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Sus Graciosas Majestades (de casta le viene al galgo)

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En el libro de memorias de el Campechano titulado Reconciliación, publicado recientemente, hay una palabra que me ha llamado la atención y me ha dado mucho qué pensar. No tengo intención de leerme semejante engendro. Conocí esa palabra porque está en una frase que ha sido divulgada por algunos medios. Antes de ir al grano, para hacernos una idea de conjunto, voy a tirar de Wikipedia para repasar la historia de cuánto nos han robado los borbones, nuestras Graciosas Majestades, sólo en los últimos doscientos años. Ya lo dijo el diplomático francés Talleyrand: “Es costumbre real el robar, pero los Borbones exageran”. Por lo visto, el gen del latrocinio que portan en su azulada sangre es recesivo, ya que su fenotipo se manifiesta principalmente por segunda generación. Ya veremos qué sucede con la hija de el Preparao, si llega a reinar.

Carlos IV (el Cazador, el Consentido o el Cornudo), huye del país en abril de 1808 y el 5 de mayo abdica en Bayona (País Vasco francés), vendiendo a Francia el Reino de España a cambio de una renta vitalicia anual de 30 millones de reales, equivalentes a unos 100 millones de euros al año en la actualidad, que nunca llegó a cobrar.

José I (Pepe Botella), es coronado Rey de España por su hermano Napoleón Bonaparte en 1808. Cinco años más tarde huye a Francia y dos años después se traslada a una lujosa mansión en Nueva Jersey, Estados Unidos, que construye gracias a la venta de las joyas que se llevó de España.

Fernando VII (el Deseado o el Felón), hijo de Carlos IV, conspiró contra su padre y accedió al trono en marzo de 1808. Sólo dos meses más tarde, el 6 de mayo, huye a Francia y abdica en nombre de su padre, sabiendo que éste ya había abdicado en nombre de Napoleón, y por un precio mucho menor, sólo 4 millones de reales al año (unos 13 millones de euros actuales). Como tampoco recibió el dinero pactado, tras la huída de Pepe Botella, regresa a España para dar un golpe de estado y recuperar el poder en 1814. Restaura el Absolutismo, disuelve las diputaciones y los ayuntamientos, devuelve a la iglesia las propiedades confiscadas y cierra los periódicos y las universidades. Durante su reinado se perdieron casi todas las colonias españolas en América, y a su muerte el país estaba sumido en una profunda crisis económica, con una crispación social extrema entre dos bandos: reformistas y conservadores, lo que hoy llamamos izquierdas y derechas.

Isabel II (La de los Tristes Destinos), hija de Fernando VII, dispuso en 1865 que se enajenasen bienes del real patrimonio “para el socorro de la nación”. El republicano Emilio Castelar declaró en un artículo periodístico que en realidad Isabel II, agobiada por las deudas, se reservaba un 25% del producto de la venta. El gobierno lo destituyó como profesor y lo expulsó de la Universidad Central. El rector presentó su dimisión. Las protestas estudiantiles culminaron con la Guardia Civil veterana en la calle: 11 muertos y 193 heridos, incluyendo ancianos, mujeres y niños transeúntes. La Revolución Gloriosa de septiembre de 1868 puso fin a su nefasto reinado. Isabel II huyó a Francia con su familia, incluyendo a su marido Francisco de Asís de Borbón (Paquita Natillas), con el que hacía muchos años que no convivía. Con el dinero que evadió al extranjero durante su reinado y con las joyas que se llevó del país se compró un tremendo palacio en París.

Alfonso XII (el Pacificador), hijo de Isabel II, sólo reinó once años, entre 1874 y 1885. No tuvo que huir del país y no se le conocen fechorías. Algunos dicen que se debe a que murió joven. Su segunda esposa, María Cristina de Habsburgo-Lorena es proclamada Reina Regente hasta que su hijo Alfonso alcanza la mayoría de edad en 1902.

