Un Parlamento exclusivamente de derechas (y extrema derecha) y otras claves de las elecciones en Hungría
Escribo esta newsletter en el avión de regreso de Hungría, donde he estado cubriendo las elecciones generales. Los ciudadanos han puesto fin a un reinado de 16 años en los que Viktor Orbán ha hecho prácticamente lo que ha querido gracias a sus supermayorías de dos tercios en el Parlamento. Tengo la sensación de haber vivido una jornada histórica. La celebración del domingo en Budapest fue una locura y el lunes por la mañana aún continuaban los abrazos emocionados.
Es curioso ver como analistas, medios opositores y todos los votantes críticos con Orbán y su partido, Fidesz, hablan de “cambio de régimen”. Muchos de los jóvenes con los que he hablado han vivido toda o prácticamente toda su vida bajo el Gobierno de Orbán. Este es su momento 1989 —cuando cayó el comunismo y Hungría puso en marcha su transición— y lo dicen abiertamente. Saben que Magyar es conservador y que viene de Fidesz, pero su figura no es tan importante. La misión superior era expulsar a un líder autoritario y volver a democratizar el país.
La anomalía húngara
Las elecciones del domingo dejan una situación bastante particular. Probablemente única en Europa. En el Parlamento húngaro solo existe la derecha. 100% de fuerzas conservadoras. Está la derecha de Tisza, liderado por Péter Magyar, que gobernará con comodidad; la extrema derecha de Fidesz, con Viktor Orbán a la cabeza; y la extrema extrema derecha de Mi Hazank. No es que no haya fuerzas de izquierdas, es que ni siquiera hay liberales.
“Es el único ejemplo donde ocurre esto tan claramente”, me decía el analista Romain Le Quiniou, director del think tank Euro Créative, desde Budapest. “Hay un componente histórico por el que la izquierda no es muy fuerte en los países de la región y, cuando lo son, se trata de formaciones con un tono conservador, como es el caso de Robert Fico, en Eslovaquia, que lidera un partido socialista muy conservador; el Partido Socialista en Rumanía, también muy conservador en sus valores, o el de Bulgaria”.
“El legado del rechazo al comunismo ha llevado al rechazo de cualquier tendencia de izquierdas, sean fuerzas poscomunistas o no”, explica Le Quiniou. “En el caso específico de Hungría, el partido de centroizquierda cultivó un fuerte rechazo por la figura de su antiguo líder y ex primer ministro, Ferenc Gyurcsány —y cuya exmujer, Klára Dobrev, también era candidata en estas elecciones—. De hecho, él es una de las razones por las que Orbán tuvo tanta popularidad en 2010”. En su época como primer ministro, una filtración reveló que Gyurcsány reconocía que había mentido a la población sobre el estado de la economía del país.
“Por último, Péter Magyar ha conseguido destruir a los partidos de la oposición, incluido la Coalición Democrática de centroizquierda, y unir de facto a todas las fuerzas porque tenían que apoyarle en su lucha contra Orbán. Hungría, en términos generales, es una sociedad conservadora y no hay mucho espacio para ideas de izquierdas. Por eso los críticos con Orbán que han tenido éxito esta vez vienen de su propio partido, como Péter Magyar, o de más a la derecha, como Mi Hazank. Ocurrió lo mismo en el pasado con Jöbbik, que nació como una oposición a la derecha de Orbán”.
Más que un giro ideológico, estas elecciones simbolizan la derrota de un sistema político: el orbanismo.
Un sistema feudal
Tradicionalmente, el mapa electoral de Hungría fue todo naranja Fidesz menos una pequeña isla azul opositora en la capital. Eso ha cambiado. El mapa se ha teñido de azul, aunque algunas regiones siguen siendo bastiones de Fidesz.
Una de las cosas que más me ha impactado en esta cobertura ha sido el viaje a Tiszabo y Tiszabura, dos pequeños municipios entre los más pobres del país —de algo más de 2000 y 3000 habitantes respectivamente— y bastiones de Orbán. El primer ministro se ha pasado 16 años construyendo prácticamente un sistema feudal con las comunidades más pobres.
