Sobre los predicadores

0

Hace un tiempo vi y escuché a un célebre predicador venido de Estados Unidos alzar su voz en un acto multitudinario en Madrid. Daba su discurso lleno del entusiasmo y el fervor de sus seguidores que compartían con él salmos y cantos mientras recibían las palabras del orador acompañadas de promesas de curaciones y otros mensajes a cual más aterrador. Era un público feliz aparentemente. Un público entregado al discurso salvador, a las mentiras de un orador que, aparte de amenazar con los horrores de infiernos múltiples, hacía alarde de sanaciones y milagros de diversa índole. Al apagar la televisión me quedé pensando en esas criaturas que lloran indefensas y desconsoladas debajo de las tiendas de lona empapadas de lluvia y tierra mientras ese energúmeno lanzaba maldiciones sobre nuestras cabezas. He pensado en sus caritas de miedo, los ojos abiertos a la oscuridad, la sonrisa convertida en una mueca horizontal y vacía. Millones de niños esparcidos por la tierra, desde África a Oceanía pasando por Europa (sí, Europa también), Asia y América. Esas imágenes que nos hacen ver lo inhumanos que somos, lo bestia que somos, lo terriblemente crueles y violentos que podemos llegar a ser cuando nos enfangan con sermones y discursos ideológicos. Los he visto y los he oído. Un disparate de niños aislados, desasistidos, enfermos, hambrientos, golpeados, y un sinfín de desventuras que hemos inventado para ellos mientras sobre nuestras cabezas sobrevuelan discursos de diferente signo y significado.

He pensado en todo eso como si de repente llegara un rayo a partirme en dos. ¿Qué hago yo aquí escurriendo el bulto para no enfrentarme a una realidad que sólo me produce malestar, sabiendo y conociendo de primera mano lo que sufren otros niños que no son los míos? ¿Qué impotencia es ésta que me produce tal inquietud y al mismo tiempo me impide salir corriendo a la calle para avisar a quienes me rodean de lo que quizá no ven o no saben o no entienden? ¿Qué extraño dolor es éste que me impide gritar mientras me resquebraja por dentro? No lo sé. Me doblo y ahogo mientras suelto improperios sobre medio mundo; insulto a mandatarios, poderosos y mercaderes, y la pago con los míos que, inocentes, no entienden los discursos que doy sobre quienes tienen demasiado y los que no tienen ni pan ni abrigo en el que refugiarse. No rezo, ni pido una quimera, solamente me limito a encomendarme al amor que siento por aquellos que forman parte de nuestro mundo, lo queramos o no.

Y, mientras lo hago, voy pensando en razonamientos, opiniones y actitudes que contraataquen todo aquello que nos lleve a deducir que esos pequeños seres merecen el miedo, la destrucción y la muerte en beneficio exclusivo de unos pocos. Y me indigna ver cómo esos pocos se dedican a dar discursos y sermones sobre humanismo y amor al prójimo desde tribunas, templos y pabellones olímpicos. Discursos y amenazas contra aquellos que no creen en lo que ellos creen, contra aquellos que no se comportan como ellos piensan o desean que se comporten los demás. Grandes predicadores rodeados de miles de personas que escuchan sermones vacíos de amor hacia los otros. Anatemas, gritos, amenazas e infiernos variopintos para quienes no sienten o piensan como ellos.

Al escucharlos sólo hay una pregunta rondando mi cabeza ¿Por qué les preocupa tanto con quién me acuesto o quién me levanto y no les importan los miles de niños que se mueren de hambre o de sed o son bombardeados en ese momento por los verdaderos inventores del infierno? ¿Por qué se les llena la boca de condenas contra quienes no se comportan según sus ideas? ¿Por qué no dejan de vociferar y denunciar los usos y costumbres que la sociedad ha conseguido a fuerza de generosidad e inteligencia y que tanto parecen desagradarles, y se dedican a consolar, curar, amar y bendecir a quienes padecen hambre y sed de justicia aparte de no tener comida o bebida para sobrevivir y padecer una epidemia tras otra? ¿Han visto, antes de aullar ante las masas, la muerte de miles de inocentes o simplemente la desnutrición y el abandono a que están sometidos? ¿Los han visto? Pues bien, les aconsejo que se dejen de sermones y que se vuelvan a sus países y antes de hacerlo se den una vuelta por Gaza o por El Congo, por ejemplo, si es que aún son capaces de ver algo.

Y luego seguimos hablando si es que me quedan fuerzas para enseñarles la verdadera caridad, no la que vociferan en templos, almacenes o plazas sino la que se ejerce en los centros de acogida, a la orilla de una playa auxiliando a los que llegan sin fuerzas huyendo del hambre o de la guerra y todavía arrastran el cuerpo sin vida de un hermano o un hijo ahogado; la que cura, ampara y protege, no la que envenena y enfrenta, no la que hace aumentar los odios y las diferencias si no esa otra que lleva a cabo la buena gente, la que se inicia desde la infancia a base de educación y crece poco a poco a base de ternura. Porque creo en ella y no sólo creo, sino que tengo los datos suficientes para reconocerla, que buena gente hay en todas partes, en todas las tierras, razas y culturas posibles. Estoy hablando de esa clase de ser humano capaz de sobrevivir por su cuenta sin necesidad de pisotear a los demás, sin necesidad de escalar puestos a base de chupar la sangre de sus contrincantes; estoy hablando de los que caminan ligeros de equipaje con la carga imprescindible sin necesidad de nutrirse de lo ajeno; estoy hablando de mucha gente que nos rodea y que son capaces de estar horas y horas ocupándose de los otros en un hospital, en la oficina, en la calle, o en su propia casa. Yo las conozco y las encuentro allá por donde paso. Y ustedes también, aunque no se hayan dado cuenta. Y esa no necesita discursos ni falsos predicadores.

Elsa López

6 de agosto de 2026

Etiquetas
stats