Peces voladores y la libertad de expresión

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“Sapere aude” (Atrévete a saber). Horacio (65 a.C.- 8 a.C.) 

Decía la filóloga, escritora y traductora Carmen Bravo-Villasante, que el mayor arte de encantamiento es el de la palabra. A través de la palabra ya sea oral o escrita, el ser humano ha intentado a lo largo de los siglos encantar al otro, tanto al igual como al diferente. Los amantes sin ella, se verían perdidos en una arquitectura donde los gestos no podrían expresar tanta callada turbación. En nuestros centros de enseñanza, los profesores intentan encantar con la palabra a los alumnos para que presten atención y los alumnos intentan, también con la palabra, encantar a los profesores para aprobar los exámenes. La política se sirve de ellas para agradar y conseguir votos; aunque tengo mis dudas, porque a veces parece que lo que quieren es que huyamos espantados de lo mal que se expresan o de las barbaridades que proponen algunos para arreglar las cosas. Con las palabras y su capacidad para el hechizo, los poetas y los escritores intentan detener el cerco de lo invisible, hacen que el lenguaje acoja nuestra experiencia y no nos sintamos tan huérfanos en un mundo extraño. Agotados e incluso, desengañados, buscamos el embeleso de una nana de palabras para poder dormir tranquilos hasta el día siguiente. Pero después de dormir, hay que despertar. Y para despertar hace falta información para poder estar orientados. Aquí es donde las palabras que expresan nuestra experiencia o nuestro sentir, entran en colisión con los que detentan el poder. 

Los regímenes autoritarios, las juntas militares y las dictaduras, o incluso las democracias corruptas tan abundantes, siempre han temido que ciertas palabras lleguen a los ciudadanos y para que ello no ocurra, se sirven de la violencia y de la censura. Recortan o limitan la libertad de expresión creyendo, inocentemente, que pueden acallarla; cuando el curso de la Historia ha demostrado, una y otra vez, todo lo contrario. Prohibir algo es acrecentar su difusión. No es de esperar inteligencia de quién es un déspota, así que es normal que imponga siempre la ley del silencio a aquellos que piensan. Los primeros objetivos a tumbar por parte de quien da un golpe de estado, son los centros de información. Se clausuran escuelas y academias, se cierran periódicos, revistas y muchos programas de radio televisión se retiran de antena. Pero el poder va más allá. Una de las formas de imponer silencio a los opositores que se consideran peligrosos, es el destierro, como hizo el general Primo de Rivera con Unamuno enviándolo a Fuerteventura; otra es el encierro, como le sucedió a Miguel Hernández que falleció en una cárcel franquista; y la otra es directamente el asesinato a sangre fría como le pasó a García Lorca. Luego, como consecuencia de este tipo de actitudes autoritarias in crescendo, está la epopeya del exilio, esa Odisea al revés. Dejar la tierra amada, el trabajo, los amigos, el hogar; dejar todo revuelto en el caos y la represión para buscar el derecho a vivir en otro lugar lejano y desconocido. Y hay que hacerlo con una pena enorme, con mucho sacrificio, sin nada en las manos y sin billete de vuelta. A raíz del golpe de estado contra la República y la posterior Guerra Civil, miles de españoles sufrieron este drama. En México acabaron recalando 20.000 refugiados republicanos. El tinerfeño Juan Marichal, el mismo, exiliado en Boston, catedrático emérito de la Universidad de Harvard, en “El secreto de España” (Taurus, 1995) escribía: “Todo exilio revela siempre la densidad cultural de un país: y la de España en 1936 era la más alta de toda su historia”. Eso logró el fascismo en España, dispersar por el mundo nuestra mejor generación de mujeres y hombres de valía. En el Ateneo Español de México fundado en 1949, realizaban actividades el poeta Luis Cernuda, el músico Rodolfo Halffter, los escritores Ramón J. Sender y Max Aub; también el gran cineasta Luis Buñuel. En su bello libro de memorias “Mi último suspiro”, los capítulos dedicados a su estancia en México son una maravilla. María Zambrano (1904-1991) llegó a Morelia en 1939, en México publicó cinco trabajos, entre ellos, esa joya que es “Filosofía y poesía”. Luego publicó más y la influencia de su pensamiento hoy en día, es considerable. Aunque lo eran, en lugar de sentirse refugiados, los españoles en México se sintieron transterrados, al decir de Max Aub. Una tierra afín les acogía. El México de Lázaro Cárdenas abrió los brazos a los republicanos españoles; y sólo México mostró esa generosidad. María Zambrano no se cansaba de repetirlo. Pero hay epopeyas que duran demasiado.“Y entonces el exiliado descubre con estupor primero, con dolor después, con cierta ironía más tarde, en el momento mismo en que objetivamente ha terminado su exilio, que el tiempo no ha pasado impunemente, que tanto si vuelve como si no vuelve, jamás dejará de ser un exiliado”, nos recordaba el filósofo y poeta Adolfo Sánchez Vázquez (1915-2011). Este hombre, a los 21 años dirigía en Madrid el periódico “Ahora”, que tiraba medio millón de ejemplares y trabajaba con Ortega y Gasset; luchó en la guerra, a los 23 años desde Francia viajó a México; continuó su carrera y toda su vida enseñó Filosofía en la Universidad. En una entrevista en El País (07-03-2004), Juan Cruz le preguntaba: 

