En busca de un votante de la oposición en los pueblos de Hungría en los que Orbán recibe el 99% de los votos
En el corazón de la gran llanura húngara, a unos 150 kilómetros al este de Budapest, el horizonte se pierde entre tierras agrícolas con algún pequeño núcleo de población muy lejos del siguiente. A orillas del río Tisza, un inmenso afluente del Danubio, se asienta el pueblo de Tiszabo, un pequeño municipio de algo más de 2.200 habitantes en el que Viktor Orbán recibió el 98,77% de los votos en las elecciones generales de 2022.
A unos 25 kilómetros río arriba se encuentra Tiszabura, otro municipio algo más grande, de unos 3.000 habitantes, en el que Orbán recibió el 92,7% de los votos. Ambos están entre los más pobres de todo el país. A años luz de la localidad natal del propio primer ministro y del palacio secreto de los Orbán, convertido para muchos en símbolo de la corrupción del régimen.
“Orbán es un héroe y siempre lo ha sido. Fidesz, siempre. Todo el mundo está con Orbán y este domingo volverá a ocurrir lo mismo”, dice una mujer mientras espera el autobús en Tiszabo. “Hay un programa de trabajo y el 99% trabaja aquí. Han traído una guardería, un parque, un vivero...”, añade.
Un conocido politólogo húngaro que prefiere no revelar su nombre señala a elDiario.es que “se trata de un sistema feudal que han estado construyendo durante 16 años”. “Aquí están las regiones más pobres de Europa. Son los más vulnerables”, señala el analista, que explica su anonimato porque existe mucho miedo en el ámbito de la oposición a posibles campañas de difamación a pocas horas de una de las elecciones más importantes desde la transición del comunismo. “Solían ser bastiones socialistas antes de 2010 y poco a poco viró hacia Fidesz a medida que se convertía literalmente a la servidumbre”.
“El candidato de Fidesz nos ha dado un paquete de comida por Pascua con jamón, queso...”, dice Zoltan apoyado sobre los restos de un coche totalmente desguazado. En la misma línea se expresa József, de 20 años: “Mi hermano trabaja para el Ayuntamiento y son de Fidesz. Entonces obviamente yo debo hacer lo mismo. Si votará a otro candidato, podría generar un conflicto en la comunidad”, explica el joven que recibe trabajos del Ayuntamiento para cortar el césped, acompañar a mayores en el autobús para renovar sus documentos y otro tipo de encargos puntuales.
“Trabajo en el servicio público y el alcalde se preocupa por mí. No es que nos esté amenazando ni nada de eso. Si doy, recibo. Si voto a Fidesz, recibo algo de vuelta: puedo salir más temprano o me suben el salario, por ejemplo”, dice József.
Iványi Gábor, reconocido expolítico y líder religioso húngaro opuesto a Orbán y conocido por su red de apoyo social a los pobres señala: “Es como si fueran esclavos. Los esclavos no pueden tener opinión propia y por un kilo de patatas ponen la 'x' donde diga Fidesz”.
Apoyado sobre su rastrillo mirando el humo negro de la basura que está quemando junto a su casa, Bence dice: “Tisza no nos ofrece ninguna alternativa u oportunidad para seguir viviendo. Al menos según se ve en la televisión. No garantiza nada para que podamos sobrevivir personas tan pobres como nosotros. Fidesz da mucho trabajo”.
La segregación es otro elemento importante. Una inmensa mayoría de la población en ambos municipios son romaníes, que en total constituyen aproximadamente un 8% de la población. Ese sistema cuasifeudal ha hecho que la mayoría de esta comunidad vote por Fidesz, el partido de Orbán, obviando las políticas del gobierno que han reforzado la segregación y las expresiones racistas del Gobierno.
En febrero, un peso pesado del Gobierno de Orbán, János Lázár, actual ministro de Transporte y diputado de la formación desde hace 24 años, tuvo que pedir perdón abiertamente por sus declaraciones racistas. “Si no hay inmigrantes, alguien tiene que limpiar el baño del tren, puesto que los votantes húngaros no se pelean precisamente por apuntarse a limpiar la mierda de otros en los baños de los trenes. Entonces tendremos que recurrir a las reservas internas. Y por reservas internas me refiero a la población gitana de Hungría”, dijo.
“Fue un malentendido, no quería decir eso y pidió perdón”, dice la mujer romaní mientras espera el bus. No parece haberle influido mucho el ataque del ministro de Orbán. Es más, ataca al líder opositor: “Péter Magyar es un racista de mierda. No le gustan los romaníes ni ninguna minoría”. Mirando al suelo, Zoltan expresa una idea similar: “Estamos bien en nuestro pequeño mundo. A los gitanos no nos hacen daño”.
