Resignificar a Bermúdez (y de paso a ATI)
A Bermúdez habría que tomárselo a broma. Como cuando dijo, al quedarse sin la alcaldía durante el tiempo imprescindible para organizar un bermuyazo, que se iba a dedicar a ejercer la abogacía. Pasó de la alcaldía a la más absoluta insignificancia social. Sin la aureola del poder, y sin sus pompas y sus “obras”, no es naide.
Aunque debe ser difícil, creo que hay que iniciar un procedimiento para ver de resignificarlo a él mismo. Es decir, a su ATI nutricia.
Estos días llegan por doquier recuerdos de los asesinatos que cometió el “ángel salvador”, cuya estatua Bermúdez quiere defender a toda costa de una demolición legalmente obligatoria. Asesinatos de personas y de mujeres una vez terminada la Guerra Civil: las Trece Rosas, La Jabalina, La Poeta… y en algún caso después de robarle a las criaturas que llevaban en sus vientres, nada más nacer y antes de fusilarlas.
Me ha horrorizado la imagen de la funcionaria de la cárcel madrileña envuelta en una capa azul marino que, con absoluta frialdad, anunciaba -lista en mano- a medianoche, celda a celda, los nombres de las presas que iban a ser pasadas por las armas al amanecer del día siguiente.
Que hubo atrocidades de bando y bando durante la Guerra, sí. Que las cometidas desde el bando republicano se perpetraron especialmente durante el vacío de poder a raíz del golpe de Estado y hasta que se restableció la autoridad legítima en la zona republicana, también. Que las del bando de los generales felones era una violencia programada, con el objetivo de aterrorizar, es difícil ponerlo en cuestión desde la Circular del “director”, general (luego “duque de”) Mola, a los jefes involucrados en la conspiración ordenando el empleo de la “máxima violencia”.
Pero después de la guerra vino la dictadura y su programa de exterminio meticulosa y genocidamente aplicado contra el bando vencido. Ni un ápice de compasión.
Pues es el monumento al generalísimo, el responsable de todas aquellas atrocidades, el mismo que entraba bajo palio en las iglesias, lo que quiere preservar el insigne Bermúdez.
¿Por qué?
Porque él sabe que ATI ha logrado sus mejores resultados electorales, desde sus tiempos fundacionales, siempre que y sólo si ha obtenido -también- el apoyo electoral de esa parte ultraderechista de la sociedad tinerfeña que quedó desorientada y resentida tras el restablecimiento de la democracia. No me refiero solamente a toda la pléyade de ex alcaldes y altos cargos franquistas que se alistaron a ATI desde el momento fundacional, sino también a una parte de la sociedad y a personajes influyentes del mundo empresarial que usufructuaron el Régimen franquista por estas tierras. Nadie me lo ha contado. Lo he vivido.
Ahora esos rescoldos del autoritarismo, con toda su siniestra partitura de odio a la izquierda, de xenofobia e inhumanidad contra los emigrantes -aquí, ¡en Canarias!-, a los derechos de los trabajadores… a las libertades y derechos constitucionales, especialmente al derecho fundamental a la igualdad que preside la Declaración de Derechos de la Constitución Española, esos rescoldos digo, tienen una marca propia: Vox. Y esta es la clave de la “heroica” defensa del monumento. No les queda otra a todos esos alguienes que se subieron al coche oficial desde antes de terminar sus estudios y “entodavía” siguen sin bajarse, ganen o pierdan las elecciones.
Porque si Bermúdez y toda esa caterva de profesionales del poder no logran mantener el apoyo electoral de la ultraderecha social -lo mismo que le ocurre al PP de cara a las elecciones generales- no pueden ganar las elecciones a los ayuntamientos, al Cabildo y al Parlamento de Canarias en Tenerife.
Y como aunque pierdan no dejarán de intentar aferrarse al poder, al precio que sea, se van a ver obligados a pactar con Vox, como ya lo han hecho en Granadilla o en Teguise.
Y tendremos que ver a nuestro criollismo agarrándose como una lapa al gobierno de las instituciones de la mano de quienes quieren cargarse el Estado de las Autonomías y niegan la pluralidad territorial y humana de la sociedad española. Y si pueden, de paso, cargarse también las libertades y la convivencia democrática.
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