-“Don Adolfo, ¿es éste (España) su país?”

-“Aunque salí cuando tenía 23 años y llevo más de sesenta años fuera, éste es mi país. Claro que le debo todo a México. El destierro duró demasiado tiempo; cuando ya fue posible volver no lo pudimos hacer: estaban nuestros hijos, nuestros nietos, la vida ya no nos permitía la vuelta”. 

Palabras de un periodista que se hizo filósofo y un gran hombre de letras en México. Palabras de un exiliado que si se hubiera quedado en España en 1939, habría sido detenido y fusilado. La defensa de las palabras que buscan la razón, pueden llevarnos a un itinerario sin retorno. Y será un largo viaje. La defensa de las palabras puede llevarnos, incluso, al último viaje, a la muerte. 

¿Qué tendrán las palabras que tanto molestan a los de arriba y tanto las necesitan los de abajo? Por ellas se muere y por ellas se mata. A Sócrates le condenaron a beber el jugo de la almendra amarga, la cicuta, por no reconocer a los dioses atenienses y corromper a la juventud. Séneca se vio obligado a cortarse las venas ante la orden de ejecución de Nerón. El mismo Jesucristo fue crucificado por ser un orador demasiado convincente para el gobernador de Judea, Poncio Pilatos. Al emperador Octavio Augusto no le complacieron las palabras escritas en “Ars amandi”; desterró a Ovidio lejos de Roma y lo envió entre bárbaros al Ponto Euxino, al Mar Negro. Las palabras heliocéntricas de Giordano Bruno no gustaron al Papa; la verdad de la Ciencia chocó con la verdad de Dios y por ello fue quemado en la hoguera. Spinoza, al principio ensalzado por los calvinistas, fue después expulsado de muy mala forma de Amsterdam. El gran Voltaire tuvo que huir primero de Luis XV y de París y después del rey de Prusia, el déspota Federico II. Interminable es la epopeya de aquellos que no se callaron, los que defendieron el impulso común a todo ser humano que es el de expresarse en libertad. El poder político a lo largo de la historia, con su característica intención de ordenar, controlar y dirigir, suele tender a limitar o simplemente, eliminar esa libertad. Las palabras de los que piensan han sido perseguidas hasta la saciedad por la tiranía; y por no callarse, los escritores han pagado con el destierro o con su vida, tanta injusticia; y cuando no, con la cárcel y la tortura. Sin embargo, más tarde, más temprano, la verdad prevalece; las tiranías acaban cayendo y las obras que se crearon al margen del poder, sobreviven dejando en nosotros un legado imperecedero. La verdad si es reconocida, vuelve, retorna para alivio general; pero los cuerpos de los que la pronunciaron, no podrán ver el vuelco que han dado las cosas. Para ellos será demasiado tarde. Demasiado tarde para Bábel, para Pilniak, para Mandelshtam, todos asesinados por el régimen soviético. Mucho antes, Dostoyevski se había salvado por los pelos de ser fusilado; le conmutaron la pena de muerte pero fue enviado a Siberia; el camino que muchos escritores y escritoras rusas iban a seguir tomando, tanto en tiempos de los zares como en los tiempos de Stalin. Censura y silencio. Bala o destierro. Y mientras tanto, para los que tienen la suerte de poder huir, el exilio; el largo e incierto camino del exilio. La familia de Clarice Lispector tuvo que huir del caos de Ucrania en 1921; llegaron con lo puesto a Brasil. El Nobel de literatura, el poeta ruso Joseph Brodsky, ante las amenazas de las autoridades, abandonó la Unión Soviética en 1972 y falleció en Nueva York en 1996. Nunca regresó a San Petesburgo. Buscó un paisaje de añorados canales todos los inviernos en Venecia. El talento siempre aspira a pensar por sí mismo y esto no le gusta nada al poder y por ello se dedica a perseguirlo. Voltaire en su “Diccionario Filosófico” en la entrada “Letras, hombres de letras o letrados” afirma: 

