La portada de mañana
Acceder
Un pacto entre Podemos y el Frente Amplio duplicaría sus opciones
Relatos desde las barricadas estudiantiles en Francia
Opinión - Elecciones con el enemigo en casa, por Rosa María Artal

La fosa más grande de Aragón vuelve a abrirse: las balas de pequeño calibre que cuentan cómo fueron los asesinatos

La tierra vuelve a abrirse en el cementerio de Ejea de los Caballeros. La segunda fase de los trabajos de exhumación de la fosa común en la que se estima que se hallan cerca de 165 personas asesinadas ha permitido recuperar ya 20 cuerpos. El equipo de arqueólogos y antropólogos forenses continuará trabajando hasta finales de octubre con un doble objetivo: terminar de recuperar los restos del espacio que ya había sido abierto y avanzar en un segundo tramo del enterramiento, del que todavía no se sabe cuántas personas puede contener. 

La cifra convierte esta intervención en una de las actuaciones de recuperación de represaliados más importantes que se están desarrollando en Aragón. Los sondeos realizados en noviembre de 2024 ya habían mostrado la dimensión de lo que podía esconder el cementerio: las cinco catas abiertas dieron resultado positivo y en todas ellas aparecieron cuerpos. En una llegaron a contabilizarse al menos siete víctimas en un espacio de apenas un metro cuadrado. La primera estimación situó en torno a 150 el número de personas asesinadas que podían encontrarse en la zona, una cifra que posteriormente se elevó hasta 165. 

En la primera fase de exhumación, desarrollada en 2025, fueron recuperados 23 cuerpos. Ahora, con los 20 restos localizados en esta segunda intervención, el equipo continúa sacando a la luz una parte de las víctimas de la represión que fueron enterradas en este espacio durante las primeras semanas de la Guerra Civil. 

Pero esta nueva campaña no solo está permitiendo recuperar cuerpos. También está aportando información sobre cómo murieron. 

Las heridas que deja la munición 

La mitad de los primeros 20 cuerpos recuperados en esta segunda fase ya han pasado por el proceso de lavado y limpieza. Los restos han sido catalogados atendiendo, entre otros aspectos, al sexo y a las características antropológicas, patologías previas o cualquier otra característica individual que pueda servir para comparar los restos con la información disponible sobre las personas desaparecidas. “Buscamos cualquier característica que pueda ayudarnos a identificarles”, explica Miriam Gracia, antropóloga que participa en los trabajos.

Una de las informaciones más relevantes que están dejando los restos óseos que han salido a la luz tiene que ver con las lesiones. Los especialistas no han encontrado, por el momento, muchos indicios compatibles con torturas, pero sí han localizado, sin embargo, numerosos orificios provocados por proyectiles. 

Son impactos que apuntan a munición de pequeño calibre, procedente de pistolas de unos siete milímetros, un tipo de arma muy habitual durante los años treinta, tal y como asegura el equipo de exhumación. El calibre, por sí solo, no permite reconstruir las circunstancias concretas de cada muerte, pero las características de estos proyectiles aportan una información significativa: para que un disparo de este tipo resultara efectivo y provocara la muerte era necesario realizarlo a muy corta distancia. 

Este es un detalle que golpea especialmente a quienes llevan años trabajando en la recuperación de estas víctimas, como Javier Sumelzo, portavoz de la asociación memorialista Batallón Cinco Villas, quien considera que esta circunstancia permite acercarse a la dimensión de la violencia ejercida contra quienes fueron enterrados en la fosa y habla de “la crueldad de los asesinos”. 

La investigación antropológica, en todo caso, continúa. Cada cuerpo recuperado debe ser tratado de manera individual en un espacio habilitado para ellos en el cementerio de Ejea, que se está quedando pequeño. También serán documentados y estudiados antes de incorporarlos al proceso de identificación genética. El objetivo último sigue siendo poner nombre a los restos y devolverlos a sus familias para que puedan despedirse de ellos y darles sepultura “con la dignidad que merecen”, insiste el equipo. 

Una fosa que todavía no ha terminado de hablar 

La dimensión de la intervención sigue sin estar completamente definida. Las primeras catas realizadas en 2024 localizaron 14 cuerpos y mostraron que el enterramiento podía ser mucho mayor de lo que se había documentado hasta entonces. El cálculo de unas 165 víctimas procede de la investigación histórica y documental realizada por el equipo arqueológico y por la asociación Batallón Cinco Villas, y sigue siendo una estimación abierta. De hecho, los trabajos ya habían advertido de la posible existencia de otros espacios de enterramiento fuera de la zona inicialmente delimitada. 

