El canario: el pájaro que el mundo conoce en una jaula (II)

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'Serin canario'  a 25 metros.  ULRICH G. ROTH

Hay un pájaro que casi todo el mundo ha visto alguna vez, en Hamburgo, en Buenos Aires o en Tokio — y casi nadie lo ha visto libre. Es el nuestro. El canario, Serinus canaria, vive de forma natural solo en tres archipiélagos del Atlántico: Canarias, Madeira y las Azores. Todos los canarios amarillos del planeta, los millones que han cantado en salones y en cocinas durante cinco siglos, descienden de este pájaro pardo verdoso que aquí se posa en cualquier almendro.

A mí eso no deja de parecerme extraordinario. Hemos exportado nuestro pájaro al mundo entero, le hemos cambiado el color y le hemos puesto un nombre que ya no es el de un ave, sino el de unas islas. Y al mismo tiempo, la mayoría de nosotros no sabría reconocerlo en la huerta de al lado.

Porque el canario silvestre no es amarillo. Es verdoso y pardo, rayado por los flancos, con el pecho de un amarillo apagado y la rabadilla más clara. Un pájaro discreto, del tamaño de un gorrión escaso. Lo que no tiene nada de discreto es su canto: largo, rodado, sin pausas claras, encadenando trinos durante medio minuto o más. Una vez que lo tienes en el oído, ya no se te escapa.

Vive exactamente donde vivimos nosotros. No es un ave de la cumbre ni de la laurisilva profunda: prefiere el mosaico — huertas, bancales, bordes de pinar, jardines, frutales, higueras, zonas abiertas con matorral y arbolado disperso. Es, en el sentido más literal, un pájaro de la agricultura tradicional palmera. Ese paisaje de muros de piedra, parcelas pequeñas y cultivos variados no solo es bonito: es su despensa. Donde el mosaico se abandona y todo se convierte en matorral cerrado, el canario pierde sitio. Donde se sustituye por una única especie cultivada a gran escala, también.

Es un buen momento para decir algo que va a repetirse en esta serie. Las aves más valiosas de La Palma no viven todas en los espacios protegidos. Muchas viven en el terreno de alguien: en tu finca, en el solar de tu vecino, en la huerta de tu madre. Lo que se decide ahí — dejar o no dejar un seto, fumigar o no fumigar, mantener o abandonar un bancal — pesa tanto como cualquier plan de gestión.

Y conviene añadir enseguida la otra mitad de la frase, porque es la que casi nunca se dice: eso no es solo una responsabilidad. Es una oportunidad. Un terreno con pájaros vale hoy algo que hace veinte años no valía nada.

'Serin canario' en flor roja.  ULRICH G. ROTH

Para empezar a observar aves, el canario es un regalo. Está en casi todas las medianías de la isla, canta desde posaderos expuestos — la punta de una rama seca, un cable, una vara de pitera — y vuelve una y otra vez al mismo sitio. Aguanta bien la distancia si te quedas quieto.

Es decir: es un pájaro que se deja fotografiar sin acosarlo, que es exactamente de lo que va esta serie.

Y tiene un valor añadido difícil de igualar. Cuando un huésped alemán o inglés se entera de que ese pájaro pardo del muro es el antepasado silvestre del canario de su abuela, la conversación cambia de tono. No hace falta un endemismo espectacular ni una ruta de cuatro horas. Basta con el pájaro de la huerta y con saber lo que es.

Así que la invitación de esta semana es sencilla: la próxima vez que oigas ese canto largo y enredado en tu barrio, para un momento y búscalo con la vista. Está más alto de lo que crees, en la rama más expuesta que tenga a mano. Es el pájaro que dio nombre a estas islas — o, si se prefiere, el que se lo tomó prestado.

Ulrich G. Roth vive en La Palma y lleva décadas dedicado al turismo de la isla. Con 100Árboles y Digiscoping.World se ocupa del turismo de naturaleza, de la fotografía de aves a través del telescopio y del registro acústico de especies en la isla.

Esta es la segunda entrega de 'La Palma, isla de pájaros', una serie que publicaremos cada domingo para descubrir las aves que viven con nosotros y aprender a mirar la isla de otra manera. Puedes leer aquí la primera entrega.

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