“Los hombres de letras han prestado los mejores servicios al pequeño número de seres pensantes repartidos por el mundo, son los letrados que han permanecido aislados; los verdaderos sabios encerrados en su despacho, que no han argumentado en los bancos de las universidades, ni han dicho cosas a medias en las academias, y casi todos ellos han sido perseguidos. Nuestra miserable especie está hecha de tal modo que los que andan por un camino ya andado arrojan siempre piedras a los que enseñan un camino nuevo”. Esto lo decía el genio francés antes de la Revolución Francesa, en 1765. Sobre la condición de escribir apunta: “La mayor desdicha de un hombre de letras quizá no sea el ser objeto de los celos de sus compañeros, la víctima de la cábala, el objeto de desprecio por parte de los grandes del mundo; su desdicha consiste en ser juzgado por necios. Los necios van lejos a veces: sobre todo cuando el fanatismo se une a la ineptitud, y a la ineptitud, el espíritu de venganza. Además la gran desdicha de un hombre de letras es, por lo general, el no apegarse a nada. Un burgués compra un pequeño oficio, y verlo ahí sostenido por sus cofrades. Si se comete una injusticia contra él, encuentra rápidamente defensores. El hombre de letras está desamparado; se parece a los peces voladores; si se levantan un poco los pájaros los devoran; si se sumergen se los comen los peces”. 

Persecución y desamparo. Escritura y resistencia. Esta es la historia de lo que hoy llamamos libertad de expresión. Y así va a seguir siendo; por eso es una lucha constante. Para aumentar la lista de los perseguidos, en 1702 nace el periodismo en Inglaterra con la aparición de el primer diario, el “Daily Courrant”. Desde el siglo XVIII, los periodistas han cumplido su trabajo informativo en los diarios y después en las revistas, todas ellas muy importantes en todo el siglo XIX. En “Madame Bovary” de Flaubert, la protagonista, Emma, en una ciudad de provincias, se desconsuela viendo y leyendo las revistas que mostraban la vida parisina; y fue languideciendo mientras a la hora de la cena, hacía rayas con la punta del cuchillo en el mantel de hule. En el siglo XX aparece la radio y la televisión y en el siglo XXI Internet. Y ahora el desconsuelo es general, no solo de las protagonistas de las novelas; tal vez, solamente ha cambiado el mantel. Al parecer, fue Julio César en el año 59 a. de J. C., quien primero reconoció el valor de la opinión pública y creó el Diario Romano (Diurna urbis acta) que hizo colocar en el Foro. En el siglo XIX proliferaron los periódicos de facciones y partidos políticos y hacia finales del mismo en los Estados Unidos Joseph Pulitzer y William Randolph Hearst, crearon los grandes diarios destinados a la venta masiva. En Alemania comenzó a usarse la fotografía en la prensa diaria en 1880. Hoy en día, el desarrollo de las nuevas tecnologías ha modificado el trabajo en los medios de comunicación. Rapidez en los mensajes, actualizaciones de los contenidos, importancia de lo audiovisual y la fuerza de lo icónico, son características de la manera de informar en la actualidad. La sociedad de consumo demanda información a unos medios que se han convertido en el cuarto poder. Es indudable que las nuevas tecnologías e Internet, pueden llevarnos a unos niveles nunca alcanzados de difusión de la información y de la cultura; pero al mismo tiempo, como si fuera el ángel de la sombra, todos sabemos que esos niveles aumentarán también en manipulación y propaganda. Si crece el reino de Dios, crece el reino del diablo. En medio, los periodistas y los escritores sin lugar donde sentirse a resguardo: “peces voladores”. 