Sus habitantes me reconocían abiertamente que votaban al candidato de Fidesz porque les daba comida y el alcalde, trabajo. “Si doy, recibo. Si voto a Fidesz, recibo algo de vuelta: puedo salir más temprano o me suben el salario, por ejemplo. Si votara a otro candidato, podría generar un conflicto en la comunidad”, me decía József, de 20 años.
También son víctimas de la propaganda de los canales y emisoras nacionales, los únicos que llegan a estas zonas rurales y que están totalmente controlados por el Gobierno o sus amigos. Todos con los que hablé, menos uno, estaban convencidos de que si ganaba Tisza, se llevarían a sus hijos a la guerra de Ucrania.
No encontré a nadie que me dijera que iba a votar a la oposición y, efectivamente, Orbán sigue siendo el más votado en los 10 municipios más pobres del país. En Tiszabo solo ha perdido un punto, del 99% al 98%, aproximadamente. Sin embargo, en una foto más amplia, la situación sí ha cambiado bastante. En Tiszabura, Orbán recibió el 93% de los votos en 2022 y ahora apenas supera el 76%. Otros de la lista de los 10 más pobres también han mostrado grandes cambios. Es el caso de Istvándi, que pasa de un 90% a un 65,4%, o Nemesdéd, que pasa de un 90% a un 70%.
A diferencia de las elecciones pasadas, ya no existe ningún pueblo 100% Orbán.
La transición
Me decía Bálint Ruff, uno de los estrategas políticos y analistas más conocidos del país, que una victoria de Tisza sin mayoría cualificada de dos tercios “sería como una derrota”. La clave no era si Péter Magyar sería primer ministro o no, sino si sería capaz de gobernar. Orbán ha levantado su sistema gracias a esa supermayoría que le ha permitido someter a los medios, al poder judicial, reformar a su gusto la ley electoral y realizar hasta 15 enmiendas a la Constitución.
Algunos comparan la situación con la caída del partido ultra PiS en Polonia, y eso que estuvo en el poder la mitad de tiempo que Fidesz, no fueron tan estratégicos y Péter Magyar no tiene la experiencia de Donald Tusk. El primer ministro electo ha pedido una “transición corta” y se dirigía este lunes al presidente de la república llamándole “marioneta” y exigiendo su dimisión. Otros de esos “pilares del régimen” de los que Magyar quiere deshacerse son: el presidente del Tribunal Constitucional, el fiscal, el presidente de la oficina judicial, el director de la Autoridad de Comunicaciones… “Si ustedes no dimiten voluntariamente, les despediremos”, advertía.
Magyar también ha asegurado que limitará el número de mandatos a dos (ocho años) y que creará la Oficina para la Recuperación de Activos para la investigación de los grandes casos de corrupción. Estuve en el pueblo natal de Orbán, Felcsút, que se ha convertido en uno de los grandes símbolos de su régimen corrupto (y donde, por cierto, Orbán ha vuelto a ganar, pero dejándose unos 20 puntos en el camino). Pegado a la pequeña casa donde se crio y que utiliza para mostrar su humildad, hizo levantar y un inmenso estadio de fútbol del equipo creado por el propio Orbán y que tiene capacidad para acoger al doble de la población total del pueblo pese a que apenas tiene arraigo y afición.
El presidente del club es, Lorinc Mészáros, un amigo suyo del colegio que acabó como alcalde de Fidesz del pueblo, periodo en el que acumuló una riqueza ingente hasta convertirse en el hombre más rico del país. Muy cerca de allí se encuentra el palacio secreto de los Orbán, apodado el “pequeño Versalles” —donde incluso se han visto cebras y otros animales exóticos como toros de la raza africana Ankole-Watusi—, y un lujoso club de golf propiedad del padre de Orbán y gestionado por Mészáros y el yerno del presidente. A las afueras del pueblo, el exalcalde se está construyendo una inmensa mansión a años luz del resto de casas del municipio.
“No es normal que en 10 años Mészáros se hiciera más rico que la familia real británica en cuatro siglos”, decía Magyar este lunes. Sin embargo, insistía en la importancia de una investigación con garantías: “No vivimos en el comunismo en el que se podía enviar a alguien a prisión sin una sentencia”. Será muy difícil tratar con esa élite económica que lleva años dirigiendo la economía.
