Un decálogo para soberbios

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Aparecen como moscas. Enteradillos a tope, se arriman a cualquier catástrofe para ponerse ciegos a costa del mal ajeno ofreciendo respuestas, soluciones y proyectos. Es fácil descubrir a los soberbios porque siguen un comportamiento de manual y eso hace viable el poder reconocerlos. La soberbia se observa siguiendo los pasos que representan a la perfección sus adeptos y es fácil de detectar por dos razones fundamentales: por el olor y el rastro que dejan aquellos que la poseen y porque son tan idiotas que no se dan cuenta de que lo dejan. Los demás, sí.

Los soberbios cumplen unas normas determinadas que pueden resumirse en diez pasos. He aquí su decálogo. Primer mandamiento: mantenerse en sus trece respecto de cualquier opinión que salga de su cabecita sin dar jamás la razón al contrincante. Se creen tan expertos que cuando defienden una idea (da igual de qué tipo sea, puede ser de política, economía, movimientos sísmicos, volcanes, pandemias, etc.,) no la cambian ni con agua caliente. No valen argumentos por muy razonables que sean que puedan hacerles variar la trayectoria de sus pensamientos. Segundo: creerse los reyes del mambo y no por guapos (casi nunca lo son y de ahí deriva parte de su incómoda realidad) sino por listillos a tope. Les dieron un diez en Ciencias Sociales cuando aún no habían cumplido los doce años y a partir de ahí van con sus opiniones por delante. Los demás somos tontos. Ya lo sabemos. Nosotros lo sabemos. Ellos no. Ellos son los expertos en casi todo, da igual que se trate de cambiar las ruedas de un coche que explicar el funcionamiento de los alerones de un avión que redactar un epílogo a cualquier tesis doctoral que se les ponga delante. Ellos entienden siempre más.

Tercero: no pensar que pueden ser ellos los equivocados. Ellos no se equivocan jamás. Eso nunca. ¡Por Dios, qué rara ocurrencia! ¡Cómo van a estar equivocados! Y eso lo dicen con el gesto único e irrepetible del soberbio clásico modelo a seguir: la nariz alta olfateando las nubes, los ojos entrecerrados como si les molestara el resol de algún planeta, la sonrisa bien afinada. (¡Ay la sonrisa del soberbio qué bien situada por debajo de esa nariz impertinente y qué ganas de partírsela en dos y dejarla bailando a trozos por el cuello de su impecable camisa!). Cuarto: actuar a su modo y manera sin importarles el criterio ajeno. Ellos siempre tienen razón y actuarán conforme lo que piensan y creen. Y si hay que torcer alguno de los caminos pensados y decididos, lo harán alegando que ellos actúan de esa otra manera por ceder ante los idiotas que también creen tener razón; que no la tienen, eso está claro, pero ellos, generosos y flexibles, ceden por su carácter democrático dado al diálogo y a la aceptación voluntaria de los criterios de los idiotas que están siempre equivocados por definición.

Quinto: desarrollar sus opiniones con argumentos filosóficos o literarios de pleno derecho (alto standing para los muy cultos y dicharacheros). Son expertos en comentarios intelectualoides para tiernos oyentes de bares insalubres llenos de señoras muy finas con sombrero y visón tipo cuadro muy de los ochenta. En este punto es donde más y mejor se desenvuelven. Me refiero a las citas. No dejan escapar una ocasión en la que puedan clavarnos como estacas en el corazón una cualquiera, venga o no venga a cuento; que si Heidegger, que si Platón, que si Scott Fitzgerald, que si Faulkner (momento extraordinario en el que alguien interrumpe para entrar a valorar El ruido y la furia, el año que se publicó y lo que bebía el autor; citas que irritan al soberbio que no necesita para nada que intervengan actores secundarios). Sexto: arremeter contra ideologías ajenas que consideran demagógicas y faltas de argumentación. Odian a los partidarios de ideologías contrarias a las suyas, pero jamás aclaran ese resentimiento ni de dónde procede. Les basta con repetir hasta la saciedad que es un error creer en Dios o en el Che Guevara o en los piratas del Caribe. Todos son fantasías para mediocres y la mayoría de los citados son acreedores de faltas y crímenes horrendos contra la humanidad. No importa cuál sea el ídolo en esos momentos porque ellos, los soberbios, no adoran a santos ni a líderes de nada, sea el Dalai Lama, sea Hitler, sea Mao Tse-Tung. Para ellos todos son bazofia para mentes poco consistentes e irracionales que se pasan la vida adorando becerros de oro. Ellos no. Ellos son incólumes, intocables, intachables y, por pura lógica, perfectos.

Séptimo: adorar a los seres que estiman más perfectos que ellos y que, por cierto, son escasos. Seres extraordinarios de extraordinario valor y extraordinaria manera de ser y de pensar a los que imitan en palabras y gestos; hombres o mujeres con los que se relacionan de una manera desvergonzada y a los que hacen la pelota sin pudor alguno. Octavo: como consecuencia inmediata del mandamiento anterior, insultar y agredir con la verborrea ya citada a todos los que pasan olímpicamente de los seres extraordinarios denominados como tales por el soberbio; deshacerse en halagos con los divinos intelectuales a los que admiran por encima del resto y, como consecuencia, deshacerse en mala baba cuando hay que definir al resto de los mortales. Noveno: crear unas páginas en distintos medios digitales o presenciales para escribir en ellas y así discutir, difamar y entretenerse en literaturas varias que sean una tribuna donde declarar sus fobias y filias y en las que poder ejercer la oratoria venenosa de la que es un experto.

Y décimo y último mandamiento: convertirse, poco a poco, en un personaje imprescindible en tertulias y debates donde tienen que contar con él, sí o sí, para evitar el despliegue de venenos varios que el soberbio reparte a diestro y siniestro como quien regala encantamientos, no sea que pueda salpicarles en mitad de una seria discusión sobre el color ilegal de las amapolas, les cierren el chiringuito, y se queden todos sin el pan de cada día, incluido el del soberbio.

Podría seguir hasta decir “basta” pero creo que con esta guía podrán los seres inocentes bandearse con cierta seguridad en ese mundo creado, alimentado y envenenado por ellos.

Elsa López

18 de enero de 2022

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