Podríamos hablar de la falta de libertad de prensa y las trágicas consecuencias que ello produjo, en las terribles dictaduras que sufrieron los chilenos o los argentinos y los rescoldos que aún quedan. Aunque para Víctor Jara ya será demasiado tarde. Podríamos hablar de la censura que impone Israel en la franja de Gaza y en Palestina y la que impone el propio Hamas; o la que siempre han manejado los gobiernos autoritarios en Turquía; pero para miles de palestinos y de kurdos ya será demasiado tarde. Podríamos hablar del control informativo en la actual China, en la Rusia de Putin o en la Hungría de Orbán. ¿Existe libertad de prensa en algún lugar de Oriente Medio? ¿Y en Polonia, en Marruecos, en Venezuela, en Tailandia, o en Nigeria? Seguro que nos preocupa más la censura en Cuba que en Haití, en la República Dominicana, en Guatemala o en San Salvador, países adyacentes todos; puede ser, tal vez, que a una mirada occidental le llame más la atención el sesgo ideológico que la miseria misma pura y dura y también es probable que demos por sentado que en Miami hay libertad de prensa. El hecho de que no haya una ley precisa contra la libertad de prensa, no quiere decir que sea fácil o posible, el acceso a poder expresar en los medios de alto alcance una versión distinta a la línea oficial. Hay muchas maneras de impedir la difusión de una alternativa que molesta. En nuestras democracias occidentales, el peso de la presión mediática fuertemente ideologizada, los altos costes que llevan a una debilidad empresarial y que obliga a una alta dependencia del crédito de las entidades financieras, ha logrado que los medios ya no sean tan independientes. Puede que den información, pero muy filtrada. En el fondo son como barcos de papel sobre la inestabilidad del agua política, que ellos mismos revuelven desde la costa del dinero. La actual guerra de Ucrania es una demostración de lo que, en bloque, es capaz de hacer el periodismo europeo sin cortarse ni un pelo. Falta de contraste y de rigor documental, olvido de la historia contemporánea, censura hasta en Youtube y manipulación informativa, han sido y son alarmantes en Occidente en pleno siglo XXI. Ahora que tenemos tantos medios. Como si fuéramos tontos, como si no tuviéramos la Historia al alcance del móvil, de la mano; como si no existiera “San Google”. Pura inocencia. Quizá, las certezas siempre hay que leerlas entre líneas. “Porque la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua”, decía Don Quijote a Sancho Panza. Si “el mundo está patas arriba”, como apuntaba el filósofo español Javier Sádaba hace unos días, imaginen cómo está el asunto de la libertad en cualquiera de sus manifestaciones. Sin embargo, la verdad se estira, pero no parte; flota encima de la mentira y se adapta a las circunstancias siempre adversas. El crecimiento poblacional de grandes zonas del mundo y su natural movimiento migratorio, los desafíos ante el cambio climático, el deterioro de los territorios despoblados y el de las mega ciudades, hace que esta sociedad, sea cada vez más compleja y por ello, la defensa de los derechos humanos se hace también más ardua, más difícil de encausar. Incertidumbre y fragilidad. El mundo es un cóctel, una mezcolanza; quizá siempre lo ha sido, y eso es, precisamente, lo que nos salva; pero, al parecer, son los del whisky los que quieren imponer su sabor. Una guerra sin fin es la lucha por la libertad, por la verdad, nos recordaba Salman Rushdie, convaleciente todavía del intento de asesinato a raíz de la fatua que en 1989, pronunció Jomeini contra el escritor británico. Recuerdo la lectura de “Hijos de la medianoche” (Alfaguara, 1984), como una delicia oriental en un largo y cálido verano en Santa Cruz de Tenerife, hace más de veinte años. El uso de la razón es necesario para acceder a la libertad. Para ser verdaderamente independiente y no someterse a las supercherías y a las consignas establecidas, es indispensable disponer de una información adecuada para poder acercarnos a la verdad. 

