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Manual breve para fracasar dignamente en este 2026

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Si pudiera darles sólo un consejo para este año que empieza no sería disciplina, ni éxito, ni dinero: sería que se hagan un propósito propio. No uno perfecto ni heroico ni útil ni exhibible; uno que sólo tenga sentido para ustedes. Yo no sé muy bien qué haré con los míos —cada año cambio alguno, abandono otros y alguno que parecía absurdo termina convirtiéndose en dirección.

Y aquí viene lo incómodo: no creo demasiado en los consejos. No hay evidencia convincente de que cambien a nadie. Tampoco hay evidencia de que los propósitos funcionen; lo más consistente que sabemos es que la mayoría fracasa antes de que los turrones se derritan. No porque falte voluntad; si desear fuera suficiente, ya estaríamos todos calmados, con la vida ordenada y contestando mensajes a tiempo. Yo también.

La vida, en cambio, interrumpe nuestros planes. Y suele hacerlo en días que ya venían complicados. Lo he visto muchas veces en los demás y demasiadas en mí.

En teoría, aquí debería terminar el texto. Sería un cierre honesto: los planes fracasan, la culpa molesta y enero nos deja sintiéndonos insuficientes. Pero no sería completo. Falta algo que no cabe sólo en el cinismo.

Y sin embargo, hay algo que desarma esa mirada. A pesar de todo, la gente sigue intentándolo. Se hacen planes, fallan, se reajustan, se abandonan, reaparecen y vuelven a empezar con otro nombre. Yo también. Ese gesto nada épico —tan poco rentable, tan poco heroico y tan mal iluminado— es, curiosamente, esperanzador. No porque garantice éxito, sino porque sostiene una forma silenciosa de dignidad.

Así que no voy a dar consejos. Voy a hacer algo más modesto: recordar cosas que solemos olvidar. Cosas que yo también olvido.

Como empezar cansados. La energía rara vez llega antes; normalmente llega después, si es que llega.

Compararse menos. Las vidas que observamos desde fuera nunca enseñan sus fregaderos.

Descansar antes de romperse. El cuerpo avisa mucho antes que la cabeza, pero solemos escucharlo tarde, cuando ya hay ojeras, platos sin fregar y una pila de mensajes por responder.

Cuidarse sin pedir permiso. Que no es hacerse un spa, sino pedir una cita médica, comprar fruta o decir “no me da la vida para esto” sin preparar un discurso justificatorio.

Celebrar lo pequeño. La ducha que por fin tocó. La cama tendida. La lavadora puesta. El mensaje enviado después de tres días de postergarlo. La comida caliente que no fue a toda prisa.

Dejar espacio a la alegría tonta. La que aparece cocinando algo sencillo, escuchando una canción absurda o bailando dos segundos mientras se dobla la ropa.

Pedir ayuda incluso cuando no sea grave. A veces la gravedad no se mide en eventos, sino en soledades: acompañar al médico, hacer un recado juntos, hablar cinco minutos desde la puerta.

Tener paciencia con lo que tarda. Los cambios importantes se mueven como la administración pública: lentos, burocráticos y sin notificaciones.

Soltar un centímetro del pasado. No porque ya no duela, sino porque cargar eternamente también estropea la espalda.

Permitir que los propósitos cambien. La verdadera dirección a veces sólo aparece cuando abandonamos la primera idea.

Elegir una persona con quien se pueda estar en silencio sin sentirse evaluados. Eso sostiene más que muchas herramientas que prometen productividad.

Los propósitos pueden fallar —y es bastante probable que lo hagan—, pero rara vez es el fracaso lo que más duele. Lo que duele es cómo nos hablamos después: esa voz que exige, compara y sentencia en los ratos en los que nadie nos está mirando. Yo la conozco bien. Muchos de ustedes también.

2026 no será perfecto. Ningún año lo es. Hay días que salen como uno quiere y otros que se descarrilan sin previo aviso, a mitad de una mañana cualquiera. Muchas cosas importantes ocurrirán en lugares sin prestigio: en una guagua atascada, en una cita médica rutinaria, en un pasillo del trabajo, en una llamada breve o en un banco mientras esperamos a alguien que llega tarde. Casi nunca en los lugares donde se supone que ocurren las cosas importantes.

No todo es mejorar. A veces no abandonarse ya es un avance discreto. A veces quedarse es la manera más decente de seguir.

Pero volvamos a ustedes, porque así empezó todo: con un propósito propio. Es muy probable que no salga. Es muy probable que se deshaga antes de febrero. Es muy probable que se convierta en un recordatorio silencioso de que queríamos ser mejores y no nos dio el tiempo, la energía o las ganas. Eso pasa todos los años. A casi todo el mundo.

Lo irónico es que, aunque falle, sigue teniendo valor. No mejora nada, no cambia el mundo, no nos vuelve más productivos ni más interesantes, pero da rumbo. Y el rumbo —aunque sea mínimo, aunque no llegue a ningún sitio, aunque nadie lo vea— suele ser mejor que quedarse quieto mirando el calendario como si fuera un enemigo.

Al final del año nadie va a pasar lista de lo que hicieron o dejaron de hacer. La vida no examina así. Lo único que suele importar es si nos acompañamos un poco mientras fracasamos. Con eso basta para que el año no sea insoportable. Y aunque falle, aunque quede a medias, aunque dure poco, un propósito propio sigue diciendo algo decente de nosotros: que todavía intentamos algo que no nos pidió nadie.

PS: Las estadísticas están en contra. La dignidad, no tanto.

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