¡Dios nos coja confesados!
Y llegado el día que me envíen a una residencia de ancianos no me toque una vieja gloria heredera de un tirano como directora de dicho centro. No quisiera yo verme metida en uno de esos lugares donde mueres abatida por una epidemia de diarrea universal; un lugar donde mis amigas y yo, junto a nuestros peores enemigos, pasamos los últimos años de nuestra miserable vida. Confesarme no pienso, pero prefiero visitar el infierno antes de entrar en uno de esos lugares donde saltan las cifras de muertes inhumanas, bien por enfermedades mal atendidas o por abandono de hijos y parientes y donde la soledad se ve aumentada por la pasividad de las instituciones encargadas de cuidarme, bañarme y darme de comer algo que no sean sardinas en lata con papas y boniatos. En mi infancia yo veía comer todo eso, pero creía que eran unos pocos dejados de la mano de Dios o por ser negros o por ser pobres o por maltrato de reyes y tiranos si predicabas en su contra.
La vida me ha dado ejemplos de cómo no debe morirse uno y lo tengo muy claro: ni en una guerra, ni ahogada y arrastrada a una playa por olas o tiburones, ni en manos que no entiendan la palabra amor. Y en esa cesta entran hijos, yernos, asistentes y curanderos de pacotilla. Todos ellos irán a la cárcel, lo sé, pero ya estarán muertos aquellos que sufrieron tales tropelías. No me compensa conocer el final de todos ellos. Lo que quiero es que me devuelvan vivo a mi padre, a mi madre y a algunos parientes más que murieron sin saber que alguien los quería y fueron internados en centros especializados en darles los cuidados que nosotros no supimos o no quisimos darles.
El mundo se acaba. Lo sabemos los que sabemos ya muchas cosas más por viejos que por diablos, y castillos más altos hemos visto caer. Castillos y ciudades hemos visto perecer a manos del enemigo. Ahora lo hacemos a manos de las instituciones encargadas de darnos alguna alegría poco antes de que la parca se presente a recibirnos en su seno. Yo, lo sé. Sé que voy a morir, pero líbreme Dios de hacerlo en una casa ajena a la mía, que prefiero morir sola en mi cama que mal acompañada en camastros de alquiler de un estado que se gasta el dinero en bombas y fusiles en vez de comprar toallitas húmedas o pañales de algodón en rama para limpiarnos el culo en lugares que caen en manos de empresas que no sienten ni padecen ni se molestan en padecer algo que se llama empatía y les obliga a sentirse cerca de aquello que dicen cuidar y proteger.
Por el momento, y antes de que me llegue la hora, quiero aclarar algunos términos del contrato adquirido con esta sociedad: Los viejos ya no lo somos tanto, que la generación que cumple los ochenta ya no es aquella carcomida por la edad y las enfermedades, que hoy, gracias a la ciencia, los hay llenos de energía y conocimientos que bien podrían seguir dando clase en una universidad o enseñando a nadar o dando lecciones de esgrima; que esa generación transmite conocimientos gracias a la sabiduría acumulada y que, les guste o no reconocerlo a los más jóvenes, gracias a la experiencia y a la memoria que aún les permite recordar, sí, “recordar” lo ocurrido hace muchos años, aún puede mostrar los errores cometidos y decir en voz muy alta cuáles fueron y hacia qué abismo nos condujeron aquellas injusticias que la sociedad parece querer olvidar.
No me queda más remedio que exigir un poco de respeto por los más viejos de la tribu, cosa que ya hacen desde hace siglos muchas culturas que antes de dejar a sus abuelos en la selva para que los devoren los leones o en el hielo para que los maten los osos, escuchan con atención sus enseñanzas y consejos. También los hay que los cuidan y conservan como sabiduría viviente para que les recuerden constantemente lo que deben o no deben hacer y así procurar que las mentiras o la arrogancia de los enemigos acabe con ellos. Y si los viejos hablan, no decirles a los nietos que esas son batallitas del abuelo. Que las muertes y matanzas cometidas contra los hombres las han llevado a cabo los mismos de siempre y esa herida la tienen abierta muchos de los que caminan a nuestro lado y no olvidan, aunque los ingresemos en determinados lugares para no verlos ni oírlos ni permitirles hablar que viene a ser lo mismo que quemar libros o no explicar lo que hacen las dictaduras para eliminar a determinados seres vivos de la faz de la tierra.
Y que silenciarlos es, sencillamente, una forma de genocidio como otra cualquiera.
Elsa López
La Palma, 12 de septiembre de 2026
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