La extrema derecha mundial, de luto
Pese a las inmensas diferencias, tensiones y contradicciones de la internacional reaccionaria, un elemento era capaz de unir a todos ellos: Viktor Orbán. Por eso se volcaron con el profeta de la extrema derecha. Trump, Netanyahu, Milei, Le Pen, Meloni, Abascal, la extrema derecha alemana, la austriaca… Todos. Fueran o no de la misma familia política, la extrema derecha europea acudió a socorrer al gran profeta ultra.
“Orbán es el representante de lo que él mismo bautizó como iliberalismo y ha liderado la construcción de ese modelo. Se ha constituido como una suerte de faro ultraderechista en contra de la UE”, explicaba Franco Delle Donne. Pero lo suyo no era solo apoyo y referencia ideológica, sino también material.
“En estos 16 años, Orbán ha gastado mucho tiempo, dinero público y energía posicionándose a sí mismo y a Hungría como la referencia de la internacional iliberal. Ha creado think tanks, ONG, ha cerrado universidades, ha forjado redes y ha invertido mucho en crear lo que Gramsci llamó hegemonía cultural. Esta narrativa se ha expandido más allá de Hungría y ha llegado hasta el otro lado del Atlántico”, señalaba Carsten Schneider, politólogo y rector de la Central European University, perseguida y cerrada por Orbán en 2017.
Vox, por ejemplo, recibió siete millones de euros de un banco húngaro bajo control del Gobierno para financiar la campaña de las elecciones europeas de 2024. Antes, ya había recibido otros 6,7 millones para sufragar la campaña de las generales de 2023. La formación alegaba que los bancos españoles le negaban la financiación.
Es difícil imaginar que su caída no tenga impacto en el movimiento ultra.
Quién es Magyar y qué cabe esperar
“Magyar es de ese grupo social que estaba destinado a apoyar Fidesz”, me dice Ruff. Clase media acomodada, cristiano practicante y criado en los últimos años del comunismo. Se unió al partido en 2002 y, aunque siempre estuvo en segunda fila y fue prácticamente un desconocido, no rompió con Orbán hasta 2024 para crear su propia formación, que se unió al Partido Popular Europeo.
“Magyar era parte del régimen de Fidesz y ganó algo de credibilidad cuando empezó a cambiar de bando y revelar cosas que la gente sabía, pero que no había escuchado de manera tan clara”, dice Schneider. Para Ruff, la pregunta del millón es: por qué no rompió hasta 2024.
Aparte de la lucha anticorrupción y el desmantelamiento del orbanismo, en política exterior ha dejado varias cosas claras: mano dura con la migración, pragmatismo con Rusia, no enviar armas a Ucrania y no participar en el préstamo de 90.000 millones de la UE a Kiev, recuperar los fondos congelados por Bruselas, acercarse de nuevo a Bruselas, volver a unirse a la Corte Penal Internacional y diversificar el suministro energético. “Esto no significa que cortaremos por completo [con Rusia], pero haremos lo posible para diversificar”, decía en una rueda de prensa este lunes
Durante la rueda, uno de sus asesores interrumpió al primer ministro electo para pasarle nueva información. Péter Szijjártó, el actual ministro de Exteriores en la diana por sus conversaciones filtradas con su homólogo ruso en las que le pasaba información confidencial de las reuniones de la UE, estaba en el Ministerio de Exteriores y estaban destruyendo documentos. “La destrucción de documentos ha empezado, como en el antiguo régimen”.
Tienes que ver y leer...
Epidemia Ultra. del fascismo europeo a Silicon Valley: anatomía de un fenómeno que está conquistando el mundo, un libro de Franco Delle Donne. Es un análisis de todo el mundo ultra desde sus distintas artistas y da una imagen muy completa y preocupante de cómo piensa, opera y se organiza la extrema derecha. Delle Donne dedica todo un capítulo a Orbán.
Y si puedes leer inglés, te recomiendo ver este documental: El precio de un voto, que revolucionó la campaña electoral por sus revelaciones tan solo días antes de la votación.
Gracias por llegar hasta aquí.
¡Hasta la semana que viene!
Sobre este blog
1