En el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se dice: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir información y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. En el artículo 11 de la Carta de los Derechos Humanos de la Unión Europea, que es posterior, se va un poco más allá definiendo parte del mal en un intento de advertencia: “Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión. Este derecho comprende la libertad de opinión y la libertad de recibir o comunicar informaciones o ideas sin que pueda haber injerencia de autoridades públicas y sin consideración de fronteras”. Ocurre, sin embargo, que estas buenas y razonables intenciones no son vinculantes. Son numerosas las “autoridades públicas” que no las tienen en cuenta. Incluso las establecidas, las democristianas o las socialdemócratas, que siempre presumen de algo que les falta en el fondo y en la superficie. A esto es a lo que se refería el escritor inglés John Berger, cuando afirmaba que el sistema capitalista o financiero, no permitía que las democracias crecieran más allá del 50%; es decir: entendemos por democracia desarrollada algo que no puede pasar de la mitad de su propia definición. Nos conformamos con poca cosa. Está bien ver las injusticias de los demás, pero nuestros delitos son flagrantes y no decimos nada. Para eso están los héroes sin coraza, los periodistas de verdad. Reporteros sin fronteras denuncia: “El año en curso, el 2022, ha sido el más mortífero para los periodistas en la historia de México” En ocho meses, de los catorce periodistas asesinados, más dos desaparecidos, ocho habían recibido amenazas. El presidente López Obrador sólo ha reconocido a cinco. Desde el año 2000, 156 profesionales de la información han pagado con su vida el ejercicio de su trabajo en México. La mayoría de estos asesinatos han sucedido en estados donde la corrupción y el crimen organizado prometen una impunidad total. Michoacán, Veracruz, Guerrero y Sonora. Arturo Landero, del Programa para reconstruir a periodistas en el Foro Internacional de Periodismo y Reconstrucción, evaluaba la situación en México: “Desde el 2009, ha habido un aumento de la violencia contra la prensa en casos donde no siempre está inmiscuido el crimen organizado y sí políticos locales”. Dice que “no logran entender ese incremento y que la mayoría de amenazas viene de algún nivel de gobierno”. Daniela Pastrana de “Periodistas de a pie” comenta que es necesaria una reflexión para replantearse cómo mejorar la seguridad: “existe una falta de capacidad gremial para generar formas de organización” y nos recuerda que “los periodistas asesinados no son estrellas sino comunicadores de a pie, locales, que trabajan en condiciones muy difíciles para ponerse a resguardo”. ¿Por qué no se siente vinculado el gobierno de México para garantizar la seguridad de los profesionales de la información? ¿Puede existir una democracia sin prensa libre? 

