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El dolor que hay en nosotros

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A veces nos preguntamos qué es la felicidad, dudamos de si nuestra sensación de bienestar es propia o autoimpuesta y nos perdemos en la teoría que hay detrás del estado anímico. Es tal la envolvente edulcorada que nos creamos de esta emoción que la convertimos en un bien preciado a adquirir y hacemos lo necesario para alcanzarla. En el otro extremo, en un lugar aparentemente oscuro y sombrío en el que nadie quisiera estar, se cuela la tristeza, la cual aparece bajo distintos nombres y de diversas formas: depresión, ansiedad, estrés…derramándose, en algunos casos, desde el dolor de nuestra mirada y confundiéndose, en otros muchos, con algo pasajero y controlable.

A veces nos preguntamos por qué nos pasan acontecimientos negativos, nos torturamos pensando en lo que podríamos haber hecho mejor o de otra manera, nos creemos, ingenuamente, que todo es debido a nuestras propias acciones y obviamos todos los factores externos que interfieren. Eso sí, nadie se pregunta por qué cuando le ocurre algo positivo. Lo bueno siempre es merecido y lo malo siempre es un castigo. Lo curioso de todo esto, es que la dualidad existente entre felicidad y tristeza, se vuelve indispensable la una para la otra: sin dolor no conoceríamos el bienestar y a la inversa. Desgraciadamente, las etapas lúgubres, desconsoladas, suelen pesar más y cuesta decirles adiós, pero aun así, no buscamos allanar el camino de la despedida. Porque mientras que acudir al traumatólogo o al dentista se aprecia como algo totalmente normal y necesario, la visita a un psicólogo, y ya no digamos a un psiquiatra, lo hemos vuelto una batalla perdida que solo los locos se atreven a luchar. Sin duda es mucho peor el dolor de una rodilla que el de toda una vida.

Desde este campo de batalla dominado por la tristeza, y en el último año, en España, las cifras de fallecidos por suicidio han aumentado casi un 4%. En esta línea, los datos recogidos por el Instituto Nacional de Estadística (INE) durante el pasado 2020, nos sitúan el suicidio como la primera causa de muerte externa en nuestro país, esto quiere decir que se coloca por delante de los homicidios o los accidentes de tráfico. Es cierto que tras la pandemia de la COVID-19, los casos de atención psicológica se dispararon, y esto se achacó al período de confinamiento que vivimos, el cual condujo, a su vez, a episodios de ansiedad y depresión, así como al miedo al contagio. Pero lo que también es cierto, y no han dejado de señalar desde la Organización Mundial de la Salud (OMS), es la imperiosa necesidad de visibilizar esta realidad e implementar medidas para este grave problema. Lo que algunos han denominado: la pandemia silenciosa.

Las enfermedades mentales se han convertido en el amigo invisible de nuestra sociedad y han pasado a convivir con el silencio de la desaprobación. En una época donde todo es perfecto y retocado debido a las redes sociales, reconocer en público la tristeza se considera una derrota, una mancha en tu expediente vital, por lo que se opta por el silencio, por el ocultamiento, por invisibilizar el dolor que hay en nosotros. El miedo al fracaso se ha vuelto cada vez más común en nuestra sociedad con vistas a la perfección. Nadie quiere decir ni escuchar un “estoy realmente mal” cuando te preguntan “¿qué tal?”. Preferimos la respuesta fácil y rápida, anhelamos el “estoy bien” para no tener que profundizar más en la otra persona, no estamos ni preparados ni cómodos para hablar de sentimientos o emociones. En esta cuestión parecemos tener una intolerancia aguda.

La inteligencia emocional hoy en día es una asignatura pendiente en muchos hogares y rostros. Canarias (y esto es un orgullo para nosotros), fue la primera comunidad en tener dos materias de libre configuración autonómica que hacen referencia en sus currículos a las emociones: en Primaria, Educación Emocional y para la Creatividad, y en Secundaria, Prácticas Comunicativas y Creativas. Pero aun así, nos faltan muchos pasos por dar y muchas batallas, tanto individuales como colectivas, por ganar. Debemos rescatar del olvido el hablar de sentimientos, el llorar en público con la misma naturalidad que nos reímos, si así lo necesitamos, el no estigmatizar las enfermedades mentales, el tener una educación emocional desde los primeros niveles educativos…Y quizás entonces, esas veces que nos preguntemos por la felicidad y la tristeza, sepamos hallar una respuesta o, al menos, sepamos qué hacer con lo que estamos sintiendo y no nos dé vergüenza compartirlo.

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