Alfonso XIII (el Africano), nieto de Isabel II, huyó de España tras las elecciones municipales de abril de 1931, que fueron tomadas como un plebiscito entre monarquía o república. Pasó su exilio alojado en hoteles de lujo de diferentes ciudades europeas, que podía pagar gracias al dinero que había evadido previamente, depositándolo durante su reinado en cuentas bancarias suizas e inglesas. En 1934 pidió al dictador Benito Mussolini apoyo bélico y un millón y medio de pesetas (lo que equivale, según la IA, a un poder adquisitivo de unos tres mil quinientos millones de euros en la actualidad), para “un eventual golpe de Estado que se produjera en España para (...) restaurar la Monarquía». Tras el alzamiento nacional de 1936, apoyó fervientemente al bando golpista, afirmando ser un ”falangista de primera hora“. El gobierno fascista italiano participó en la denominada ”guerra civil española“ enviando más de 78.000 soldados del Corpo Truppe Volontaire (CTV), conocidos como camisas negras y una enorme cantidad de material bélico (aviones, barcos, tanques, artillería, fusiles, etcétera), jugando un papel decisivo en la victoria de los sublevados. Alfonso XIII fue padrino de boda en 1923 del teniente coronel Francisco Franco, a quien ya había nombrado Gentilhombre de Cámara. Al acabar la guerra y no restaurarse la monarquía, el rey declaró: ”Elegí a Franco cuando no era nadie. Él me ha traicionado y engañado a cada paso“. Su hijo y heredero Don Juan de Borbón nunca llegó a reinar.

Juan Carlos I (el Campechano), nieto de Alfonso XIII, nace en Roma en 1938. Allí vive hasta los diez años, cuando pisa por primera vez España, viajando en tren desde Estoril (Portugal) hasta Madrid, acompañado por un sacerdote y un guardia civil. A los 16 empieza su instrucción en la Academia General Militar de Zaragoza, tutelado por el entonces capitán Alfonso Armada y Comyn (quien se acabaría convirtiendo en su preceptor), designado por Francisco Franco.

A los 18 años mató “accidentalmente” a su hermano Alfonso, cuatro años menor que él, mientras jugaban en una habitación con un pequeño revólver, un Long Automatic Star del calibre 22, que alguien (algunas versiones apuntan que fue Franco) les había regalado unos días antes. Poco después de las ocho de la tarde se oyó un disparo. Don Juan de Borbón y su esposa entraron en la habitación y encontraron a su hijo menor tirado en el suelo en medio de un charco de sangre: la bala le había alcanzado la cabeza. Tras cubrir el cuerpo de su hijo muerto con una bandera de España, Don Juan se volvió hacia Juan Carlos increpándole: “Júrame que no lo has hecho a propósito”. Ningún policía examina el arma; ningún forense examina el cadáver; ningún juez investiga los hechos.

Tras anunciarse la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, Juan Carlos juró acatar los Principios del Movimiento Nacional. Fue proclamado Rey de España por las Cortes franquistas con el nombre de Juan Carlos I, de acuerdo con la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947. Su padre, Don Juan de Borbón, legítimo heredero al trono de España, calificó esta ley como “engendro monstruoso” y no renunció a sus derechos dinásticos hasta 1977.

Durante los primeros años de su reinado era considerado heredero del franquismo y no gozaba de popularidad alguna. En 1995, el expresidente Adolfo Suárez reconoció que durante la Transición de 1978 decidieron no someter la monarquía a referéndum porque todas las encuestas indicaban que se hubiera perdido. Pero todo cambió de golpe tras el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, conocido como 23-F, por los múltiples homenajes, reconocimientos, premios y galardones, nacionales e internacionales, ampliamente divulgados por los medios de desinformación y manipulación masiva, quienes se deshicieron en alabanzas por haber “salvado” la democracia. No obstante, algunos años más tarde, su reputación empezó a deteriorarse de nuevo a raíz del caso Nóos, un juicio por corrupción que lo implicaba a él y a una de sus hijas, Cristina de Borbón. Quien resultó finalmente condenado y acabó ingresando en prisión fue el esposo de la infanta, Iñaki Urdangarín. En junio de 2014 abdicó en su hijo, que subió al trono como Felipe VI (El Preparao). Seis años más tarde, la Casa del Rey hizo pública la voluntad del emérito de abandonar España, ante la “repercusión” generada por “ciertos acontecimientos pasados de su vida privada”. En marzo de 2020 el emérito huye a Abu Dhabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, donde sigue manteniendo actualmente su residencia fiscal. Realmente, la “repercusión” era que estaba siendo investigado por cinco delitos fiscales, blanqueo de capitales y cohecho. En marzo de 2022, la Fiscalía Anticorrupción archivó las causas en curso contra él, unas por haber prescrito y otras por la inviolabilidad del rey cuando cometió los delitos.