¿Qué derechos humanos respeta Daniel Ortega en Nicaragua? Con el Frente Sandinista ayudó a derrocar la dictadura enquistada del general Somoza y como si hubiera asaltado el Palacio de Invierno, tras varias estancias y alguna derrota electoral no asumida, desde el 2007 se ha quedado a vivir en el alcázar y se ha convertido en un dictador, en un nuevo Somoza. Tras las protestas de 2018 y la consiguiente represión con 325 muertos y 1300 desaparecidos, aumentó el nivel de violencia y de censura. Varios medios de comunicación fueron clausurados, las revistas “Confidencial” y “Niú”, los programas televisivos “Esta semana” y “Esta noche” y el canal “100 % Noticias”. Los periodistas Miguel Mora Barberena, Luis Pineda Ubau y Verónica Chávez fueron arrestados, incomunicados y, presuntamente, torturados por la policía. Luis Galeano, Jackson Orozco y Leticia Galánt tuvieron que abandonar el país. La ofensiva contra las instituciones de la sociedad civil, cerró, en mayo pasado, la Academia Nicaragüense de la Lengua, varias universidades y centros de estudios superiores. El escritor Sergio Ramírez, premio Cervantes 2017, y Claudia Neira, directora de ese punto de encuentro que es Centro América Cuenta, se hallan exiliados en Madrid. La escritora de 72 años, Gioconda Belli, exiliada con Somoza y que había retornado a Nicaragua, desde mayo ha decidido permanecer en Estados Unidos; “porque es imposible volver”. Daniel Ortega se ha convertido en un “monstruo sin escrúpulos” y ser periodista o escritor bajo su dictadura, es una tarea demasiado peligrosa. En la entrada “Prensa” de su “Diccionario político” (Planeta, 1995), el veterano periodista, crítico teatral y escritor español ya fallecido, Eduardo Haro Tecglen, hace 27 años, escribía algo que sigue siendo muy actual: 

La libertad de prensa ha sido reclamada siempre por la izquierda, menos en los plazos cortos en que esta gobierna o alguien lo hace en su nombre, hasta el momento en que la carestía de la prensa ha dejado a esta en manos del capitalismo, que la disfraza de objetiva, o de los partidos políticos, directamente tendenciosa: se reclama entonces una prensa de Estado que garantice su neutralidad ejercida por profesionales puros. Hasta ahora esta pretensión es utópica, y provisionalmente se entiende que la mejor garantía de la libertad de prensa es la existencia de un número elevado de periódicos y de canales de información y opinión, que representen todas las opciones posibles”.

En el mismo diccionario, en la entrada “Información”, después de señalar las complejidades del asunto, apunta un atisbo de esperanza: “La gran fragilidad de la información y la serie de presiones de toda índole que se ejercen sobre ella no deben engañarnos acerca de su verdadera fortaleza: a pesar de tantas presiones y medios de control, la noticia real termina por conocerse y hay medios de transmisión oral que acaban por imponerla”. 

Para que exista libertad de expresión, tiene que haber libertad de pensamiento. El “Sapere aude” (Atrévete a pensar) de Horacio, recogido por el filósofo alemán Kant:“¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!”.

En su cuarta edición, pospuesta por la erupción del año pasado, a lo largo de seis días, del 26 de septiembre al 1 de octubre, se va a celebrar el Festival Hispanoamericano de Escritores en Los Llanos de Aridane. Este año tiene a México como país invitado y por lema la  'Libertad de expresión'. Presentaciones, encuentros, charlas, mesas redondas, debates, lecturas de poesía. Una fiesta de la cultura, un acontecimiento que viene muy bien a un territorio herido tras las dramáticas consecuencias y la brutalidad del reciente volcán. La dirección del Festival ha tenido a bien invitarme como escritor y pintor, entre los numerosos participantes. Estaré en el gran recital poético del sábado 1 de octubre, de 12.00 a 14.00 horas, al aire libre en la Plaza de España de Los Llanos de Aridane, junto a otros doce poetas. También me toca moderar un acto sobre la libertad de expresión bajo la cita de Salman Rushdie: “La libertad no es un té de las cinco. La libertad es una guerra”. Será en el IES José María Pérez Pulido, el 27 de septiembre, de 12.30 a 13.30 horas; estaremos acompañados por el mexicano Christopher Domínguez Michael, el canario Eduardo García Rojas y la nicaragüense Claudia Neira Bermúdez. Recomiendo a todos acudir al IV Festival Hispanoamericano de Escritores; un acontecimiento que a la isla de La Palma le viene como caído del cielo. La Palma será, entre continentes, un punto de encuentro. 

ÓSCAR LORENZO 

San Andrés y Sauces

Isla de La Palma

11-09-2022

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