Y detrás de esa cifra hay decenas de nombres. Los registros conservados permiten reconstruir una parte de la historia de quienes acabaron en este cementerio. Entre las víctimas identificadas en la documentación aparecen vecinos de Ejea como Carmelo Jiménez Aranda, Manuel Ginés Guillén, José Sánchez Sanz, Julia Abadía Navarro, José Lou Llorens o Francisco Longás Urbón, junto a personas procedentes de otros municipios de la comarca y de localidades más alejadas. El censo de patrimonio memorial de Aragón recoge al menos 72 personas naturales o vecinas de Ejea asesinadas en los alrededores de la localidad y señala que muchas de ellas, aunque casi con seguridad no todas, estarían enterradas en la gran fosa del cementerio. 

Pero la fosa de Ejea no es únicamente una fosa de Ejea. La localidad era la cabeza del partido judicial y su cárcel se convirtió durante los primeros meses de la guerra en uno de los principales centros de detención de la zona. Hasta el 31 de diciembre de 1936 fueron detenidas e ingresadas allí 501 personas. De ellas, los registros indican que 333 fueron sacadas de la prisión para ser fusiladas, mientras que otras fuentes y la investigación histórica manejada por los equipos memorialistas sitúan en al menos 365 las personas sacadas de la cárcel para ser asesinadas. 

Por aquella cárcel pasaron vecinos de una veintena de municipios. Entre las localidades que aparecen vinculadas a las víctimas que podrían estar en la fosa figuran Pedrola, Pinseque, Pradilla, Tarazona, Uncastillo, Luesia o Farasdués, además de municipios de Navarra y Soria. 

La fosa sale del cementerio y entra en el pueblo 

La intervención de este otoño está teniendo además una consecuencia que trasciende el propio trabajo arqueológico: la fosa empieza a ser conocida por un número cada vez mayor de vecinos. El trabajo que se desarrolla tras las paredes del camposanto ha despertado el interés de personas que hasta ahora conocían la existencia de la fosa, pero no necesariamente la dimensión de la intervención, y las visitas al cementerio se han incrementado durante esta semana. 

Uno de los momentos que ha contribuido a sacar el proyecto del ámbito estrictamente memorialista ha sido la visita de la periodista y divulgadora Nieves Concostrina. Estuvo el martes en el cementerio, donde conoció de primera mano los trabajos y recibió explicaciones del equipo que está llevando a cabo la exhumación. Horas después trasladó parte de esa información al público durante la conferencia ‘Memoria para indiferentes’, organizada por la asociación Batallón Cinco Villas, con la colaboración del Ayuntamiento de Ejea de los Caballeros. La charla se celebró en el Teatro de la Villa de Ejea, que llenó sus 400 localidades y dejó a las puertas a un centenar de personas más sin entrada. 

La visita de la divulgadora tuvo además un elemento especialmente simbólico: la conferencia se abrió con fotografías de la propia fosa de Ejea y con algunos de los datos que los especialistas habían compartido con la periodista durante su visita al cementerio esa misma mañana. 

La memoria dejó así de ser solo una cuestión de archivos, nombres y familias que buscan a sus desaparecidos. Durante unas horas, la fosa se convirtió también en el punto de partida de una conversación pública sobre la violencia de la Guerra Civil y sobre la necesidad de recuperar los restos de quienes fueron asesinados y enterrados sin que sus familias pudieran despedirlos. 

Los estudiantes ante la fosa 

Ese acercamiento entre investigación y sociedad se ha materializado también con la visita de una veintena de estudiantes del Máster de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza al cementerio de Ejea, acompañados por la catedrática Ángela Cenarro. 

Los estudiantes han conocido sobre el terreno cómo se desarrolla una exhumación y escuchar las explicaciones del equipo encargado de los trabajos. No se trata únicamente de

observar cómo se recuperan restos humanos: la fosa permite conectar la investigación histórica con la arqueología, la antropología forense y las futuras pruebas genéticas que pueden conducir a la identificación de las víctimas. 

Es precisamente esa combinación de disciplinas la que explica la dimensión del proyecto iniciado en Ejea. Cuando comenzaron los primeros sondeos, los expertos ya advertían de que no se trataba de una intervención sencilla y la investigación histórica permitirá en un tiempo poner nombres, pueblos y fechas allí donde durante décadas solo hubo interrogantes. 

Los 20 cuerpos recuperados en esta segunda fase todavía no tienen nombre, algunos han pasado ya por las primeras labores de limpieza y estudio antropológico, y después llegará el momento de cruzar la información obtenida de los huesos con los datos de las familias y las muestras de ADN. 

Los trabajos de esta fase, liderado por equipo del director arqueológico Javier Ruiz y sufragados con recursos del Ayuntamiento del Ejea, continuarán hasta finales de octubre con la incertidumbre de conocer cuántas personas permanecen bajo tierra en el segundo tramo, anegado de lodo por las lluvias de esta semana, que pronto empezará a ser explorado.