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Pasaje de México

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a

Prisioneras sin razón de ser

que acostumbran a volar sin alas

[...]

Otro imbécil para recordar

que siempre les ha ido mejor solas

Y cuando todo dé igual

México será la gloria.

No necesitarán más

que algo de alcohol y una pistola.

Travis Birds

-¿Crees que ahora sonará Leiva en el hostal? -me preguntó Julia.

Estábamos en el aeropuerto de vuelta a casa y sonreímos al pensar que tal vez sí. Dani era el recepcionista de nuestro primer hostal. Fan confeso de Sabina y del ron le recomendamos a Leiva para sus próximos huéspedes. “Parece que tienen buen gusto, así que prometo escucharlo”, nos aseguró. De Dani también nos llevamos sus pies descalzos en cualquier bar. “Tengo dos pares de zapatos, pero nunca los uso”, nos contó. Aquel lugar nos devolvió a la vida con ganas de no tener planes más allá de un par de cervezas a la orilla de la laguna y nos entregó baños al amanecer.

Antes de llegar esperé a Julia en la terminal 4 de Heathrow. Estuve sentada al lado de un cajero automático durante un par de horas mientras leía sobre la esclavitud en Mauritania y los derechos de las mujeres en Afganistán. Hacía dos días que me habían robado el móvil en Madrid entre tequila del malo y pensé lo triste que era preocuparse por algo tan banal. Entonces, inmiscuida en aquellos artículos, no pude más que confirmar mi sospecha. Cortázar decía que cuando te regalan un reloj “te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa”. Supongo que ese no es el problema, sino sentir que, después de todo, tu desconfianza hacia los demás es un poquito mayor de lo que era ayer.

Entre mis elucubraciones, llegó Julia. Traía una sonrisa enorme y unas ganas inmensas de viajar. Estuvimos once horas en aquel avión y, cuando ya eran las dos de la tarde para nosotras, ni siquiera habíamos visto el sol. Es una sensación extraña pensar que basta con subirse a uno de eso aparatos para acercarse tanto a unos y dejar tan atrás a otros. Al fin y al cabo viajar es como meterse en una cápsula del tiempo e inventar una nueva era en la que ni siquiera tú sabes quién eres o cómo vas a comportarte.

Lo que más aprecio de estar en un lugar desconocido es que hay que agudizar el deseo de no sufrir y eliminar los prejuicios. Andar por donde te dijeron que tal vez era mejor no ir, subirte a un taxi y quedarte con las ganas de preguntar siempre más (“es que es periodista, se excusaba Julia), tener la calma suficiente para no pensar cuándo te vas, fotografiar cualquier cosa extraordinariamente cotidiana en tu ciudad, asombrarte por los detalles, hablar con extraños…

De México no solo nos llevamos el recuerdo de unas carreteras infinitas, sino el recorrido que supone valorar el tiempo. La paciencia y las sonrisas. La amabilidad tímida, la tez morena, una (tal vez más) Modelo Especial, los tacos de Barbanegra, un cenote solitario, el color del Caribe, el tequila en grandes dosis, una boda con amor infinito, todas las primeras veces, el mezcal. De México nos llevamos a Andrés, a todos los desconocidos, despertar con resaca. De aquel país no solo nos llevamos su recuerdos, sino su historia y las huellas de esta; la certeza de que viajar es siempre y para siempre.

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