Hasta que llegó su hora
Aquella carta empezaba resaltando su habilidad ?la de los mencionados líderes- para indicarnos nuestros errores a todos aquellos ciudadanos que no comulgamos con su ideología. En un principio, indicaba que su comportamiento era similar al “Faro de Occidente” que brillaba de manera perpetua cuando el dictador? perdón, el caudillo, habitaba entre nosotros.
Según mis ideas, los mencionados miembros del ala conservadora son como los anónimos escribientes quienes, de cuando en cuando y como almas caritativas que son, velan porque los demás no nos condenemos con nuestras erróneas opiniones.
Por tanto, y a tenor de la noticia que me había inspirado, me planteaba alabar la última muestra de sensatez y cordura política, la cual nos había llegado de boca de uno de sus líderes, lideresa para más señas, invocando la tan recordada ley de “vagos y maleantes”.
A partir de dicha premisa, mi intención era desarrollar toda una defensa, casi numantina, de una ley que fue considerada la piedra angular de un régimen, el cual se había instaurado para salvarnos a nosotros mismo de nuestros pecaminosos y reprobables pecados.
Bueno, ésa era mi intención hasta que, esta mañana, me topé con una verdad aún más absoluta, la cual me hizo cambiar de opinión y reconducir estas palabras hacia otra dirección.
En esta ocasión, los mencionados líderes y todas sus furibundas tropas mediáticas reclamaban de las mentes bien pensantes, la total aniquilación profesional ?no personal, porque esa la prohíbe la ley de Dios- del director de este periódico, en pos del bien común y el regreso a la cordura.
Su premisa se basaba en su gusto ?el del director de este periódico- por el insulto, la descalificación y el emponzoñamiento de la buena marcha de la sociedad canaria, necesitada de un gobierno recio y teñido de los valores que una vez hicieron grande al imperio español.
Partiendo de dicha base, las veleidades periodísticas de Carlos Sosa no entraban en los planes político-empresariales de quienes manejan las islas con mano de hierro en guante de seda.
De ahí que, desde sus atrincheradas posiciones, llamaran a filas a todos aquellos que -cansados de ver cómo el status quo se vulneraba por este periódico- desearan un cambio. Se había terminado el tiempo de las negociaciones y las buenas maneras y había llegado el momento de actuar.
Recordando el magnífico western de Sergio Leone, a Carlos Sosa le había llegado su hora y cualquier método era válido para acabar con él, incluyendo los que ha popularizado la Camorra siciliana a los largo de los años.
Así, llegaron los vetos, las prohibiciones y las amenazas, más o menos veladas, a todos aquellos que siquiera osaran conciliar con las ideas expuestas por Carlos Sosa en su periódico.
Ya no había tiempo para reparar en gastos, sobre todo cuando en otros campos de batalla la situación tampoco acababa de esclarecerse. Ni siquiera las cortinas de humo ni los ataques a los líderes de la oposición -algunos de ellos, candidatos a ser condenados si todavía existiera la ya mencionada ley de vagos y maleantes- terminaban por devolver la situación a su cauce original.
Era como si las leyes de la naturaleza se hubieran puesto de acuerdo para conspirar contra quienes sólo querían que las cosas no cambiaran, sobre todo por los agravios que ello les pudiera ocasionar.
¿Qué hacer entonces? Pues redoblar sus ataques y debilitar al enemigo, valiéndose de cualquier artimaña que lograra debilitarlo. Y si para eso se requería los servicios de quien ilustra y emponzoña las mañanas radiofónicas de nuestro país, cual justiciera Tizona contra los infieles, pues miel sobre hojuelas.
¿Qué eso no era suficiente? Pues nada, más vetos, tanto oficiales como profesionales, basados en medias verdades y más mentiras. Y qué importa que, de paso, se mezclara el buen nombre de otros profesionales. De paso se les daba un claro de aviso de lo que les ocurriría si osaban enfrentarse con el tan defendido status quo isleño.
Ya lo dicen los viejos sicilianos, mientras más claro llegue el mensaje, menos trabajo tendremos que hacer mañana. Y allí nadie lo cuestiona, por la cuenta que les trae.
Entonces, ¿por qué tendría que ser distinto en nuestra tierra?
Y justo cuando mi cabeza empezaba a maquinar toda una batería de medidas para lograr la total aniquilación de CANARIAS AHORA, el despertador me liberó de la terrible pesadilla en la que estaba sumido y la luz del sol me ayudó a recuperar la cordura que mi mente me había tratado de arrebatar durante la noche.
La culpa de todo, ese miedo irracional a que las cosas sigan en manos de quienes están. Es miedo mezclado con la rabia que le invade a uno al ver cómo una caterva de “dictatorcillos” de tercera división pretende torcer las cosas a su modo y conveniencia, sin importarles el bien común.
Esa rabia y nauseas que golpean mi estómago al comprobar cómo una panda de ignorantes, mamelucos y botarates pretenden darnos lecciones de ética profesional y/o personal cuando ellos la ignoran nada más abrir la boca. Son de los que creen ?siguiendo el manual del? doctor Joseph Goebbels- que si se repite una mentira, mil veces, al final todo un mundo se la acabará creyendo. Y tan panchos que se quedan, como si sus acciones no tuvieran ninguna repercusión.
Los libros de historia dicen, y dicen bien, que quienes no aprenden de los errores de la historia están condenados a cometer dichos errores, una y otra vez, al igual que un bucle sin fin. Y la actitud de condena y desprestigio a la que someten a Carlos Sosa deja bien a las claras que quienes lo condenan no entienden de lecciones del pasado ni de nada por el estilo.
Su único interés es recomponer un mundo viejo, caducado, maltrecho y podrido, sin pararse a pensar. ¿Para qué? La obediencia ciega siempre le ha acarreado grandes ventajas y parabienes a la historia de la humanidad.
Puede que escribiendo esta columna me condene en el infierno en el que creen muchos de esos “mandamases de opereta”, pero por una vez, por una sola y maldita vez, se podrían callar y guardarse su ponzoña para siI. Uno empieza a estar harto de tanta miseria política y de tanto caradura aprovechado y arribista, que lo único que busca es medrar a costa de un salario público.
Puede que Carlos Sosa sea un loco, como los niños, que no se sabe estar callado. Sin embargo, nuestra sociedad tiene una deuda con él y con su manera de hacer periodismo ?secundada por un grupo de grandes profesionales- gracias a la cual muchos de estos “mandamases de opereta” no descansan tan tranquilos como antes, a pesar de sus intentos. Y eso siempre reconforta.
¿Sabemos, realmente, a quién le ha llegado su hora? Creo que, a Carlos Sosa, no.
Eduardo Serradilla Sanchis
Sobre este blog
Espacio de opinión de Canarias Ahora
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