Violencia en campaña

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Hicieron mal quienes intentaron boicotear un acto público autorizado del partido ultraderechista en la plaza más popular de Vallecas (Madrid). Con no haber ido o hacer un gesto colectivo visible, como ponerse de espaldas a los intervinientes o taparse las orejas, hubiera sido suficiente. Pero aceptar el reto de las provocaciones, quebrar el comportamiento democrático con formas y modales reprobables, descender al terreno que más quiere la ultraderecha, fue un error. Miren cómo no tardaron en refugiarse en el victimismo, materia en la que, a estas alturas, están especializándose. Pobrecillos. Ahí exhibían las pruebas: palos, ladrillos, el discurso de falsetes encadenados. Se equivocaron de medio a medio: lograron que los partidarios de Abascal y Ortega Smith, de Rocío Monasterio, la candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid, el acto en sí, fuera noticia, siquiera por la crónica de sucesos sobrevenida. Lo que querían.

Según el balance del Samur-Protección Civil, los altercados por el acto de la organización de extrema derecha, se saldaron con la atención de catorce personas por diversas heridas. A esta cifra se suman veinte agentes de la Policía Nacional, que fueron asistidos por policontusiones. La Policía detuvo a cuatro personas, de ellos tres menores (dos chicos y una chica) y un joven mayor de edad, según informó a Europa Press un portavoz de la Jefatura Superior de la Policía de Madrid.

Pero los detalles solo vienen a poner de relieve que el ambiente está muy caldeado, que la polarización en Madrid –en toda España también, aunque menos o no con tanta violencia- es un hecho palpable, más allá de las diatribas y de los reproches y de las imputaciones entrecruzadas de los portavoces políticos. Un ambiente que no es propio, ni mucho menos, de una sociedad madura, de una democracia que abarca un tiempo suficiente para no verse degradada por incidentes de esta naturaleza.

Estar en una campaña electoral y vivir con estos riesgos o estas incertidumbres, significa, sencillamente, que lejos de avanzar y contrastar ideas --¿ideas, criterios, programas?-, va subiendo el encono y la crispación se desata, como factores perniciosos que acentúan la desafección hacia la política, cada vez más entendida como un escenario donde se libra una contienda que se torna antipática y hasta incontrolada. Es difícil encontrar en las primera campañas electorales, aquellas del 77 y del 79 en el pasado siglo, un ambiente tan señalado como el de ahora, tan animadverso y de tanta inquina. Porque lo cierto es que, todas las diferencias y las discrepancias de entonces, cuando estaban más frescos algunos acontecimientos y los recuerdos afloraban con cierta facilidad, no alcanzaron este nivel de enfrentamiento.

Socialicemos las culpas si se quiere –unos en mayor proporción que otros, desde luego- pero se habla poco, por no decir nada, de propuestas y ofertas programáticas. Así, la democracia se va al garete. Es hora de reflexionar y no de agredir; de debatir y no de descalificar. Los estrategas habrán estudiado la situación, se supone. Pero campañas con este clima y estas alteraciones, mejor no menearlas. Y los adversarios del ultraderechío, haciendo el juego.  

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