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Contigo, Laura

Lo ocurrido ayer en Huelva es otro fracaso social. Es una muestra más de que hay quien piensa que puede cumplir sus deseos a toda costa, incluso a costa del dolor más duro y monstruoso. 

Tengo el corazón compungido. Ayer comentaba con un amigo que soy hijo y padre de una mujer, y ya solo por eso, sin buscar más allá de nuestro sentir más primario, la mujer se merece mi respeto, aunque tengo incontables motivos más. 

Lo ocurrido ayer en Huelva es otro fracaso social. Es una muestra más de que hay quien piensa que puede cumplir sus deseos a toda costa, incluso a costa del dolor más duro y monstruoso.  

En la parte personal, nos asalta el miedo y el dolor, y esto queridas personas que me acompañan en esta travesía, es humano. Es lo que normalmente nos debe pasar. Pero en la parte social, tenemos que apartar el miedo y asumir responsabilidades. Todas las medidas que hemos aplicado hasta ahora no han sido del todo fructíferas, y, desgraciadamente, lo podemos constatar. Entiendo que la única medida está en la educación, en la sociedad no tanto penal sino premial, permítaseme el término, a la sociedad de valores.  

A ustedes les propongo un reto, de los de andar por casa, empecemos por solicitar que se premie y se aplauda el respeto a los valores, desde la infancia más infantil. Que se eduque en el respeto. Que la intolerancia solo se dé ante la intolerancia, y que la tolerancia sea aplaudida. Quizás es atrevido hacer este pronunciamiento, pero en nuestra sociedad y en nuestras escuelas sigue existiendo el rincón de pensar, pero no conozco ninguna que tenga el arco del premio. Las personas que van a la escuela con escala de valores definida terminan siendo víctimas de bullying, y pasa de ser El Salvador del futuro de la sociedad a víctima, y de víctima a conformarse con que en la vida real, al contrario que en las películas, como decía el genuino Andrés Montes, “siempre ganan los malos”. 

Venzamos el miedo, digámosle al futuro que en la vida real ganan los buenos, y no tengamos reparo en levantarnos a aplaudir la tolerancia, sin palmadas en la espalda, mientras condenamos la intolerancia y la desechamos como lacra social, ya que no es la protagonista ni tiene ningún papel en la vida real y en las películas, sigue perdiendo. 

Acompañamos hoy el dolor y sufrimiento de Laura, su familia y seres queridos.

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