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Nevera vacía

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ROMÁN

Estos días he hablado mucho con otros de la importancia suprema de la nevera para cuidar y conservar las ideas, las felices y las malévolas, y hasta para congelar aquellas que se presentan atrevidas pero aún son como diamantes sin pulir. Las ideas, sí. Hoy, camino del lugar donde escribo, me quedé sin ellas, que mi madre, sin previo aviso, vació el congelador completo por esa manía que tienen las mamás de tenerlo todo como los chorros del oro. Mal asunto.

Cuando llegué a casa de Evelia, me fui al congelador y tiré de la tapa: ¡horror!, no hay nada dentro, ni gota de agua. Mi madre había aniquilado todas las ideas. Por ello no me quedó más remedio que tirar de sustancia fresca, que coger el fruto de la reflexión forzada, la inmediata, la que fluye sin más…, y de rebobinar y agarrar desechos del día. Y lo hice. ¡Qué remedio había si mi madre se atrevió a descongelar todas las ideas sin previo aviso!

Cuando llegué a casa de Evelia, me fui al congelador y tiré de la tapa: ¡horror!, no hay nada dentro, ni gota de agua

Sin nada a lo que agarrarme, tiré de experiencia y pensé que este cuento podía empezar con algo diferente de un “érase una vez…”, y de esta manera, a partir de esa absoluta minucia, advertí que bastaría con decir que me había tirado al vacío desnudo y sin intención de tocar fondo, y que el vacío era el creado por un agujero negro, y que en dirección a la nada me tropecé con mucha chatarra: palabras inútiles, insultos atrapados por la gravedad, objetos inservibles y personas diabólicas y ruines que ya lo tendrían muy difícil para escapar de tal sumidero…

Todos esos desechos me produjeron un gran pánico e inmensas ganas de salir corriendo para escapar de tanta porquería. Pero iba a ser difícil recuperar la otra vida porque la gravedad plantearía una dura batalla. No importaba. Había que intentarlo de todas maneras. Y con esa voluntad extrema, la de quedar a salvo, me agarré de una palabrota, alcancé a una persona ruin y escalé poco a poco con la ayuda de esos peldaños basura hasta el descansillo final.

Ya estoy fuera de tanta mierda, pero ahora la ciudad huele a refinería. Sin tal atmósfera apestosa, el día hubiera sido perfecto.

Historia publicada en el compendio de cuentos y otros textos llamado Policromía.

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