Las expertas Vera Messing, investigadora sénior en el Democracy Institute de la Central European University especializada en desigualdad, y Zsuzsanna Arendas, investigadora en el Centre for Social Sciences de Budapest, argumentan que esas declaraciones del ministro no fueron un error, sino que esconden “un programa político en una sola frase”.
En primer lugar, reafirma la postura contra la migración. En segundo lugar, habla de una suerte de ejército local de reserva deshumanizado para las labores en la base de la pirámide. “Lázár ofreció un guion de campaña diseñado para el electorado de derechas que quiere fronteras cerradas, un orden social jerárquico restablecido y cuestiones sociales incómodas resueltas con una única imagen vulgar”, señalan las autoras en un artículo en Social Europe.
Si los resultados son ajustados, el papel de la comunidad romaní puede ser fundamental y algunos expertos han señalado que puede producirse un cambio en su voto respecto a las últimas elecciones.
Víctimas de la propaganda
Orbán ha forrado la capital de carteles con el rostro de imágenes de Péter Magyar y el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, simulando una suerte de ficha policial y con el letrero: “Peligro”. En estos pueblos pobres de la gran llanura ni siquiera hacen falta carteles. No hay prácticamente ningún anuncio electoral, pero prácticamente todos los vecinos consultados creen que si gana Tisza, les arrastrarán a la guerra.
Ese es el marco discursivo que ha construido Orbán y al único al que están expuestos los residentes en Tiszabo y Tiszabura, donde solo llegan los canales y emisoras nacionales, todos bajo control de Fidesz.
Sentados sobre la puerta de su casa llena de chatarra mientras sacan a pasear a un grupo de gansos, un matrimonio mayor habla de la invasión de Ucrania. “Si gana Fidesz probablemente evitemos la guerra, aunque no es seguro, pero si gana Tisza, nos llevarán a la guerra. Tampoco se van a salvar de la guerra los chavales que voten a Tisza”, dice convencido el hombre.
La realidad es bien diferente. Orbán ha retratado a Magyar como una marioneta de Bruselas y Ucrania. Aunque Magyar ha mostrado su deseo de aproximarse a la UE y ha identificado a Rusia como el agresor, el líder opositor se opone a una entrada rápida de Ucrania en el bloque comunitario y rechaza enviar armas.
“¿Sois de Tisza?, pregunta Erzébet, de 73 años. ”Tened cuidado de no dejar que se lleven a vuestros hijos a la guerra“, añade inmediatamente.
“La pegunta es qué es mejor: que me lleven a la guerra o votar a Fidesz y vivir con normalidad”, dice József.
El pilar de la campaña de Orbán ha sido su oposición a la UE y Ucrania. “Europa se ha dirigido a la guerra. Lo pagaremos”, dijo en un mitin reciente el primer ministro. “La guerra es inminente, peligrosa y llama a nuestras puertas. Tenemos que elegir entre guerra o paz”, dijo en otro evento. Su partido incluso ha difundido vídeos realizados con inteligencia artificial en el que ciudadanos húngaros son reclutados a la fuerza para luchar en la guerra con Ucrania y acabar fusilados.
Un padre y sus hijos cuentan desde el otro lado de la valla que ellos no creen en la política y que no van a votar. “Prometen todo y no hacen nada. No va a cambiar nada”, dice el padre. “No me creo que Tisza vaya a llevarnos a la guerra, estamos en Europa y estamos seguros”, añade.
“Orbán ha conseguido a los jubilados con las pensiones, a los jóvenes con subsidios y ayudas para las casas y a los agricultores”, dice el hombre, que no quiere dar su nombre. “No es porque mi opinión sea diferente al resto de vecinos. Simplemente no quiero”, explica.
Frente a la tienda de comestibles, otro hombre sostiene: “Realmente no sabemos nada de lo que ofrece Péter Magyar. Si supiéramos algo más, quizá sería diferente”. Otro le contesta gritando: “¡Orbán no deja que entren migrantes, ofrece seguridad y no nos meterá en la guerra! Tiene 22 años de experiencia y sabe qué hacer. Magyar, no”.
“Antes era el migrante el que te iba a quitar todo y ahora, durante cuatro años, ha sido la guerra. Están muy cerca de la frontera con Ucrania y el mensaje ha calado en algunas poblaciones”, dice el analista político que, aun así, augura que la situación electoral en los pueblos 100% Orbán va a cambiar“.
Sin embargo, en Tiszabo y Tiszabura no fue posible encontrar un solo votante contrario a Fidesz y Viktor Orbán. Al menos públicamente.
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