El agua que movía la memoria

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Vista desde El Molino El Regente. Archivo (EHL y FFL). Restaurada y coloreada por Abraham T Díaz Abreu.

Hay edificios que se limitan a ocupar un espacio y otros que, silenciosamente, terminan ocupando un lugar en la conciencia de un pueblo. El Molino El Regente pertenece a esta segunda categoría. Su sólida presencia en la parte alta de Los Sauces no constituye únicamente un vestigio de la arquitectura hidráulica de La Palma, sino una de esas raras construcciones capaces de condensar en sus piedras la historia, el trabajo y los sueños de varias generaciones.

Desde su construcción en 1873 por Luis Vandewalle y Quintana, VII marqués de Guisla Ghiselin, el molino se levantó sobre el antiguo camino real como quien vigila el paso del tiempo. A poca distancia del viejo molino de Los Señores, El Regente vino a sumarse al rumor del agua y de las piedras de molienda que durante siglos marcaron el ritmo de la vida rural.

Pero acaso la grandeza del molino no residía únicamente en su arquitectura, sino en la capacidad que tuvo para despertar admiración. Cuando la viajera británica Olivia Stone pasó por Los Sauces en 1883 detuvo su mirada en aquel lugar desde el que podía contemplarse la plaza de Montserrat y la belleza del lugar. La observadora extranjera comprendió algo que los vecinos ya sabían: el molino no solo era un artefacto productivo, sino también un mirador privilegiado sobre la vida del pueblo.

El episodio más fascinante de su historia llegó a comienzos del siglo XX, cuando Isidoro Ortega Sánchez y Antonio Lugo García imaginaron convertir la fuerza del agua en electricidad. Resulta emocionante pensar que, en aquellos años, el mismo caudal que había movido las piedras de moler aspiraba ahora a iluminar las calles. El molino dejaba de ser únicamente un lugar donde nacía el gofio para convertirse en un laboratorio de modernidad.

La inauguración de la iluminación pública en 1904 constituye uno de esos acontecimientos que merecerían ocupar un lugar más destacado en la memoria insular. Imaginemos por un instante aquella noche. Los vecinos reunidos, los faroles adquiridos mediante suscripción popular, las primeras luces venciendo la oscuridad. Seguramente nadie pensó entonces que estaban asistiendo a uno de los episodios más singulares de la historia tecnológica de Los Sauces.

Sin embargo, los edificios nunca son únicamente de sus propietarios ni de sus promotores. Los verdaderos custodios del molino fueron también sus molineros. Miguel Morales, llegado desde Tazacorte, y posteriormente su hijo Antonio, representan esa memoria humilde que raras veces aparece en los documentos oficiales.Mientras las piedras giraban hasta bien entrada la madrugada, ellos sostenían una labor silenciosa que alimentaba a buena parte del municipio.

La imagen de Antonio el Molinero trabajando hasta las dos o las tres de la mañana, posee una fuerza profundamente humana. En esas jornadas interminables se encuentra la verdadera historia del molino: no la de las escrituras o las compraventas, sino la del esfuerzo cotidiano.

Porque los molinos eran también plazas sin campanario. Allí se reunían vecinos de Los Sauces, de Los Galguitos o de La Galga. Mientras se esperaba la molienda del millo, la cebada o el trigo, circulaban noticias, se comentaban cosechas y se compartían preocupaciones. Las piedras molían el grano, pero también trituraban las distancias entre las personas.

El tiempo, inevitablemente, apagó las ruedas y silencio las acequias. Muchos molinos de Canarias desaparecieron, arruinados por el abandono o vencidos por la modernización. El Regente tuvo mejor fortuna. La adquisición pública, las restauraciones emprendidas y las actuaciones recientes han permitido conservar un elemento fundamental del patrimonio saucero.

Pero restaurar un molino no consiste únicamente en reparar muros o consolidar cubiertas. Significa mantener vivo un relato. Significa recordar que hubo un tiempo en que el agua era la energía de la comunidad; que hubo hombres y mujeres capaces de trabajar durante la noche para que otros pudieran alimentarse; que la primera luz eléctrica del pueblo nació precisamente allí donde antes se producía el gofio. 

Quizá el verdadero valor del Molino El Regente resida en enseñar que el patrimonio no es una colección de piedras antiguas. Es una conversación entre generaciones. Las aguas que movieron sus ruedas continúan corriendo, aunque ya no impulsen las piedras ni las turbinas. Fluyen ahora por la memoria de quienes todavía reconocen en aquel edificio una parte de sí mismos.

Fuentes documentales: Los Molinos Hidráulicos Harineros de La Palma. Antonio Lorenzo y Manuel Poggio.

Tenerife y sus seis satélites. Olivia Stone.

Fotografía: Vista desde El Molino El Regente. Archivo (EHL y FFL). Restaurada y coloreada por Abraham T Díaz Abreu.

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