Su situación económica fue bastante precaria hasta 1993, cuando heredó 375 millones de pesetas (equivalentes a unos 3 millones de euros actuales) de su padre, quien tenía unos 1.100 millones de pesetas en Suiza. En 2012, según el diario neoyorkino The New York Times, en su artículo titulado “Chastened King Seeks Redemption, for Spain and His Monarchy”, su fortuna se estimaba en unos 1.800 millones de euros. Pasó de tener 3 millones a tener 1.800 millones en menos de 20 años. Debido a la opacidad de sus negocios, a la participación de paraísos fiscales y a la ausencia de fiscalidad en su país de residencia, nadie sabe a ciencia cierta a cuánto puede ascender su riqueza en la actualidad. En 2024, se hizo público que Juan Carlos había constituido una fundación con el propósito de centralizar y agrupar su fortuna dispersa por todo el mundo, con el objetivo de que sus hijas, las Infantas Elena y Cristina, puedan recibir su herencia en condiciones ventajosas para el trasvase de activos.

La frase de su libro que me llamó la atención tiene que ver con uno de los episodios más controvertidos de su reinado: su papel en el 23-F. Unos 200 miembros de la Guardia Civil asaltaron el Congreso de los Diputados al mando del Teniente Coronel Antonio Tejero, que irrumpió en el hemiciclo y obligó a los parlamentarios a tirarse al suelo al grito de: “¡Quieto todo el mundo!, ¡Al suelo!, ¡Al suelo todo el mundo!, ¡Se sienten, coño!”, seguido de una ráfaga de 37 disparos de su subfusil de asalto Star Z-48. El canario Fernando Sagaseta fue el único herido; una esquirla del techo, provocada por el impacto de una bala, le alcanzó la cara causándole lesiones. Simultáneamente, en la Capitanía General de la III Región Militar, el teniente general Jaime Milán del Bosch declaró el Estado de Excepción en Valencia y ocupó las calles de la ciudad con tanques. La División Acorazada Brunete de Madrid se preparó para hacer lo mismo y hubo diversos conatos en otros puntos tales como la toma de los estudios de Televisión Española, en Prado del Rey. 

Además de Valencia y Madrid, contaban con el apoyo inicial de casi todas las Regiones Militares. Los golpistas anunciaron que se presentaría en el parlamento un “elefante blanco” para hacerse cargo de la situación, pero el elefante no se presentó y el golpe fracasó. El rey habló personalmente con los capitanes generales de todas las regiones militares para desvincularse del golpe y persuadirlos de que no lo secundaran. La mañana del 24 de febrero Tejero se rinde, libera a los diputados retenidos y entrega las armas a cambio de que se exonere a todos los guardias civiles que participaron en el asalto. El general Alfonso Armada, segundo jefe del Estado Mayor del Ejército y preceptor de Juan Carlos I desde 1955 por designación de Franco, fue una figura fundamental en el 23-F. Tras la toma del Congreso por Antonio Tejero, el plan consistía en que Armada presidiera un “Gobierno de Salvación Nacional”, con el “socialista” Felipe González como vicepresidente.

En un cable diplomático desclasificado por Alemania en 2012, se revelan unas declaraciones del rey a Lothar Lahn, embajador de Alemania en España, en marzo de 1981: “Los cabecillas sólo pretendían lo que todos (?) deseábamos, concretamente la reinstauración de la disciplina, el orden, la seguridad y la tranquilidad”. Pongo la interrogación porque en mi opinión en esa época se respiraba un ambiente de mayor tranquilidad y seguridad del que tenemos ahora mismo y los únicos que se sentían intranquilos, temían por su seguridad y anhelaban la reinstauración de la disciplina y el orden franquistas eran precisamente los golpistas, entre los que parece incluirse. 

También declaraba el embajador alemán que, en los días previos al golpe, el monarca había aconsejado reiteradamente al presidente Suárez que “atendiera a los planteamientos de los militares…”. Además, le dijo al embajador que trataría de influir en el Gobierno y la [administración de] Justicia para evitar una pena severa a los golpistas, ya que estos “sólo pretendían lo mejor”. Por lo visto le hicieron mucho caso, porque aunque participaron cientos de personas en la trama del golpe, sólo procesaron a treinta y tres, y sólo quince de los treinta condenados ingresaron en prisión. A Armada, Milán del Bosch y Tejero les cayeron treinta años de condena, al resto entre uno y seis. Pero el primero salió a los siete años, indultado por Felipe González en las navidades de 1988: el segundo cumplió sólo diez años, y el tercero, quince. Excepto el general Armada, que declaró que el rey no tuvo nada que ver en la organización del golpe, en las alegaciones de la defensa, los militares acusados argumentaron que habían participado “en la operación del 23 F en la firme convicción y plena seguridad de dar fiel cumplimiento a las consignas emanadas de S.M. el Rey”. 

