gestión activa de la sombra que hace el espacio habitable durante todo el año.

El paseo marítimo que sirve solo al turismo de verano ha fracasado como espacio público. El que sirve también al jubilado que camina en enero, al ciclista que cruza en mayo, al niño que baja a la playa descalzo en agosto y al vecino que lee en un banco en octubre, es el espacio litoral democrático, y su diseño es posible, demostrable y replicable.

Etiquetas
stats