En 2024 se hicieron públicas unas conversaciones mantenidas tres décadas antes entre Juan Carlos y Bárbara Rey, una de sus muchas amantes. Entre otras confidencias, el monarca alababa al general Alfonso Armada, a quien nombró Marqués de Santa Cruz de Rivadulla, con estas palabras: “[…] ha pasado siete años en la cárcel, se ha ido a su pazo de Galicia y el tío jamás ha dicho una palabra. ¡Jamás!”. A continuación señalaba: “En cambio, este otro está largando…”. Haciendo referencia a unas recientes declaraciones de Sabino Fernández Campo, que en aquellos años era secretario de la Casa Real, reconociendo que el rey, para tantear la situación, había dado “permiso” a Armada para que propusiera un Gobierno de Concentración en los días previos al golpe de estado. 

En su libro de memorias Reconciliación, recientemente publicado en España, el rey emérito relata una conversación que mantuvo con su hijo Felipe mientras se producía el intento de Golpe de Estado: “A los trece años me preguntó: 'Papá, ¿qué pasa?'. [Le respondió:] '¡Lancé una pelota al aire! La Corona está en el aire. ¡No sé hacia dónde caerá!'”. Esa palabra que he subrayado es la que me ha dado qué pensar. No sé si es consciente de que al decirle que es él quien “lanzó” la pelota al aire, está reconociendo que fue él quien alentó a los sublevados a dar el golpe. Si tenemos en cuenta esa palabra subrayada, más su íntima relación personal con el supuesto cabecilla del golpe, más sus comentarios al embajador alemán, más lo que le dijo a Bárbara Rey, más las declaraciones de Sabino Fernández, no es descabellado suponer (y hay muchos que así lo afirman) que Don Juan Carlos I participó en la organización del golpe, pero jugando a dos bandas. Cayera del lado que cayera la pelota, la monarquía saldría ganando. Y mucho. Si fracasa el golpe, como él esperaba, se desvincula de los burdos y nostálgicos golpistas (que se envalentonaron porque confiaban plenamente en él) y “salva” la democracia… y de paso su corona. Si el golpe tiene éxito y se llenan las calles de violentos fascistas ultracatólicos rezadores del rosario, se presenta en el parlamento ocupado, toma el mando, forma el nuevo Gobierno de Salvación Nacional” y “salva” al país… y a su corona. Reconozco que es sólo una conjetura basada en indicios y evidencias, pero sé de altos tribunales que dictan sentencias basándose en menos indicios o evidencias de los que se exponen en este caso. Una jugada maestra. Y no tan grave, si la comparamos con lo que hicieron sus ancestros y si tenemos en cuenta que no hubo que lamentar víctimas mortales. Él sabía que el golpe fracasaría porque nadie lo apoyaría, ya que en aquellos años el franquismo estaba muy mal visto. Nadie quería ser tildado de franquista. Los partidos de extrema derecha no sacaban ningún diputado, excepto en 1979 cuando se unieron en coalición y lograron sólo uno. Desde entonces, el fascismo se ha mantenido latente pero agazapado, porque durante más de cuarenta años no hemos tenido ningún parlamentario que se declarara públicamente franquista, hasta la reciente irrupción de nuevos partidos neofascistas y la súbita proliferación de tantos jóvenes neofranquistas que idealizan al dictador sin tener ni puta idea de cómo se vivía en la dictadura. El asunto es que si fue así, el emérito nos engañó con su aparente “apoyo” a la democracia para “salvarnos” de un golpe de estado. Si fue así, lo que hizo fue “apoyar” un golpe de estado autocontrolado para “salvar” su impopular monarquía. El hecho probado es que antes del 23-F la monarquía pasaba desapercibida y estaba muy mal considerada por la población y a partir de esa fecha empezó a cobrar protagonismo y popularidad.

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